El signo pascual

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La Semana Santa es el momento central del cristianismo, junto con la Navidad. Son dos tiempos litúrgicos referidos a los acontecimientos centrales de la revelación cristiana: la Encarnación y la Pascua.

Decía Simone Weil que la humanidad y Dios son como dos enamorados que se buscan, pero no se encuentran, porque ambos están en lugares distintos. El gran drama de la humanidad en todas las épocas -particularmente en la nuestra- es buscar a Dios, o alguno de sus sinónimos (la Verdad, el Bien, el Amor, etc.), allí donde no está. Todos deseamos encontrar la verdad, el bien y el amor, pero con minúsculas, de modo que podamos adaptarlos a nuestros propios intereses. Pero una Verdad, Amor y Bien con mayúsculas reclaman de nosotros unas condiciones y exigencias que no siempre estamos dispuestos a aceptar. Precisamente la Navidad y la Semana Santa nos están mostrando, en lo profundo de sus relatos, aquellos espacios y experiencias en los cuales Dios se nos hace presente tal y como Él es, como Verdad, Amor y Bien, con mayúsculas. Nosotros desearíamos encontrar a un Dios hecho a nuestra medida que nos consiga nuestros deseos y necesidades. Pero Dios no se deja manipular, y quiere mostrarnos el camino verdadero.

El hombre descubre en su interior la conciencia de fragilidad criatural y el miedo, pero al mismo tiempo siente la pulsión y el anhelo de una grandeza que trasciende su vulnerabilidad. El libro del Génesis define al hombre como barro de la tierra y aliento divino: miseria y grandeza, conjuntamente, en un ser que brota de la naturaleza creada, pero que es también, imagen de Dios. En el Paraíso original nos encontramos la imagen simbólica de lo que Dios quería regalar al ser humano: la inmortalidad y la integridad. La inmortalidad es la vocación a una vida eterna, una vida que no tiene fin. La integridad es la realización en plenitud de lo humano como imagen divina, que podríamos identificar, en palabras actuales, con la realización de uno mismo o la felicidad. Ambos dones se pierden con lo que tradicionalmente se ha llamado el pecado original.

El Paraíso perdido ya no está, pero el plan de Dios anunciado allí se realiza en plenitud con la venida del Hijo de Dios al mundo: la encarnación y la pascua de Cristo. El Reino de Dios ya está en medio de nosotros y Cristo nos abre las puertas a una vida plena y realizada. La integridad pasa ahora por la purificación de nuestros deseos y nuestras capacidades, unidos a Jesucristo, que nos trae el amor del Padre. El lugar donde Dios se nos presenta no es el de las grandezas humanas, sino el de la pobreza y humildad de Nazaret, con el trabajo cotidiano y la vida de familia. Y la inmortalidad pasa por la experiencia pascual. No encontramos vida eterna en nuestra voluntad de omnipotencia y pervivencia a costa de otros, sino en la entrega por amor, participando de la muerte y resurrección de Cristo.

En la vida de fe de un cristiano, todo está ungido por el signo pascual. Hay que morir para vivir. Se trata de una experiencia de la vida cotidiana de morir a uno mismo que nos lleva a descubrir el amor de Dios en nosotros mismos y en la relación con los demás, como gracia y misericordia. Es una experiencia radical, que contradice a veces nuestra sensibilidad, que tiende a evitar de manera natural el sufrimiento y la humillación. Solo la experiencia de fe puede abrir nuevos horizontes donde parecía que no había salida. “Para Dios nada es imposible”, escucha Maria de Nazaret, mientras se abre al misterio de la Encarnación (cf. Lc 1,37). Lo mismo que después repite Jesús de Nazaret, en su camino hacia Jerusalén -donde consumará su muerte y su resurrección-, refiriéndose a la entrada en el Reino de los Cielos (cf. Mc 10,27): “para Dios nada es imposible”. La misma fe de María que abre paso a la Encarnación es la que hace posible el Reino en los discípulos. Se trata de una experiencia de fe que aprende a superar los límites de la propia sensibilidad y la razón personal para dejarse conducir en confianza hacia aquella novedad que aspira a realizar la manera de pensar y de actuar divinas.

La vida cristiana está ungida por el signo pascual. Muchos de los que siguen al Maestro se quedan en la procesión de entrada a Jerusalén, satisfechos y contentos tras la celebración lúdica y festiva que han protagonizado. Son pocos los que continúan al lado de Jesús cuando empiezan las dificultades. La mayoría le olvidan y algunos le traicionan, decepcionados porque no realizaba sus deseos tal y como ellos querían o pensaban. “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6), dice Jesús.

