¿Cristianismo progresista o conservador?

Xabier Segura

El cristianismo oscila entre dos tendencias, la progresista y la conservadora.
Tradicionalmente en Europa se ha identificado a los progresistas con las tendencias de
izquierda, y a los conservadores con la derecha política.
El modelo progresista fue el socialismo-comunismo. H. U. Von Balthasar entendía el
comunismo marxista como una deformación de la esperanza cristiana, traspasada hacia un
mundo en el que Dios ha muerto y debemos confiar en la lucha social para conseguir el paraíso
socialista, a golpe de esfuerzo personal y colectivo, unidos a otros pobres (¡Proletarios, uníos!)
y en contra de los ricos, enemigos de clase.
Pero los resultados de los proyectos políticos comunistas en el siglo XX fueron demoledores.
Los cristianos inspirados en estas propuestas se quedaron sin saber a dónde mirar. Parecía que
las tendencias conservadoras prevalecían, y también su influencia eclesial.
Pero no nos engañemos. Es otra tentación. Jesús de Nazaret actuó como un revolucionario, en
el contexto de la situación social y religiosa de su época. Y las castas religiosas conservadoras
(saduceos, etc.) fueron sus principales enemigos.
No podemos confundir el cristianismo con la forma concreta como se ha vivido durante una
cierta época histórica. La Iglesia ha de estar siempre en actitud constante de conversión, en
atención a su esposo, Jesucristo. El cristianismo verdadero es fidelidad a Cristo, y no debemos
confundirlo con las formas sociales y culturales de épocas pasadas, miradas con añoranza.
Conocí a una persona que envió una ponencia a un Congreso cristiano sobre la familia. El título
de la ponencia era significativo: “La familia cristiana no es la familia tradicional”. La ponencia
no fue aceptada, con el argumento de que no se entendía qué quería decir, cuáles eran las
conclusiones. Yo creo que el mensaje estaba muy claro: la familia cristiana no es la familia
tradicional. El contenido de la ponencia estaba bien fundamentado bíblica y teológicamente.
Jesús de Nazaret no fue bien acogido en familias tradicionales judías, ya que él propone un
nuevo estilo de familia, no patriarcal, reunida en torno a sí mismo: por eso hay que “dejar
padre y madre, campos y tierras, seguirlo” y “amarle por encima de todas las cosas”, etc.
Debemos evitar la tentación de presentar como cristianas cosas que, siendo buenas, no son
genuinamente cristianas. La familia tradicional tiene un papel fundamental en el Antiguo
Testamento, pero no en el Nuevo Testamento. Jesús llama a todos a seguirle: a familias
tradicionales y a no tradicionales. Promover la familia tradicional puede ser bueno para la
humanidad y la Iglesia, pero la comunidad cristiana llama y acoge a todos, sin hacer acepción
de personas, y más bien intuyendo que los más pobres y vulnerables son los preferidos del
Señor. En esta línea ha hablado el papa Francisco en diversas ocasiones.
El cristianismo no son ideas, ni progresistas ni conservadoras, sino experiencias humanas que
nos llevan a un encuentro con Cristo, en el seno de la comunidad cristiana. En Jesucristo
encontramos la experiencia y el discernimiento para conservar todo lo que hay que conservar,
y progresar en lo que haga falta, aquello que hay que cambiar y mejorar.
Jesucristo es el nexo de unión de cristianos de todos los orígenes, culturas y procedencias, con
visiones sociales y políticas distintas. Allí donde hay Iglesia se reproduce la imagen del profeta
Isaías de un gran rebaño de animales domésticos y salvajes, todos ellos convocados en
ambiente de paz y armonía y gobernados por un niño (cf. Is 11,6). Un grupo de individuos muy
distintos, donde todos encuentran lo que necesitan y viven en fraternidad.
Pero todo esto no excluye conflictos, incomprensiones, desacuerdos, etc. Muchos de ellos
corresponden a los condicionamientos socio-culturales y las experiencias biográficas
individuales, e incluso las miserias y debilidades personales. Pablo no tuvo reparo en interpelar
a Pedro, la columna de la Iglesia, denunciando su falta de valentía para acoger a los paganos.
Gracias a ello la Iglesia avanzó en el camino de la salida del mundo judío, la apertura a los
griegos y a otras culturas. La Iglesia avanza con la fidelidad de sus miembros, que trabajan en
el camino de la comunión y la fraternidad, a veces con muchas dificultades.
Cuando el papa Juan Pablo II se reunió con Ernesto Cardenal en Nicaragua en 1984 le hizo una
advertencia muy seria para que abandonase la política. Juan Pablo II, después de haber visto de cerca todo el fruto terrible que el comunismo había dejado en su país natal, no comprendía
que pudiese haber personas que sintiesen la tentación de compaginar el cristianismo con una
ideología que para él era diabólica. Pero Ernesto Cardenal, desde una situación social y política
tan distinta, quería ser fiel a la Iglesia y su mensaje en medio de un pueblo oprimido y
maltratado. El proceso posterior de la revolución sandinista hasta nuestros días nos hace intuir
que quizás al papa polaco no iba desencaminado. ¿Quién tenía razón? Quizás los dos. La
historia humana se escribe en un proceso biográfico de fidelidad-infidelidad, no exento de
errores, pecados, sufrimientos, ambigüedades y deformaciones. ¿Por qué Dios permite estos
desencuentros de personas que procuran ser fieles a su vocación? Es el misterio de la Iglesia.
Caminamos en medio de la historia, con nuestros condicionamientos personales.
Lo que nos une a todos, en la Iglesia, es Jesucristo: es la caridad de Cristo, su amor y su
misericordia, en los que debemos sumergirnos, y de los que debemos alimentarnos para
mantener la fidelidad.
El 2 de febrero de 2019 el papa Francisco levantó la suspensión canónica a Ernesto Cardenal después de 34 años y el nuncio apostólico le visitó en su casa, y se arrodilló delante del
enfermo, pidiéndole su bendición, cosa que Ernesto Cardenal le dio con alegría.
Es el misterio de la Iglesia.
La Iglesia no es conservadora ni progresista, y cuando lo parece, conviene recordar que no se
acomoda a los criterios humanos. El secreto está en identificarse con Cristo, que tuvo
seguidores de ambas tendencias, y también persecuciones de ambos lados.
Jesucristo, como presencia vivida en la comunidad de fe, es el anclaje firme y seguro de
nuestra vida, donde encontramos la identidad que se mantiene en el tiempo y da coherencia a
nuestra biografía. Al mismo tiempo es la fuente de progreso y renovación que la vida nos
reclama cada día, y hoy más que nunca, en un mundo en transformación.
Porque -como dice el papa Francisco- más que una época de cambios, estamos en un cambio
de época.

El clericalismo y los males de la Iglesia

Introducción

El sábado 12 de marzo de 2022 el Papa Francisco presidía la misa en la Iglesia madre de la Compañía de Jesús (la iglesia del Gesù de Roma) celebrando el 400° aniversario de la canonización de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier junto con Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri. En la homilía animaba a renovar la vocación a seguir a Jesús, vivir en comunión y trabajar por la fraternidad en la Iglesia y en el mundo, rechazando personalismos y divisiones. Y añadía: “No nos dejemos arrastrar por el clericalismo que nos vuelve rígidos, ni por las ideologías que dividen. Los santos que hoy recordamos han sido columnas de comunión”. 

En el trasfondo encontramos una pugna entre dos mentalidades: la mentalidad clerical y la nueva mentalidad, nacida del Concilio Vaticano II, de una Iglesia de comunión.

Palabras del Papa

En circunstancias diversas el Papa ha diagnosticado el clericalismo como uno de los mayores problemas eclesiales. Lo decía en una entrevista al diario “El País” en enero de 2017: “El clericalismo es, a mi juicio, el peor mal que puede tener hoy la Iglesia”. Unas ideas que ha reiterado en diversos momentos, desde poco después de su elección como Papa:

  • “Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos” (Encuentro con los jóvenes argentinos en la Catedral de San Sebastián de Río de Janeiro, 25-7-2013).
  • “Es necesario vencer esta tendencia al clericalismo, también en las casas de formación y en los seminarios (…)  no tenemos que formar administradores, sino padres, hermanos, compañeros de camino» (A los obispos del Consejo episcopal latinoamericano (CELAM) en Río de Janeiro, 28 de julio de 2013).
  • “La tentación del clericalismo, que tanto daño hace a la Iglesia en América Latina, es un obstáculo para que se desarrolle la madurez y la responsabilidad cristiana de buena parte del laicado. El clericalismo entraña una postura autorreferencial, una postura de grupo, que empobrece la proyección hacia el encuentro del Señor, que nos hace discípulos, y hacia el encuentro con los hombres que esperan el anuncio. Por ello creo que es importante, urge, formar ministros capaces de proximidad, de encuentro, que sepan enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus ilusiones y sus temores. Este trabajo, los obispos no lo pueden delegar” (Videomensaje a los participantes en la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, Ciudad de México, 16-11-2013).
  • «Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. (…) La toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del bautismo y de la confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones” (Evangelii Gaudium, Exhortación Apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, n. 105, 24-11-2013).
  • “Si el seminario es demasiado grande, es necesario separarlo en comunidades con formadores capaces de seguir realmente a las personas. El diálogo debe ser serio, sin miedo, sincero. Es necesario considerar que el lenguaje de hoy de los jóvenes en formación es distinto de aquél de quienes los han precedido: vivimos un cambio de época. La formación es una obra artesanal, no policíaca. Tenemos que formar el corazón. De otro modo formamos pequeños monstruos. Y después, estos pequeños monstruos forman al pueblo de Dios. Esto realmente me pone la piel de gallina” (Coloquio del Papa Francisco con los superiores generales de los institutos de vida consagrada publicado en la Civiltà Cattolica, 29-11-2013).
  • Las mujeres en la Iglesia deben ser valorizadas, no “clericalizadas”. Los que piensan en las mujeres cardenales sufren un poco de clericalismo» (Entrevista para La Stampa, 10-12-2013).
  • “Cuando falta la profecía, el clericalismo ocupa su sitio, el rígido esquema de la legalidad que cierra la puerta en la cara al hombre” (Misa matutina en la capilla Santa Marta,16-12-2013).
  • “Debemos extirpar el clericalismo de la Iglesia. El clericalismo hace mal, no deja crecer a la parroquia, no deja crecer a los laicos” (Visita a la Parroquia romana de Santo Tomás Apóstol, 16-2-2014).
  • “El clericalismo es una verdadera perversión en la Iglesia. (…) El clericalismo pretende que el pastor esté siempre delante [del rebaño], establece una ruta y castiga con la excomunión a quien se aleja de la grey. Esto es exactamente lo contrario a lo que hizo Jesús. El clericalismo condena, separa, frustra, desprecia al pueblo de Dios» (Viaje a Mozambique, 5 de septiembre de 2019).
  • “El clericalismo es una perversión del sacerdocio: es una perversión. Y la rigidez es una de sus manifestaciones” (Visita a la comunidad del Seminario Pontificio Regional Pío XI, en Ancona, 11-6-2021).

Son algunos textos del Papa, pero podríamos encontrar muchos más…

Reflexión

En el momento actual, estamos ante un signo de los tiempos: se trata de descubrir hacia dónde empuja el Espíritu. Se han convocado encuentros para profundizar la sinodalidad en toda la Iglesia. El paso fundamental es avanzar desde una iglesia clerical a una iglesia de comunión. Algunos problemas actuales de la Iglesia, como la pederastia, tienen en su origen una deficiente formación del clero que no ha podido madurar en aspectos importantes de la personalidad, como la afectividad y la sexualidad. El hecho de que se trate de una realidad que se da en todos los ámbitos e instituciones, y sobre todo en las familias, no exime de la responsabilidad de una institución que asume la vocación de formar personas en el amor de Dios. El tema de la formación en la Iglesia es, por tanto, un aspecto fundamental.

Conviene hacer una breve reflexión sobre el clericalismo, su origen y sus causas, para poder descubrir vías de solución. No es suficiente con repetir las palabras del Papa y creer que con eso ya las cosas han cambiado. No hay que confundir las palabras con los hechos, ni las buenas voluntades con su realización. La Iglesia necesita profundos cambios en su funcionamiento para la superación del clericalismo que el Papa está reclamando.

De hecho, el problema del clericalismo es complejo y tiene unas raíces muy profundas. Históricamente, la Iglesia ha ejercido tareas de suplencia, vinculándose a veces con el poder político, para educar al pueblo y la sociedad. En ese camino, a partir de la Reforma Gregoriana y después con el Concilio de Trento, asumió la tarea de preparar “buenos sacerdotes” para poder guiar a un pueblo de Dios inculto y muchas veces analfabeto. Se trataba de conducir a los fieles a través de unas “élites” bien preparadas. Tras el Concilio de Trento se desarrolla la espiritualidad sacerdotal, como un itinerario de santidad para individuos elegidos. Como respuesta a la reforma protestante se sustituyó la complejidad de la Biblia por doctrinas y devociones, fomentadas popularmente, y apoyadas por el poder político y social.

Por este camino ha habido en la Iglesia muchos presbíteros y religiosos santos y bien preparados, que han cumplido su misión de evangelizar y promover progreso social. Pero también ha habido elementos negativos, que hoy salen a la luz de manera evidente. De hecho, se ha inoculado el virus del clericalismo, identificando a la Iglesia con los curas y las monjas. Se trata de una profunda deformación, que no responde a la voluntad de Jesús de Nazaret, que convocó a laicos casados y célibes, hombres y mujeres que le seguían, para unificar el pueblo de Dios. En todas las religiones aparecen grupos clericales que organizan y dominan la vida religiosa, pero Jesús no formó parte de la rama sacerdotal judía en torno al Templo de Jerusalén, y el único libro del Nuevo Testamento que habla expresamente del sacerdocio quiere mostrar, precisamente, su absoluta ruptura con todo clericalismo y la novedad de un nuevo estilo sacerdotal inaugurado por Jesús mismo, y comunicado a todo el pueblo de Dios: el sacerdocio común de los bautizados.

Sin negar el valor de lo que la tradición ha ido desarrollando, como intento de fidelidad condicionada históricamente por las circunstancias de cada época, hay que volver la mirada siempre al origen, que para los cristianos se sitúa en Jesús de Nazaret y la Iglesia primitiva. Por encima de las costumbres y hábitos adquiridos con el paso del tiempo está siempre la fidelidad a Jesús mismo, que debe ser replanteada en cada momento histórico.

Con esta clave hay que leer las palabras del Papa, que subrayan el peligro de una jerarquía y un ministerio que se han acostumbrado a mandar, y un pueblo que se ha acostumbrado a obedecer, siguiendo un modelo más medieval que evangélico. También existe una “clericalización del laicado”, habituado por costumbre y comodidad a relegar funciones en el clero. El problema de fondo es que se ha fijado la vida interna eclesial como una estructura organizativa y de poder, que ha funcionado durante siglos, pero que hoy está naufragando en muchos lugares. La realidad actual muestra una gran debilidad de las comunidades cristianas, convertidas en grupos sociológicos de edad avanzada, con gustos devocionales o religiosos compartidos, pero con escasa capacidad de ofrecer a los jóvenes la vida cristiana como un estilo de vida atractivo, alternativo frente a los nuevos modelos sociales y culturales. De este modo abundan las comunidades parroquiales ficticias que no suscitan vocaciones, y las pocas que aparecen tienden a reproducir el modelo clásico, con un estilo individualista donde prevalecen las virtudes y capacidades personales del ministro ordenado y brilla por su ausencia la vida fraterna de la comunidad.

Es evidente que la solución a este problema pasa por un cambio profundo del paradigma eclesial. Un peligro fraudulento sería que la comunión y la sinodalidad se conviertan en palabras novedosas incorporadas al discurso eclesiástico cuyo contenido se diluye, procurando parecer que todo cambia para que todo continue igual. O sea: cambiar las formas y las apariencias para mantener el sistema clerical un poco más atenuado. Es difícil que la generación presente pueda dar paso a una iglesia no clerical, cuando se ha recibido una formación marcadamente clerical. Sólo el Espíritu Santo puede llevar a cabo un cambio tan profundo como el que la Iglesia necesita hoy: “para los hombres es imposible, pero para Dios nada es imposible». Se trata de palabras del arcángel Gabriel a María (cf. Lc 1,37) que provocan su respuesta de fe y abren paso a la Encarnación. Unas palabras que Jesús recoge y repite a sus discípulos para contrarrestar su poca fe (cf. Mt 19,26). Los signos de los tiempos apuntan a un cambio de esta naturaleza, que solo puede realizarse con el poder de Dios.

En los años del Postconcilio han surgido interesantes experiencias comunitarias fruto del Espíritu, pero que apenas han conseguido desarrollar un discurso teológico que ayude a promover los cambios necesarios, mientras que la teología y la reflexión han quedado en manos de la mentalidad clerical. Esta profunda disociación motiva las fricciones entre algunos miembros de la institución eclesial y grupos y movimientos eclesiales con experiencias y aportaciones que podrían iluminar el itinerario hacia un nuevo estilo eclesial. Mientras que los miembros clericales de la institución tienden a oscilar entre la añoranza del pasado y la peligrosa influencia de la mundanidad -ambas denunciadas por el Papa Francisco-, el pueblo de Dios camina, a veces desorientado, sin ver con claridad los elementos con los que pueda avanzar en el presente.

Hay que tener en cuenta que la teología que se ha hecho durante siglos está alimentada por una mentalidad clerical. Es lo que hay. Y una consecuencia de ello ha sido la ausencia de la mujer en los ámbitos de decisión y responsabilidad eclesiales y la poca escucha de su voz y sus criterios en la reflexión teológica. Una situación preocupante que provoca una deformación profunda, mutilando la dimensión femenina en la vida eclesial. Como reacción han aparecido diversas formas de teología feminista con aportaciones de mucho interés, pero también peligrosos desequilibrios en sentido contrario. El pensamiento cristiano no puede surgir del dominio o la exclusión, pero tampoco de la reivindicación victimista. Más bien debería confluir en una teología eclesial hecha desde la comunión y el diálogo de ambos, el hombre y la mujer.

Retos ante el futuro

La secularización y la crisis de vocaciones son signos del Espíritu que están reclamando un nuevo estilo de ministerio ordenado al servicio de comunidades cristianas probablemente más pequeñas, pero más concienciadas y responsables de su identidad y misión.