Dios ama a todos, pero aquellos que quieren caminar al lado de su Hijo son probados a fuego, purificados en la raíz de las intenciones del corazón, para compartir las experiencias de la noche oscura que simbólicamente representa la entrada en una muerte de la que ha de surgir la vida pascual.

Dios envió a este mundo a su Hijo para enseñarnos a vivir el amor trinitario. Dios se ha hecho hombre para que los hombres lleguemos a ser Dios, para que aprendamos a ser hijos en el Hijo. Este camino incluye una serie de experiencias humanas de seguimiento e identificación con Jesús, que nos llevan a una transformación interior. Es el paso del hombre viejo al hombre nuevo, redimido en Cristo. Es el paso de la muerte a la vida, por amor a los hermanos. Es la Pascua de Cristo.

El camino de la vida cristiana nos conduce a los misterios de la sabiduría divina, que pasan por la cruz. Dios se muestra en las cosas pequeñas y humildes, y atraviesa el dolor y el sufrimiento para conducirnos al regalo gratuito de la alegría pascual. Desconfiemos de los grandes triunfos y los triunfadores que no llevan en sus manos las heridas de la cruz de Cristo. Desconfiemos de todo aquello que no presenta los signos de la Pascua.

Un dato estremecedor

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En estos días ha pasado inadvertida una noticia sorprendente y terrible: en España hay un promedio de diez suicidios al día. Se trata de la causa no natural que tiene mayor incidencia en el número de defunciones en el conjunto del estado. Estamos en torno a los 3600-3700 suicidios anuales. Por cada diez personas que se quitan la vida, 7 son varones y 3 mujeres, pero en números globales, son más las mujeres que lo intentan, sin conseguirlo. Se trata de un dato afianzado en los últimos años, y que, por tanto, no se puede atribuir a las consecuencias de la pandemia actual. Desde los años 60 se fue incrementando el número, hasta duplicarse a finales del siglo XX, estabilizándose a continuación. Habrá que ver de qué modo ha influido el confinamiento durante este año, pero independientemente de ello, estamos ante un grave problema. La tasa sitúa a España entre los países con tasas más bajas en Europa, pero no deja de ser algo alarmante. Se trata de un síntoma que afecta a toda la sociedad occidental europea, pero también a otras sociedades a nivel mundial. Cada sociedad tendría que reflexionar, a nivel planetario, hasta qué punto somos capaces de hacer posible que las personas vivan una vida con sentido.

Centrándonos en el estado español es realmente sorprendente el silencio que acompaña a esta noticia, si lo comparamos con los muertos por accidentes de tráfico, que fueron 1098 en 2019 y 1008 el año anterior; o los homicidios, que en 2019 fueron 332 personas; o las mujeres asesinadas por violencia de género, que fueron 55, la cifra más alta en los últimos años. Los suicidios, por tanto, triplican a los muertos en accidentes de tráfico, superan en once veces a los homicidios y en setenta veces las muertes por violencia de género.

Si un día mueren cinco personas en un atentado yihadista será noticia en todos los periódicos. ¿Cómo es que ha dejado de serlo que muera el doble de personas cada día, ante la aparente indiferencia de la sociedad? Frente a las campañas contra los accidentes de tráfico o de concienciación frente al tabaco, el alcohol o la violencia de género, se está olvidando aquella realidad que provoca un número mucho mayor de muertes y donde la inversión pública es nula. Los estudios afirman que hablar sobre el suicido no conlleva un mayor número de muertes, sino que más bien puede ayudar a prevenirlo. ¿A qué se debe, por tanto, el misterioso silencio sobre una noticia tan estremecedora? ¿Cómo es que no se trata de un hecho relevante para suscitar la reflexión y el debate necesarios, y la promoción de planes que puedan ayudar a mejorar los datos? ¿Dónde están las instituciones políticas, sociales, culturales y religiosas, que deberían estar buscando soluciones para esta trágica realidad?

Es evidente que estamos frente a un tema tabú que, en cierto sentido, nos obliga a replantearnos muchas cosas. Quizás incluso nuestro modelo de sociedad. Un dato como este, que ha ido creciendo en los últimos años y se ha estabilizado con cifras altísimas con la presunta aceptación de la mayoría silenciosa, nos obliga a tomar conciencia de nuestra realidad social. Sería bueno reclamar a los políticos que abandonen sus actuaciones mediáticas y luchas por el poder y atiendan las necesidades de las personas reales, y a los medios de comunicación que sirvan realmente a la sociedad y no sólo a los intereses empresariales.