El itinerario de la desclericalización eclesial reclama nuevas experiencias en el seno de la Iglesia, mediante la puesta en práctica de iniciativas concretas, sin las cuales difícilmente podrá alcanzarse una renovación. Algunas iniciativas necesarias, a mi parecer, son las siguientes 4 propuestas:

  1. Cambio de mentalidad: prioridad de la comunidad cristiana. Se necesita un cambio de mentalidad: la comunidad cristiana hay que crearla, no darla por supuesta. Que los ministros ordenados sirvan a la Iglesia significa que es necesario que obispos y presbíteros estén capacitados para engendrar verdaderas comunidades cristianas, con personas reales y concretas que nacen y maduran en la vida cristiana: leen y estudian la Biblia, asisten a las celebraciones y oran juntos, ejercitan la caridad atendiendo a los necesitados, comparten actividades lúdicas y culturales, se ejercitan en la comunión y la fraternidad. Hay que redescubrir la vida cristiana como una vida de familia, entretejida de relaciones humanas, y no reducirla al cumplimiento dominical. El ministerio ordenado siempre será necesario, pero al servicio de verdaderas comunidades cristianas. Hay que formar a todos los cristianos en la experiencia de comunión. La sinodalidad será una consecuencia.
  2. Nuevo estilo de formación eclesial. Son necesarios cambios profundos en la formación eclesial. Hay que crear Seminarios para el Pueblo de Dios, y no solamente Seminarios clericales. El Seminario del Concilio de Trento ha cumplido su misión y ha de pasar a un nuevo estilo de formación, integradora y plural. Los presbíteros saldrán de estos Seminarios nuevos, pero también saldrán de allí vocaciones al matrimonio y a la vida religiosa. Para una eclesiología conciliar de la Iglesia como Pueblo de Dios es necesario crear Seminarios para el Pueblo de Dios.
  3. Nuevo estilo de obispos. Se ha de replantear no solo la formación de los presbíteros, sino también la de los obispos. Los obispos no puede ser una selección promocionada de presbíteros clericales sino verdaderos hombres de Iglesia, engendradores de comunidad cristiana. Hoy no es suficiente con buscar gestores listos y devotos, que no dejan de ser funcionarios, aunque sean buenos y eficaces. Hace falta obispos que sean y actúen como verdaderos padres de familia: que quieran a las personas, las cuiden y se preocupen de ellas (los pastores con olor de oveja de los que habla el Papa Francisco), generando vínculos de fraternidad y solidaridad. Personalmente creo que no tiene sentido un obispo que no viva en comunidad: ¿cómo podría pastorear a la Iglesia, que es la familia de los hijos de Dios?
  4. Papel de la mujer en la Iglesia. La mujer tiene que participar de los órganos consultivos, deliberativos y decisorios en la Iglesia, a todos los niveles. El mundo de hoy, y también la Iglesia, necesita del genio de la mujer. La mujer cristiana tiene el don de generar ambiente de familia en el seno de la comunidad cristiana. Por ello ha de tener un papel importante en la formación presbiteral, con derecho a voto y a veto, respecto a posibles ordenaciones. No se puede aislar a los candidatos al presbiterado para protegerlos. Más bien hay que darles un ambiente intenso y atractivo de comunidad, y que se relacionen con todos.

Resumiendo, las cuatro propuestas: priorizar la comunidad cristiana y no tanto los ministros ordenados, un nuevo estilo de formación eclesial más comunitaria, un nuevo estilo de obispos más humano y familiar, y la presencia real de la mujer en los ámbitos de decisión en la Iglesia.

Donde la Iglesia no avance por este camino, acechan los peligros de alimentar nuevas formas de clericalismo, perdiendo capacidad evangelizadora y entrando en procesos de irrelevancia o incluso de extinción.  El camino no es fácil y tiene peligros, que no hay que subestimar. Siempre será una advertencia el recuerdo de las comunidades cristianas del norte de África, muy florecientes en la Iglesia primitiva, pero hoy desaparecidas. También Europa, que fue centro del cristianismo durante siglos, está en una profunda crisis eclesial.

Personalmente me parece peligroso pensar que el futuro de la Iglesia pase por la formación de los presbíteros. Si ponemos en ello la prioridad, siempre tenderemos a reformular nuevos clericalismos. Creo que el futuro de la Iglesia pasa, más bien, por la creación y existencia de comunidades cristianas reales, no ficticias, en cuyo servicio habrá que formar a los presbíteros nacidos de ellas. Las vocaciones tienen que surgir de la comunidad y madurar en ella, no en ambientes asépticos de aislamiento donde pueden ocultarse o producirse deformaciones psíquicas. La formación cristiana es algo fundamental que debe ofrecerse en el contexto comunitario de todo el Pueblo de Dios.

No podemos olvidar que allí donde el cristianismo deja de ser un estilo de vida rico y exigente y se convierte en una simple tradición cultural, en costumbres o folklore, acaba perdiendo su identidad y al final es barrido por cualquier moda cultural o influencia ideológica. La historia de España de las últimas décadas nos ofrece testimonios que apuntan en esta línea.

Epílogo

Terminamos con unas palabras proféticas del Papa Francisco dirigidas a los participantes de la 105 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina el 25-3-2013, poco después de su elección papal:

«Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar «la dulce y confortadora alegría de evangelizar».

«Les deseo a todos ustedes esta alegría, que tantas veces va unida a la Cruz, pero que nos salva del resentimiento, de la tristeza y de la solteronería clerical. Esta alegría nos ayuda a ser cada día más fecundos, gastándonos y deshilachándonos en el servicio al santo pueblo fiel de Dios; esta alegría crecerá más y más en la medida en que tomemos en serio la conversión pastoral que nos pide la Iglesia. (…)

Que el Señor nos libre de maquillar nuestro episcopado con los oropeles de la mundanidad, del dinero y del «clericalismo de mercado». La Virgen nos enseñará el camino de la humildad y ese trabajo silencioso y valiente que lleva adelante el celo apostólico».

Putin, Dostoievski y el alma humana

Mientras en Europa se ha iniciado una nueva guerra, algo increíble en siglo XXI, me viene a la mente la figura de Fedor Dostoievski, cuyo segundo centenario de su nacimiento celebrábamos el año pasado. Una figura extraordinaria y profética que supo describir como nadie la realidad del ser humano y el desafío de los nuevos tiempos.

El gran novelista ruso Dostoievski (1821-1881) fue autor de obras inmortales como Crimen y Castigo o Los hermanos Karamazov. Un escritor con una gran capacidad psicológica para describir y profundizar el alma humana que ha tenido una gran influencia en la cultura occidental. Admirado por Freud e incluso por Nietsche, supo entrar en la compleja profundidad de la mente y los sentimientos humanos. En su literatura encontramos los grandes temas humanos: la lucha del bien y del mal en el corazón, la libertad individual, la rebeldía contra la injusticia, la degeneración moral del individuo, su redención a través del sufrimiento…

Para él la literatura fue el camino de expresión de una creatividad genial que atraviesa una vida tormentosa y que necesitaba buscar una salida, viviendo en plenitud. Su vida misma parece una novela. Maltratado por su padre, marchó al ejército. De joven participó en grupos políticos para derrocar el zarismo. Fue apresado y condenado a muerte. Finalmente, ante el paredón, se conmutó su pena por cuatro años de prisión en Siberia. Arrastró una salud débil y problemas de epilepsia. Graves problemas económicos le acompañaron durante décadas, con etapas de alcoholismo y ludopatía. Se casó dos veces, y su segunda esposa, Anna Grigorievna Snitkina, fue una abnegada colaboradora suya hasta los últimos días. Con ella tuvo que superar la muerte de tres de sus cuatro hijos. Viajó por Europa, luchando con sus deudas. Su pensamiento fue evolucionando, y la fe cristiana iluminó la madurez de su vida y las contrariedades y conflictos de su biografía personal, descubriendo el materialismo y el derroche consumista como los grandes males de su tiempo.

Una persona que vivió la vida con pasión y plenitud, con sus alegrías y tristezas, miserias y grandezas. Nadie como él personifica el alma rusa, e incluso el alma europea, con sus valores y contradicciones. Fue el primer gran escritor que se centró en mostrar la interioridad de la gente sencilla, abandonando los ambientes nobles o elevados de la sociedad, y volcando en sus escritos los dramas y preocupaciones de su tiempo. Su primera novela, Pobres Gentes, ya muestra esta tendencia. Sus textos recogen la realidad de su época, pero no envejecen con el paso del tiempo, porque enfrentan temas profundamente humanos. Dostoievski no teme los excesos y contrastes y ofrece lo que podríamos definir -nunca mejor dicho- como una montaña rusa de intensas emociones. Presenta al ser humano en su centro personal, con sus contradicciones, capaz de las mejores cosas, pero también de las mayores aberraciones y maldades. Nos muestra sus grandes miserias y sus enormes tesoros de generosidad e idealismo. Aunque en su juventud se sintió atraído por el socialismo utópico, al final fue considerando que el verdadero tesoro estaba en la religiosidad rusa, sin despreciar las aportaciones de la influencia europea. Se detiene observando las figuras humilladas y heridas de un mundo antiguo que está cayendo ante nuevos procesos sociales y políticos que van a transformarlo por completo. Y nos presenta al ser humano, sus contradicciones y su voz interior, cayendo a veces en los abismos de su propia destrucción, pero con la capacidad espiritual de resurgir y nacer de nuevo, redimido en el amor.

Treinta años después de su muerte, se iniciaba la revolución rusa, que llevaría al triunfo del Partido Comunista de Lenin y se inauguraría un modelo político que buscaba la justicia a través de la revolución del proletariado, asumiendo la violencia como camino justificado para alcanzar un paraíso en esta tierra, en el futuro. De Lenin se pasó a Stalin, cuyos métodos autoritarios y sanguinarios con sus propios ciudadanos revelaron los horrores del poder absoluto e incontrolado. Ciento ocho años después de la muerte de Dostoievski, caía el muro de Berlín, y el mundo contemplaba el derrumbamiento del modelo político comunista que había dominado la mitad del orbe durante décadas. El comunismo no había conseguido ahogar el alma del pueblo ruso.

Con la caída del comunismo, millones de personas salieron del autoritarismo dogmático, pero no encontraron el camino, ni quizás recibieron la ayuda necesaria de los países occidentales, para llenar de sentido la democracia y la libertad por la que habían luchado. Ello llevó a una decepción que se ha convertido en campo cultivado para nuevos populismos. Pero no queramos dar respuestas simples a problemas complicados. Lo decía Dostoievski: “No nos olvidemos de que las causas de las acciones humanas suelen ser inconmensurablemente más complejas y variadas que nuestras explicaciones posteriores sobre ellas”. Muchas personas que salieron de regímenes comunistas han experimentado que Occidente no les ofrece nada mejor, sino una vaga libertad en la que dominan los poderosos. Es el mismo problema que atenaza desde siempre a la humanidad. Ni la justicia sin libertad, ni la libertad sin justicia. Unir ambos aspectos es el gran reto de toda cultura y civilización para dar sentido y dignidad a la vida humana. El hombre ansia la libertad, pero cuando la tiene, no sabe bien qué hacer con ella. O -mejor dicho-, no acierta a conseguir el bien con ella.

La espiritualidad rusa no impidió la llegada de Stalin, la gran tradición cultural alemana dio paso a un Hitler y los siglos de democracia norteamericana y su propaganda para llevarla a todo el mundo no han conseguido vetar la llegada de Trump -por cierto, un gran admirador de Putin-. La mentalidad confuciana que impregna al pueblo chino ha tenido más influencia en el progreso actual que Mao Tse Tung y su revolución cultural teñida de sangre y persecuciones. Ningún país ni estado está exento de peligros, cuando falla la vigilancia personal y social.

Recordaba en estos días a Dostoievski y su búsqueda de la verdad y del bien, como una realidad dramática que debe afrontarse en cada época. En el fondo del corazón de cada uno de nosotros se esconde un santo, y también un asesino o un hipócrita, si no vigilamos. Todo depende de las circunstancias, pero, sobre todo, de nuestra libertad personal. En su obra “El Idiota” aparece la conocida frase de que “la belleza salvará el mundo”. Se trata de la belleza del amor y del bien. Pero el autor también dice que “lo peor es que la belleza es misteriosa y terrible. Dios y el diablo están luchando allí, y el campo de batalla es el corazón del hombre”.

El triunfo de la belleza para salvar a la humanidad no es un vago sentimiento o ilusión idealizada sino una lucha personal y comunitaria, donde los demonios individuales y sociales atacan a la humanidad y pueden conducirla a las mayores deformaciones e injusticias. No olvidemos que Europa, que exportó cultura y civilización a todo el mundo conocido, también exportó opresiones colonialistas y dos guerras mundiales en el siglo XX. Todos debemos vigilar para que nuestros demonios no hagan daño a la humanidad. Dostoievski nos recuerda que hay que luchar para que triunfe la verdad y la paz en medio de los hombres, porque, aunque todos tenemos la semilla del bien en el interior, también tenemos nuestro lado oscuro, dispuesto a salir a la luz, con una gran capacidad de engañarnos y de engañar a los demás. La grandeza de los hombres y de las naciones no está nunca en el poder y el dominio de otros sino en la belleza del amor que se abre paso dramáticamente en el relato entrelazado de las biografías personales.

Europa necesita de Rusia y su espiritualidad, que a veces se oculta en el fondo del alma rusa, del mismo modo que Rusia necesita de Europa.

Una experiencia evangélica desconocida

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Llaman la atención algunos textos evangélicos referidos a los primeros seguidores de Jesús y a la experiencia de radicalidad que Jesús reclama de ellos: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26; cf. Mt 10,30). Un texto chocante, donde la traducción del verbo “odiar” se refiere a la necesaria ruptura interior, violenta, que en ocasiones ha de vivir un discípulo de Jesús, en aparente contradicción con los sentimientos humanos naturales.

Jesús pide a sus apóstoles, la mayoría de ellos casados, dejarlo todo, y asegura que «el que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos, por el Reino de Dios, recibirá mucho más en este mundo; y en el mundo futuro, recibirá la Vida eterna» (Lc 18,29-30). La exigencia es radical y está ligada a su seguimiento. Se está remarcando que la salvación ya no proviene de seguir la tradición religiosa ligada a la familia patriarcal tradicional, ni tampoco viene de cumplir la Ley. A partir de ahora todo depende del vínculo esencial con Jesús, que es quien llama, constituyendo una nueva familia. Frente a la llamada de Jesús cae todo lo demás, también el matrimonio tradicional. Por otro lado, sabemos que Jesús volvió a casa de Pedro y curó a su suegra, y con ello comprobamos que no todos los apóstoles abandonaron sus familias, literal y totalmente. Pero la experiencia interior sirve a todos: por encima de todo, ahora está Jesús. Su persona es la única mediación de la nueva Alianza.

Es curioso cómo un tema importante, suficientemente claro en el Nuevo Testamento, apenas se ha reflexionado en la vida eclesial. Pero se trata de algo fundamental que aparece incluso en la infancia de Jesús. En una fiesta de Pascua en Jerusalén, Jesús es perdido y hallado en el templo: «Su madre le dijo:Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Jesús les respondió: -¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía» (Lc 2,48-50). Se muestra aquí un claro contraste de dos mentalidades sobre la familia: la tradicional centrada en el padre (y la madre) y la mentalidad nueva centrada en la presencia de Jesús. La misión de Jesucristo ya no está ligada al estilo familiar patriarcal del AT y los vínculos paterno-filiales tradicionales.

Jesús encontró un grave conflicto con muchas familias tradicionales, que podían justificarse con la Ley judía y esto provocó situaciones violentas, que el maestro de Nazaret no pretendió disimular con un falso pacifismo. Por eso llega a decir que «los enemigos del hombre son los de su propia casa» (Mt 10,36), y que “solo en su tierra, entre sus parientes y en su casa, desprecian a un profeta” (Mc 6,1-6). En otro momento les dijo que no había venido a traer paz sino división en el seno de las familias (cf. Lc 12,51-53). Pero… ¿por qué es necesaria esta “ruptura” dolorosa y en cierto sentido violenta[1] con algo que, en sí mismo, es bueno, como la familia?

En las familias encontramos el apoyo indispensable para un crecimiento humano y psicológico, pero también puede combinarse con otras cosas que provienen del ego personal, del ambiente o la influencia social: intereses ocultos, egoísmos, manipulación, etc. En la vida de las familias se mezclan, con frecuencia, cosas positivas con intereses escondidos que no corresponden a un amor auténtico, y que pueden enmascararse con sentimentalismos. Todo ha de ser purificado con la presencia de Jesús, porque el Reino es enemigo de la mentira y del engaño, y ello provoca una violencia que acompaña la irrupción de la novedad de vida cristiana. Dios quiere purificar el corazón humano para que aprendamos a vivir el amor verdadero, y para ello hay que seguir a Jesús. Jesús quiere que el cristiano sea un hombre nuevo, y ello reclama un nuevo nacimiento y una nueva familia (cf. Jn 3,1-8).

En las últimas cartas de la tradición paulina descubrimos una cierta recuperación de la “familia tradicional patriarcal”, que se aleja de las intuiciones más cercanas a las palabras de Jesús mismo: con el retraso de la Parusía los cristianos vuelven a adaptarse a las costumbres del entorno social y cultural greco-romano en el que se encarnan[2]. La historia de la Iglesia ha mostrado una preferencia por este estilo patriarcal, pero es necesario volver a las líneas fundamentales dadas por Jesús mismo.

Jesús vive y propone una experiencia radical, en la que la familia patriarcal es sustituida por la nueva familia, que es la comunidad cristiana. El problema aparece cuando la vivencia cristiana pierde su dimensión comunitaria y seguimos la tendencia natural de buscar el indispensable apoyo social en la familia natural. Corremos el peligro de sustituir la experiencia cristiana con bondades naturales o centrarnos en una espiritualidad individualista autosuficiente. Ambas opciones se alejan de la novedad de Jesús.