Siempre, en todas las épocas, la tentación del poder fue controlar a los ciudadanos con “pan y circo”, según la expresión conocida del imperio romano: que el pueblo pueda comer y que estén distraídos. Para eso hoy tenemos muchas posibilidades, y las nuevas plataformas de contenidos audiovisuales nos permiten vivir grandes emociones de historias ajenas y relatos de ficción sin salir de nuestras casas, prescindiendo con frecuencia de la realidad de nuestros vecinos. Y el mundo que se nos avecina será aún mucho más solitario, ya que pronto podremos viajar virtualmente o tener todo tipo de relaciones o experiencias sin salir de la habitación -gracias a gafas de 3D-. Experiencias que podrán ser mucho más emocionantes que la realidad misma. ¿Hacia dónde vamos?

Pero el dato que hoy traemos nos hace mirar en otra dirección: la del más acá de la realidad no virtual. ¿Qué ocurre en una sociedad en la que aumentan las personas que no encuentran sentido a sus vidas? ¿Qué podemos decir de una cultura que naufraga en su capacidad de orientar y de crear valor en la vida de las personas? ¿Es culpable el estado y los políticos, o todos somos responsables de este mundo que vamos creando, donde cada uno mira por sí mismo y por los suyos, pero cada vez mayor número de personas quedan aisladas, olvidadas, descartadas de la sociedad?

Siempre se habló del gran valor de la familia en las sociedades mediterráneas, y su influencia positiva en momentos de crisis y dificultades, pero parece que hoy no es suficiente. ¿Qué está ocurriendo? Ciertamente el sistema de salud tendría que asumir sus responsabilidades, también en este campo. Pero si los políticos y las instituciones están muy ocupados con sus propios temas e intereses, quizás las organizaciones no gubernamentales deberían asumir funciones al servicio de las personas concretas y reales. Se trata de un tema que habría que profundizar en todos los niveles de la sociedad.

Víctor Frankl creó la escuela de psicología de la logoterapia a partir de su propia experiencia en los campos de concentración nazis. Su reflexión era sencilla: quien tiene un motivo, una razón para vivir, encuentra la fuerza para superar todas las dificultades, incluso las más penosas. Es necesario crear espacios de solidaridad, diálogo y relaciones verdaderamente humanas, donde cada uno pueda encontrar su lugar y su propósito, su motivación para luchar en la vida. Son importantes las familias, pero también, subsidiariamente, otros espacios de encuentro y comunicación, que pueden ejercer funciones complementarias y, en algunos casos, sustitutivas.

Hoy vivimos, en general, con una calidad de vida muy superior a nuestros antepasados, y no valoramos elementos que han traído grandes mejoras en el bienestar, como el agua corriente, fría y caliente, en abundancia, el lavabo en casa o la calefacción. Son cosas que no tuvieron muchos reyes de la antigüedad. El progreso económico de los últimos siglos se ha visto acompañado de una gran desigualdad, ciertamente, pero hoy sabemos que los bienes, bien repartidos, servirían para una vida digna para todos, aunque no siempre ocurra esto, por egoísmo e insolidaridad. Hoy podríamos vivir todos bien. Pero a veces, aunque tengamos lo material, nos falta motivación y sentido. Es muy significativo descubrir que las tasas de suicidio son mayores en los países ricos, quizás porque se han perdido algunos valores que habría que recuperar.

Es necesario crear ambientes que nos ayuden a descubrir los motivos para vivir una vida con sentido. Aunque es evidente que hay casos especiales, problemas graves de salud mental, adicciones, etc. también es verdad que el suicidio puede ser en ciertos casos, el síntoma del fracaso de un modelo de sociedad, con unos estilos de vida que no consiguen integrar a un grupo nada despreciable de personas, que no encuentran su lugar y adolecen de la falta de unas relaciones interpersonales gratificantes y significativas. Estamos ante una seria y grave interpelación para cada uno de nosotros.

Habría que replantear la sociedad y repensar nuestro sistema de valores. Sobre todo, habría que replantear la educación, el acompañamiento de las personas. Invertir en la formación y en las personas es invertir en toda la sociedad y el bienestar general. Y es necesario redescubrir los vínculos humanos, superando los estilos individualistas, superficiales y consumistas que hemos fomentado. Estamos ante un problema local, pero también universal. No es un tema individual o familiar simplemente, sino de toda la sociedad. Es bueno dar a las personas alimento y distracción, pero junto a ello, habría que promover experiencias y espacios de humanidad, donde los hombres y mujeres puedan descubrir los motivos por los que vale la pena vivir en nuestro tiempo. Y esta es una tarea fundamental en todos los ámbitos de la actividad humana: la política, la cultura, el arte, la ciencia, la espiritualidad, la religión, etc. Hace falta un trabajo interdisciplinar. Si no lo conseguimos, nuestro modelo de sociedad fracasa estrepitosamente.