La figura de la Iglesia como nuevo pueblo de Dios, característica del concilio Vaticano II marca el itinerario eclesial hacia la toma de conciencia de una identidad relacional y comunitaria. La nueva propuesta que el Papa Francisco hace para reflexionar y asumir la experiencia de la sinodalidad marca el camino del redescubrimiento de la Iglesia como verdadera familia del cristiano, comunidad reunida en torno a Jesús. Cuando no percibimos la experiencia del hombre y la mujer unidos en buscar la voluntad divina, la imagen eclesial queda deformada, perdiendo el atractivo de una vida de familia comunitaria y fraterna. Se trata de un gran reto para superar el clericalismo y mostrar el rostro de una Iglesia como Pueblo de Dios, eje central de la eclesiología conciliar. Es el reto de un nuevo estilo de Iglesia, como “casa y escuela de comunión” (Novo millennio ineunte 43; cf. Papa Francisco, Audiencia General 14 abril 2021).

El cristianismo se encarna y se actualiza en la vivencia de sus experiencias fundamentales, a las que debemos volver en cada época y en cada generación. “Dejarlo todo para seguir a Jesús” es una de estas experiencias, a partir de las cuales se redescubren todas las cosas. También la familia natural.


[1] «El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12).

[2] Se percibe en las Cartas pastorales: cf. 1 Tim 2,8-3,5, etc.

El hermoso retablo de una Iglesia antigua

Imagen global del retablo de la parroquia de Andra Mari, en Zeanuri. Cedida por Jesús Muñiz Petralanda

El pasado domingo asistía a la celebración de una misa en la Iglesia Andra Mari de Zeanuri[1]. Mirando atentamente el retablo descubres algunas de las pinturas mejor conservadas del siglo XVI en Bizkaia. El núcleo del retablo está dedicado a la Asunción de la Virgen María y contiene escenas de Santa María, realizadas seguramente por artistas de Flandes que se habían mudado a Castilla. El retablo tiene más de 80 representaciones de santos, virtudes o personajes bíblicos reorganizados posteriormente en el gran conjunto barroco que hoy se conserva.

En la Iglesia, los elementos arquitectónicos y las imágenes evocaban personajes bíblicos y transmitían mensajes simbólicos de belleza, compasión, valentía, etc. Servían de ayuda a las personas para superar las duras condiciones de la vida natural y del trabajo cotidiano, abriendo espacios de trascendencia (salida de uno mismo) en los que se podía crecer humana y espiritualmente. Así crecieron nuestros abuelos y la fe les ayudó a descubrir una vida con sentido. En aquellas familias crecieron niños, algunos de los cuales llevaron la fe a países lejanos. De numerosos pueblos pequeños como éste salieron misioneros hacia América, Asia y África.

Muchos hemos nacido ya en un ambiente distinto, sin precariedad ni necesidades económicas. Esto condiciona nuestras expectativas de vida, nuestra valoración de la realidad y nuestra actitud religiosa. Personalmente, pude redescubrir el Antiguo Testamento, y la gran novedad que aporta el Nuevo a partir de los 30 años cuando, en la década de los 90, estuve viviendo en Valledupar (Colombia). Allí descubrí el gran poder que tiene la experiencia cristiana para promover humanización, lucha con la adversidad y progreso, en medio de una sociedad herida de violencia y con graves problemas sociales y económicos. La fe cristiana ayuda a crecer a la gente sencilla que busca el bien y la verdad. Precisamente de este modo se desarrolló el cristianismo primitivo, cuando una pequeña secta perseguida por los judíos y por los romanos, que convocaba a gente de baja categoría, seguidores de un tal Jesús de Nazaret, llegó a prevalecer sobre el poder del Imperio romano. Incluso llegó a recibir de él la herencia de todo un continente: Europa.

¿Pero qué está ocurriendo hoy en Europa, donde tantas personas empiezan a abandonar su fe tradicional cristiana? ¿Será que el cristianismo tiene un efecto más positivo con las personas necesitadas y que sufren, y en cambio pierde signficado e influencia cuando vivimos de manera acomodada y sin grandes preocupaciones? Quizás no sea tan sencillo.

Antiguamente nuestros antepasados descubrían la religión en la predicación del clero, con el recurso de imágenes religiosas y devociones, que les ayudaban a vivir experiencias que daban sentido a sus sufrimientos cotidianos y aportaban modelos humanos, esperanza y fuerza para progresar. Hoy el mundo está cambiando mucho. El clero ya no es un estrato privilegiado de mucha formación, que sobresale sobre el pueblo. Tampoco recibe la valoración social y la admiración de otros tiempos, ni es aceptado como guía de una sociedad laica no confesional. Por otro lado, el mundo se ha vuelto global, con los viajes, el flujo migratorio, el contacto con otras culturas y religiones. Ya no se concede a la Iglesia el patrimonio de la verdad. Además, la constatación de errores y pecados de sus miembros mina su credibilidad. El juicio crítico de la modernidad ante las instituciones, las ideologías y la autoridad, le afectan de manera especial. Hoy se corre el peligro de que las iglesias se conviertan en espacios culturales museísticos en viajes de turismo: alguna visita guiada para admirar las joyas del arte religioso antiguo, compaginada con salidas a la playa y comidas en buenos restaurantes.

Pero no es posible la misión de la Iglesia, si esta se limita a misas dominicales con algunas ideas éticas o morales aprovechables del sermón. Si no se consigue conectar con las experiencias vividas representadas por aquellas 80 figuras o escenas del retablo barroco, se está perdiendo la misión evangelizadora eclesial, y se sustituye por una costumbre social dominical para quienes en algún momento asimilaron la fe y con el paso del tiempo no la han perdido.

La evangelización ha de buscar gente nueva y comunicar una buena noticia, que se puede vivir y reproducir en las circunstancias personales. La misión principal de la Iglesia es la de ayudar a vivir la peculiaridad de la vida cristiana, en un proceso de aprendizaje largo y profundo, que no se puede dar por supuesto. La identidad eclesial se sostiene con tres pilares bien alineados: la Palabra de Dios (que se debe conocer y profundizar), la comunidad cristiana (donde se dialoga la fe cristiana y se discierne la veracidad o falsedad de las experiencias individuales) y la liturgia (donde se celebra festivamente la fe). Con frecuencia fallan los dos primeros pilares: falta el conocimiento y profundización continua de la Biblia, y no hay verdadera comunidad cristiana, sustituida por un grupo sociológico con vínculos superficiales. De este modo la liturgia se convierte en eventos sociales cuyo significado se va perdiendo y que no atraen a personas nuevas, a los jóvenes, etc.

Durante siglos la Iglesia en Europa se ha mantenido gracias a una buena formación del clero, que ha suplido muchas funciones, como el conocimiento bíblico o la identidad comunitaria. La ausencia del clero actual es un signo de los tiempos, y sólo donde exista una verdadera comunidad cristiana puede mantenerse de manera creíble la experiencia de fe, y proponerse a otros. Hay que redescubrir la identidad eclesial como comunidad viva.

Resulta iluminador en esta línea el testimonio de la Iglesia en Corea del Sur. Durante siglos la fe se mantuvo allí gracias a la existencia de comunidades laicales, porque los presbíteros fueron perseguidos y exterminados. Pero la comunidad perduró y hoy Corea del Sur es uno de los países con mayor índice de cristianismo en Asia. Este testimonio nos recuerda que el verdadero fundamento de la Iglesia es la comunidad cristiana. Aunque la Iglesia sea una institución jerarquizada, hay que revisar el papel del ministro ordenado, para que no ahogue, suplante ni aburra a la comunidad. Se necesitan espacios de comunidad cristiana, de vida de familia donde se pueda aprender a vivir la fe, aquellas experiencias que otros descubrieron y vivieron antes, y que iluminaron y dieron sentido a sus vidas. Aquellas experiencias que continúan estando plasmadas en los personajes bíblicos y el arte antiguo del retablo de la Iglesia Andra Mari de Zeanuri, y de tantas otras iglesias en pueblos y ciudades que nos rodean.


[1] Andra Mari es una expresión tradicional vasca que significa literalmente «Señora María», y equivale a las castellanas Nuestra Señora, Virgen María o Santa María.

La insoportable levedad del ser

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Así se titulaba una famosa novela de Milan Kundera que nos describía del vacío en el que muchas personas de nuestro tiempo van recorriendo los caminos de sus vidas. Nietzsche nos anunció la muerte de Dios, pero la voluntad de poder y el superhombre que había de guiar al hombre no surgen por ningún lado, y hoy parece que muchos caminan desorientados, sin saber a dónde van. Nos asusta tomar conciencia de nuestra fragilidad en un mundo cambiante, lleno de retos y conflictos. La pandemia nos ha enfrentado con nosotros mismos y nos ha hecho descubrir un vacío que intentamos llenar, y cuesta conseguirlo.

Una charla famosa de TED, con más de 50 millones de visualizaciones en Youtube se titula: El poder de la vulnerabilidad, de Brené Brown. Su contenido va en la línea de mostrar la importancia de aceptar nuestra debilidad para poder crecer humanamente, a nivel personal y social. El ser humano, a diferencia de los animales, nace totalmente vulnerable, y necesita años para poder valerse por sí mismo. Esta deficiencia es, al mismo tiempo, la causa de su grandeza y su inmenso potencial de crecimiento, porque le permite ir interaccionando con otros seres humanos en un proceso de aprendizaje que no tiene comparación con ningún otro ser vivo.

El crecimiento humano asume la base de naturaleza animal, pero va más allá con el desarrollo de la racionalidad, una capacidad ambigua que puede usarse muy diversamente. El hombre es un ser racional, pero su razón puede ser usada para bien o para mal, y siempre está en busca de significado, de sentido. Todas las acciones humanas necesitan un sentido. Así aparecen la ética y la moral como dimensiones humanas fundamentales.

Pero el ser humano tiene una identidad personal y social que se va construyendo en comunidad. Necesita situarse en un grupo, formar parte de un colectivo, inscribirse en una historia, unirse a algo más grande que uno mismo. Somos seres narrativos, que nos vamos construyendo biográficamente en una historia con sentido. Decía Víctor Frankl que el hombre es un ser en busca de sentido. Y el sentido viene dado por el conocimiento de la realidad y por la relación con los demás. Así se construye nuestra propia historia, que es una relación con nosotros mismos, con el mundo, con los demás. Necesitamos apegos afectivos, vínculos de amor y de admiración, modelos, héroes, ídolos o dioses que nos orienten y acompañen, y a los que acompañar. En relación con ellos construimos nuestra propia identidad. Y por eso nos gustan las historias: los cuentos desde niños nos presentan horizontes vitales con retos y peligros, en los que entramos, jugando. Imaginamos futuros posibles en los que vamos intuyendo nuestros sueños y la realización de nuestros anhelos. Con el paso de los años la vida nos hace aterrizar y valoramos más los detalles cotidianos, los gestos humanos, la gratuidad.

La madurez es descubrir en la realidad que nos toca vivir la realización posible de aquello que habíamos soñado. De una forma distinta, pero quizás más real. El pensamiento y la imaginación abren caminos y posibilidades que hay que contemplar, pero sólo madura quien sabe encarnar sus deseos en la vida real, asumiendo el aprendizaje necesario que comporta etapas de sufrimiento y desierto. Quien no acepta la realidad vive engañado o decepcionado, se cierra en sí mismo culpando a otros, o se acostumbra a vivir en el engaño y la mediocridad. La madurez no es otra cosa que realizar nuestros sueños en la realidad, asumiendo el proceso biográfico que nos va purificando y nos prepara para asumir como gracia y como regalo (de un modo inesperado) todo aquello que pensábamos que podríamos conseguir con nuestras propias fuerzas. La madurez es sustituir nuestros sueños infantiles coloreados de ingenuidad y omnipotencia con aquello que la vida nos presenta y descubrir allí una vida con sentido, con nuestra libertad. También descubrimos la huella de nuestras propias elecciones erróneas, fracasos y equivocaciones. Solamente la honradez y coherencia personal puede recorrer este camino. No importan tanto las debilidades y pecados, cuando persiste la voluntad personal de buscar la verdad y el bien en medio de cualquier situación y circunstancia que uno pueda encontrar.

Necesitamos historias que den sentido a nuestra vida. Si nuestra propia historia carece de riqueza y profundidad necesitamos sumergirnos en otras historias. Y por eso la gente puede pasar horas contemplando los relatos de vidas ajenas, de famosos en cuyas vidas identificamos nuestros anhelos y fatigas o historias de superhéroes donde nos atrae aquella grandeza que intuye nuestro interior pero que la realidad esconde. Y precisamos de la cultura, la literatura, las películas… con las historias de quienes vivieron o fueron imaginados, sumergiéndonos en sus pasiones y fracasos, alegrías y decepciones, dramas y aventuras.

En otros tiempos ayudaba insertar las propias vidas en una Historia de Salvación, donde Dios se hacía presente y nos convocaba y enviaba a una misión. Hoy mucha gente ha perdido esa referencia, pero el anhelo persiste con nuevas formas de espiritualidad o sucedáneos. Algunos navegan perdidos, otros encuentran nuevos ídolos o modelos para seguir o imitar: actores, deportistas, científicos, youtubers, etc. Y los medios de comunicación y las plataformas audiovisuales nos inundan con infinidad de historias, adaptadas a nuestros gustos y necesidades, incluyendo a discreción fantasía, romanticismo, violencia o dramatismo, sexo o ternura, venganza o redención. Pronto la IA (inteligencia artificial) nos va a dar la posibilidad de insertarnos, gracias a la realidad virtual, en aquellas historias diseñadas a nuestra medida, con nuestros propios gustos y necesidades. Y todo aquello que nos gustaría experimentar y no podemos realizar en el mundo real será posible en nuestra propia historia creada artificialmente y de ficción: allí podremos ser héroes, campeones, deportistas, asesinos, machos alfa o depredadores sexuales sin ningún problema. ¿Seremos más humanos? Probablemente no. Algunos lo usarán para progresar en su humanidad y otros para alejarse de ella. La tecnología es positiva pero sólo será buena si se promueve con criterios verdaderamente humanizadores.

La gran tentación actual es que la mayoría de la gente viva en el engaño y la mentira, historias de ficción creadas para distraer y consolar a las masas y evitar que no haya conflictos sociales. Un nuevo opio del pueblo. Y mientras la verdadera historia de la humanidad la escriben unos pocos, la mayoría se conforma con poder participar en unas vidas con sentido diseñadas por otros. Sumergirnos en historias atrayentes (aunque sean falsas) adaptadas a nuestros gustos y necesidades subjetivos, que han sido desvelados por los mecanismos de seguimiento y detección de conductas que se van incorporando a los elementos tecnológicos que usamos diariamente y que nos van escaneando, sin que nos demos cuenta.

Hoy es más importante que nunca la educación. Formar a personas maduras para que sepan elegir, discernir, favorecer el bien y los valores humanos, superar la fragilidad para edificar una sociedad más justa y solidaria. Aprender a vivir la vida, vivir historias reales, no conformarnos con historias de ficción con las que quieren aletargarnos.

Es necesario promover un auténtico humanismo que aspire a salvar los verdaderos valores humanos y a defender lo auténtico en su ser y su conducta, ya que el ser humano corre peligro de convertirse en una marioneta de sonrisa forzada y artificial, movida por intereses ocultos: engañados, pero contentos.

El peligro de las grandes ideas

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Ni los intelectuales son malos ni las ideas tienen por qué ser trágicas. Pero aquí vamos a centrarnos en un problema grave de la cultura y de la sociedad: absolutizar las ideas y dejarnos deslumbrar por ellas, idealizando a algunos intelectuales.

Es cierto que las ideas mueven el mundo, pero a veces lo empujan hacia el abismo. Cuando se absolutizan ideas, aparentemente buenas, podemos perder el contacto con la realidad y caminar hacia el desastre. Las ideologías son un peligro cuando falta el contraste y el discernimiento, y se olvida la finalidad última de la persona humana y su dignidad.

Podríamos poner muchos ejemplos, pero elegiremos sólo uno. Karl Marx ha sido una figura cuyas ideas han influido en millones de personas a lo largo de la historia, promoviendo rebeliones y revueltas que han transformado el planeta:

“¡Proletarios del mundo, uníos!” Y así lo hicieron en algunos países del mundo, buscando superar las injusticias: ¡qué gran idea!

Durante más de medio siglo la mitad de la humanidad estuvo gobernada por regímenes inspirados en ideas marxistas. Hoy en día, los únicos países que mantienen su herencia progresan en la medida que abandonan muchas intuiciones originales de Marx. China es el mejor ejemplo de un país presuntamente comunista que ha triunfado aceptando el juego del capitalismo y manteniendo la estructura política autoritaria y el control de los ciudadanos.

Pero Marx, que guio la vida y el destino de tantos trabajadores, no trabajó nunca manualmente. Fue un intelectual. Pudo ir viviendo sin trabajar, gracias al patrimonio de su familia y después de su mujer (cuyo nombre apenas nadie conoce: se llamaba Jenny von Westphalen). Difundió sus obras gracias a diversos amigos colaboradores suyos, como Friedrich Engels. Y vivió de manera desahogada, con aquel estilo burgués que tanto despreciaba: con criadas, acumulando deudas, despilfarrando dinero, con mucho alcohol y una vida licenciosa. Aunque crecían sus apuros económicos no dejó nunca de visitar los mejores balnearios y de mandar a sus hijas a los mejores profesores de Londres. El defensor de las clases maltratadas tuvo toda la vida como sirvienta a Helene Demuth, sin pagarle nada, y la dejó embarazada, atribuyendo el hijo a su amigo Engels. Teniendo a su mujer enferma, intentó abusar de una sobrina. Tuvo siete hijos reconocidos con su mujer, de los cuales sobrevivieron solo tres hijas, dos de las cuales se suicidaron.

Marx es un caso extremo, pero no deja de ser significativo. Se trata de datos poco conocidos sobre el autor del Manifiesto Comunista, cuyas ideas sedujeron a muchos intelectuales y cambiaron la vida de millones de personas. El resultado del comunismo, tras muchos años de aplicación de sus doctrinas, fue la muerte de millones de personas, sacrificadas para conseguir la realización de una gran idea. La dictadura del proletariado resultó ser un camino de destrucción, no el progreso imaginado hacia el paraíso comunista. La idea parecía buena, pero resultó trágica en Rusia, China, Vietnam, Camboya, etc.

¡Qué peligrosas pueden llegar a ser las doctrinas de intelectuales que no tienen experiencia de lo que hablan! Hacen elucubraciones abstractas que pueden seducir con el atractivo de sus explicaciones falaces. Ya Sócrates advirtió del peligro de los sofistas, que construyen discursos bellos y engañosos que se alejan de la verdad, pero cautivan a los oyentes con el ingenio de las palabras y el artificio de las argumentaciones.