Patxi Xabier Segura Echezárraga

RESEÑA BIOGRÀFICA
En julio de 1999 obtiene la licenciatura en Teología con la defensa de la Tesina titulada “Hacia una antropología teológica esponsal”, dirigida por Luis M. Armendáriz, SJ.
En la Universidad de Comillas (Madrid) obtiene el 2 de marzo del 2009 el doctorado en Teología con la tesis “La espiritualidad del símbolo esponsal en el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz”, dirigida por Secundino Castro Sánchez, OCD.
Durante los cursos 2013/14 y 2014/2015 imparte asignaturas de licenciatura en teología en la Universidad de Deusto.
Ha publicado diversos artículos en la revista de pensamiento teológico “Sofía”, de Barcelona, y en libros de colaboración. Ha impartido diversos cursos de formación cristiana, charlas y conferencias sobre temas teológicos y de espiritualidad. Ha participado en Simposios y Congresos sobre temas teológicos. Ha publicado la obra: La espiritualidad esponsal del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, Diputación provincial de Ávila. Institución Gran Duque de Alba, Ávila 2011.  

Publicaciones de Xabier Segura Echezárraga

  1. “El hombre y la mujer, imagen de Dios Amor. Una visión esponsal del Antiguo Testamento”, en Revista Sofia 6 (Barcelona 1998) p. 5-134.
  2. “El hombre y la mujer, imagen de Dios Amor. Una visión esponsal del Nuevo Testamento”, en Revista Sofia 7 (Barcelona 2000) p. 5-146.
  3. “San Juan de la Cruz, poeta del amor”, en Revista Sofia 10 (Barcelona junio 2003) p. 15-39.
  4. “Deseo y placer en San Juan de la Cruz”, en Revista Sofia 11 (Barcelona diciembre 2003) p. 18-40.
  5. “Hacia una antropología teológica esponsal”, en Revista Sofia 12 (Barcelona 2006) p. 5-142.
  6. La espiritualidad del símbolo esponsal del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Extracto de tesis doctoral. Universidad de Comillas 2009.
  7.  “Espiritualidad y simbología esponsal en San Juan de la Cruz”, en Revista Sofia 16 (Barcelona 2010) p. 29-45.
  8. “La lectura contemplativa de la Biblia de San de la Cruz: en busca del Amado”, en AAVV. La Biblia, libro de contemplación, Universidad de la Mística – Cites, Ávila 2010,p. 517-542.
  9. La espiritualidad esponsal del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, Diputación de Ávila. Institución Gran Duque de Alba, Ávila 2011.
  10. “L’uomo e la donna, rinnovati per la misericordia di Dio”, en AAVV. Vi amerò sino alla fine (Gv 13,1). Uomini e donne per la vita nuova nelle Nozze di Dio, Effata Editrice, Cantalupa 2011 p. 22-41.
  11.  “La natura sponsale della persona umana. La dimensione antropologica nel magistero di Giovanni Paolo II”, en AAVV., Guardo con ammirazione lo Sposo. Il Beato Giovanni Paolo II, profeta e testimone del mistero nuziale, Effata Editrice, Cantalupa 2012, p. 27-58.
  12.  “El escritor en su contexto histórico-biográfico”, en AAVV. Subida del Monte Carmelo de San Juan de la Cruz. Actas del I Congreso Mundial Sanjuanista, Grupo Editorial Fonte – Monte Carmelo Universidad de la Mística – Cites, Burgos 2018 p. 39-54.
  13. “Juan de la Cruz y Joseph Campbell: el viaje del héroe” en AAVV. Subida del Monte Carmelo de San Juan de la Cruz. Actas del I Congreso Mundial Sanjuanista, Grupo Editorial Fonte – Monte Carmelo Universidad de la Mística – Cites, Burgos 2018 p. 503-516.
  14. “La obra en su estructura: diferencias y semejanzas en las dos versiones del Cántico Espiritual” en AAVV. Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Actas del III Congreso Mundial Sanjuanista. Grupo Editorial Fonte – Monte Carmelo Universidad de la Mística – Cites, Burgos 2020, p. 53-91.
  15. “La mística esponsal del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz” … en AAVV. Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Actas del III Congreso Mundial Sanjuanista. Grupo Editorial Fonte – Monte Carmelo Universidad de la Mística – Cites, Burgos 2020, p. 355-383.