El peligro de dejarse deslumbrar por grandes ideas no es exclusivo del comunismo, sino que se extiende a otras tendencias políticas y sociales y a todos los ámbitos de la realidad. También el nazismo tuvo un líder populista que se convirtió en un dictador sanguinario que tuvo muchos seguidores con un proyecto nacionalista de grandes ideas de progreso y de esplendor.

Todas las ideologías son peligrosas cuando absolutizan doctrinas y olvidan a las personas, que pasan a ser piezas reemplazables del gran mecanismo de la historia, movido por grandes líderes presentados como visionarios, pero que no son más que personajes egocéntricos y megalómanos.

No sólo en la política, también en lo social y en la religión. ¡Cuántos disparates se han cometido y se pueden cometer en nombre de la imagen que uno tiene de Dios! Incluso el cristianismo, convertido en ideología dominante, puede ser peligroso, cuando en función de promover las ideas cristianas se alía con el poder y llega a olvidar la dignidad de las personas concretas y reales que existen verdaderamente y a las que Jesucristo se dirigía para invitarlos al Reino de Dios. El Reino de Dios no es una idea, sino una realidad ya presente, de manera misteriosa, en el mundo.

Pero las ideas mueven el mundo, por eso es tan importante saber distinguirlas y contrastarlas con criterios de verdad y de bondad. La referencia es siempre la persona humana. Aquello que promueve el bien y la dignidad de la persona es bueno. Bondad y verdad aquí se identifican. La persona humana, con todo su contexto biográfico, ambiental y social, local y planetario, constituye la referencia fundamental e irreductible. La persona con todo su mundo es el núcleo fundamental de la cultura y de la civilización auténticamente humana.

Hay que evitar la tentación de querer edificar una cultura con ideas e ideologías que no estén contrastadas con la experiencia. Es la experiencia humana la que revela la verdad o falsedad de las ideas, y sólo con ella se puede ir edificando una civilización respetuosa con la dignidad personal y promotora de justicia y solidaridad. Descubriendo la coherencia de las ideas y la vida -y cómo una vez aplicadas éstas producen los efectos deseados en la realidad-, sabemos que vamos por el buen camino. También comprobamos la verdad de las ideas cuando las vemos encarnadas en aquellos que las predican. Y esto sirve para todo tipo de líderes: sociales, culturales, artistas, políticos o religiosos.

Hoy el mundo está lleno de ideas muy variadas y contradictorias, discursos innumerables y relatos múltiples. Cuando las ideas pasan por encima de las personas concretas y reales hay que desconfiar de ellas. Conviene descubrir y comprobar primero cómo y dónde todo esto se convierte en realidad. El paso de la idea a la experiencia nos muestra su coherencia y su verdadero contenido de verdad y de bondad, en relación con el único valor absoluto e irreductible: la persona humana y su dignidad.

Un verdadero drama en la Iglesia católica

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Uno de los mayores dramas que tenemos los cristianos en la Iglesia católica es un absoluto desconocimiento de la Biblia como palabra de Dios. Pocas cosas hacen más daño que este alejamiento de aquello que debería ser la fuente principal de nuestra fe religiosa: la Revelación. Quizás esta distancia fue influida por una reacción a la Reforma protestante de Lutero, que proclamaba la primacía fundamental de la Escritura. Como efecto colateral de la defensa católica de la Tradición se ha olvidado la importancia de la Biblia. Se subrayaron los peligros de comprender erróneamente los textos bíblicos y se dificultó su lectura. A Fray Luis de León le encarcelaron por traducir al castellano el Cantar de los Cantares.

En tiempos de pandemia se han multiplicado las prácticas de meditación a lo largo del mundo. ¿Por qué no han crecido exponencialmente los grupos de meditación y contemplación cristiana, en unos momentos tan adecuados para ello? Porque la Biblia hoy, desgraciadamente, está lejos de la vida de los bautizados. Hoy la gente necesita actualizarse continuamente en su ejercicio profesional, porque los conocimientos científicos progresan de manera muy rápida, pero en cambio, la mayoría de los cristianos solo tienen vagas ideas de la Biblia y de la fe, que aprendieron de pequeños y que no han actualizado. Aunque ha habido un gran progreso en la interpretación y la hermenéutica bíblica, no ha llegado a la gente. Y se va perdiendo la raíz judeo-cristiana como base cultural en su contenido profundo.

El distanciamiento de la Biblia complica mucho el progreso personal y comunitario eclesial ante los nuevos retos del mundo actual. Se ha dejado en manos de especialistas, cuando es algo que pertenece a todo el pueblo de Dios. Desconocer la Biblia ha tenido un efecto terrible en el cristianismo, que ha pasado a depender de las devociones sentimentales y de costumbres adquiridas, dejando a los cristianos de a pie desprotegidos y sometidos al clericalismo. A medida que la sociedad se ha desvinculado de la religión y la cultura se seculariza se abandonan estas tradiciones, y se sustituyen por otras ideas no cristianas. Y es significativo que muchos bautizados no lo echan en falta. A menudo quedan los resabios de las devociones o formas religiosas mezcladas con supersticiones.

Convertido el cristianismo en unas tradiciones recibidas y costumbres antiguas, no resiste el embate de las nuevas ideas o influencias. Al no profundizar en las propias fuentes para conectar la doctrina con la vida de las personas, no sabemos responder desde la propia identidad. Faltan dos elementos fundamentales: la palabra de Dios que nos comunica la sabiduría divina, y la comunidad cristiana que nos proporciona el ambiente familiar donde aprendemos a vivirla.

Cuando el cristianismo deja de ser una experiencia de Dios y se convierte en un conjunto de ideas y costumbres, puede ser fácilmente sustituido por otro grupo de ideas y costumbres distintas. Y se diluye la Iglesia como espacio familiar para un encuentro con Dios, y el vago sentimiento eclesial de identidad sociológica desaparece. Y la gente empieza a buscar verdad y plenitud humana en otros sitios, en otras doctrinas, en otras personas. Y surgen las idolatrías. Precisamente la motivación esencial de la Biblia es luchar contra las idolatrías, mostrando los caminos para liberarnos de ellas. ¿Pero cómo vamos a descubrirlo, si nadie nos lo enseña? Es lo que dijo el eunuco de Candace al apóstol Felipe (cf. Hech 8, 27ss). El mayor enemigo del hombre es la idolatría, porque nos empuja a buscar la felicidad donde no está. Es la misma historia de siempre, de ayer, hoy y mañana. En las historias de la Biblia están nuestras propias historias, en sus personajes estamos reflejados nosotros mismos.

La saga de los libros de Harry Potter nos habla de unos libros de magia que despiertan los poderes extraordinarios de los seres humanos, y escuelas donde uno aprende a desarrollar dichas facultades hasta su máximo potencial. Se trata de fábulas de ficción, pero que responden a arquetipos profundos que tenemos los humanos y que nos hacen mirar más allá de la rutina para descubrir horizontes de grandeza y sabidurías ocultas que se desvelan a quienes buscan la verdad con sinceridad. Todo ello está en el corazón del hombre, y el cristianismo revela esta grandeza anhelada como aquella filiación divina a la que estamos llamados y en la que se realiza la imagen divina impresa en cada uno de nosotros. Lo que en aquella saga literaria son ficciones inventadas, en la Biblia puede realizarse como experiencia actual. Esto es lo que la Biblia nos ofrece.

Es difícil la renovación de la Iglesia si faltan espacios de oración, de conocimiento bíblico y de experiencia cristiana. La comunidad eclesial tiene la misión de explicar ese mensaje y enseñar a vivirlo. Cuando encontramos comunidades vivas que saben escuchar y acoger la Palabra de Dios, la Biblia se convierte en un libro extraordinario, el más extraordinario de los libros. Un libro que es la puerta hacia el misterio de Dios y que nos revela el misterio de cada uno de nosotros. Y descubrimos la Iglesia con su rostro verdadero, como un pequeño rebaño que da luz a la humanidad.

El gran drama de la Iglesia en Europa es que disminuyen las referencias o evocaciones culturales cristianas y el vacío dejado por esta tradición es suplido por la ciencia, espiritualidades diversas, actividades culturales, organizaciones altruistas y métodos orientales… Y ¿cómo no? Por las plataformas audiovisuales que llenan nuestro tiempo de ocio con distracciones diseñadas según nuestros gustos individuales.

Hay que ofrecer los elementos necesarios que capaciten a las personas para comprender y vivir el mensaje de la Palabra de Dios, que incluye la Biblia y la Tradición. Sin la Biblia y la comunidad que te la ofrece, no puede haber renovación eclesial. Hay que dar a conocer la Escritura, pero no solo en teoría, sino con la práctica: es necesario crear escuelas de oración y de vida cristiana. Ambas cosas indisolublemente unidas. El cristianismo no es una doctrina teórica, ni costumbres o devociones, sino la experiencia de un encuentro personal con Dios, que se realiza en la comunidad cristiana iluminada por la Palabra divina.

¿Se acabó el amor?

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Aquella pareja quería separarse porque -según decían- se había acabado “el amor”. El argumento parecía concluyente. La nueva realidad social y cultural es comprensiva ante aquellas situaciones familiares donde los cónyuges ya no están dispuestos a mantener (o no saben revertir) el mal ambiente del desamor. Es algo cada vez más frecuente, incluso en parejas con muchos años de convivencia.

Hace ya más de sesenta años Karol Wojytila publicaba un libro muy interesante titulado Amor y responsabilidad (la primera edición era de 1960), como fruto de su trabajo pastoral con diversos jóvenes polacos que le planteaban preguntas sobre el sexo y el amor, la afectividad, el matrimonio, etc. En aquel tiempo, antes del concilio, la doctrina eclesial sobre el matrimonio se centraba en la finalidad procreativa, y Karol proponía de manera novedosa la propuesta de la primacía del amor, no solo como fundamento del matrimonio, sino como oferta personalista orientada a todo ser humano. Aquellas ideas quedarían recogidas en el concilio Vaticano II: la dignidad fundamental de la persona humana, la centralidad del amor, etc. Después vendría el mayo del 68 y la revolución sexual, y las palabras poco conocidas de aquel obispo polaco resultarían proféticas para iluminar temas complicados.

Más tarde, ya como papa, Juan Pablo II escribió numerosos documentos, pero quizás su aportación más perdurable y novedosa sea su visión antropológica, que aún no está del todo desarrollada: la unidad del hombre y la mujer como imagen del Dios trinitario, el genio femenino y su misión al servicio de la humanidad, la teología del cuerpo, etc. Ya desde aquella primera obra suya había mostrado su principio personalista: “la persona es un bien tal que solo el amor puede dictar la actitud adecuada y válida respecto de ella. Esto es lo que expone el mandato del amor”[1]. Karol Wojytila reflexionaba sobre cuestiones de sexualidad y amor humano, pero al mismo tiempo estaba buscando el sentido profundo de la vida humana a la luz de la experiencia cristiana.

El mandamiento del amor lo encontramos ya en el Decálogo -como mensaje central de Dios a su pueblo elegido- definido como la relación fundamental con Dios y con el prójimo. Es un mandato común y fundamental para toda la tradición judeocristiana. Pero también lo volvemos a encontrar en el evangelio de Juan 13,34: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.” Aquí descubrimos el único mandamiento explícito que Jesús da a todos sus discípulos, que parece resumir todo su mensaje, y donde se refiere a sí mismo como modelo de autenticidad.

Es evidente que todo el mundo cree que sabe lo que es el amor: cada uno a su manera, según sus propias experiencias y conocimientos. Pero también sabemos que el amor es la palabra más manipulada, deformada y malinterpretada. Se acepta la definición de que “Dios es amor”, pero llama la atención que esta definición explícita sólo aparece una vez en toda la Biblia (1 Jn 4,8). Y es que el amor puede tener muchas deformaciones, y quizás por eso Jesús tiene que hacer la matización de “como yo os he amado”. No se trata de amar a nuestra manera sino a su manera. ¿Y cómo es la manera de Jesús? Otros textos evangélicos de la tradición joánica lo van mostrando con claridad: “No hay mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13); antes de ir a la cruz se dice que “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Jesús no sabe amar a medias. Lo lleva hasta el límite. Normalmente la pasión es un elemento importante para el amor humano. También lo es para el Maestro, y lo muestra en su Pasión. Para Jesús el amor es una experiencia profunda y radical, llena de pasión, que alcanza la muerte misma. Por eso los cristianos identificaron la experiencia de Jesús con palabras del Cantar de los Cantares, cuando se dice que “el amor es más fuerte que la muerte” (Ct 8,6).

Queda claro que para Jesús el amor es algo muy distinto de la imagen instintiva o sentimental con la que normalmente identificamos esta palabra. Sería bueno convencernos de que no sabemos amar y no sabemos qué es el amor. No hay nadie más iluso que quien cree que ya sabe amar o lo da por supuesto y deja de estar atento a los demás. El amor es el gran drama de la humanidad, algo que todo el mundo busca y anhela pero que muchos no encuentran, y que provoca mucho dolor y frustración. Resulta necesario que alguien nos enseñe a amar “de otra manera”, ya que no es fácil salir de las experiencias que hemos visto y conocido a nuestro alrededor y que consciente o inconscientemente nos influyen.

Resulta liberador que Jesús nos diga que Él mismo nos quiere enseñar a amar, ya que ello significa que nada nos puede atar y que podemos descubrir algo nuevo, liberándonos de nuestras dependencias. Solamente cuando “desaprendemos” lo que creemos saber podemos abrirnos a una novedad radical, como es la vida de la gracia que Jesús nos trae. Y sólo entonces nos damos cuenta de que el amor estaba dentro de nosotros, pero que no lo conocíamos. Liberados de nuestros condicionamientos podemos aprender a amar como Jesús nos ama. Porque el amor verdadero es un don, un regalo recibido y llevado a las relaciones interpersonales.

Pero el problema verdadero viene de querer sustituir el amor de Dios con amor propio. Y es aquí donde no salen las cuentas. Y así reproducimos en nuestra vida los modelos que hemos conocido, o nos dejamos arrastrar por instintos o emociones y lo revestimos de ideas y razonamientos, y llamamos a todo eso “amor”. Y es posible que “ese amor” se nos acabe algún día. Porque las hormonas varían sus flujos con los años, también los sentimientos van cambiando, y las ideas evolucionan con nuevas influencias sociales y culturales. Y lo que antes parecía importante o excelente puede resultar que pierde su valor, con el paso del tiempo, en contraste con lo nuevo.

Pero si lo que hemos ido descubriendo es que podemos vivir en nuestra propio cuerpo el amor de Dios, el que Jesús nos enseñó, podemos estar seguros de que ese amor nunca va a acabarse; porque irá evolucionando con matices del espíritu divino que se va encarnando con riqueza y variedad de formas entrañables, llenas de ternura y de misericordia. El amor de Dios está lleno de ricos y tiernos sentimientos, pero no se identifica con ellos y acompaña el proceso de la vida en sus distintas etapas y procesos. Puede alcanzar las más altas cimas y descender a los valles, o atravesar desiertos y caminos difíciles, promoviendo siempre los espacios acogedores y hospitalarios de una convivencia humana fraternal y de un cuidado mutuo.

Cuando decimos que se acabó el amor debe ser, seguramente, porque nunca hubo un verdadero amor maduro y responsable… Quizás hubo promesas o semillas incipientes, pero se descuidaron las plantas delicadas al borde del camino, que requerían los cuidados cotidianos de una atención amorosa y personal. El amor es siempre un milagro que viene de Dios y que nosotros podemos encarnar en las vasijas de barro de nuestra fragilidad humana.


[1] Karol Wojtyila, Amor y responsabilidad, Palabra, Madrid 2013, p. 27-28.

Dos maneras de descubrir la vida cristiana

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Hay dos grandes formas o estilos de vida cristiana. Una nace de la vida, y con ella va elaborando una doctrina. La otra es el camino contrario: nace de la doctrina y busca con ella cómo debe ser una vida consecuente. Son dos estilos muy distintos, que conviven en la Iglesia, en ocasiones conflictivamente.

El primero es el estilo con el cual se originó el cristianismo, es el estilo de las primeras comunidades cristianas. Jesús de Nazaret no trae una nueva doctrina o religión ya que era judío y asume su tradición, pero sí trae un nuevo estilo de vida, que comunica a sus discípulos, conviviendo con ellos. Jesús no escribe nada, pero varias décadas después se recogen sus gestos y palabras en cartas ocasionales a las comunidades (cartas paulinas) y en diversas recogidas de datos biográficos (evangelios). Sabemos que a sus discípulos les cuesta asimilar la novedad de vida que trae Jesús, con frecuencia no le entienden y los evangelios dan testimonio de ello. Jesús atrae por sus gestos significativos (signos) y sus palabras llenas de autoridad. La gente sigue a Jesús por el atractivo de una persona y de una propuesta de vida, aunque con frecuencia la interpreten mal. Durante siglos el cristianismo fue un estilo de vida minoritario, marginal, de personas con frecuencia incomprendidas y perseguidas. En este ambiente aparentemente adverso, es donde el cristianismo crece, madura, y florece. Se trata de comunidades que se sostienen gracias a las experiencias vividas y al apoyo mutuo de sus miembros, donde resplandece la solidaridad y el amor. La evangelización tiene un fuerte componente vivencial y relacional: “en eso sabrán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros” (cf. Jn 13,35). Todos los apóstoles fueron descubriendo su vocación como un estilo de vida de seguidores de Jesús, que les llevaba a hacer unas experiencias que nunca hubieran imaginado, hasta llegar a entregar su propia vida. Eran fieles a una persona. Después, se necesitaron muchos años para elaborar una doctrina cristiana madura y reflexionada en diálogo con la cultura de su época. Con los Santos Padres griegos y latinos, a partir de Orígenes de Alejandría, se consiguen en el siglo III y IV realizaciones notables de pensamiento que iluminarán la vida de la Iglesia y de la sociedad durante siglos.

A partir del momento en que el cristianismo se convierte en una religión oficial, se empieza a diluir la dimensión experiencial, se devalúa la exigencia y el compromiso, y ser cristiano pasa a ser algo bien visto, incluso motivo de promoción social. Se pasa de la Iglesia de los pobres y de los mártires a la Iglesia favorecida políticamente. Los niños se bautizan de pequeños, sin conciencia de lo que hacen. Con el tiempo se tratará de aprender la doctrina y de vivir de acuerdo con ella, según una ética y una moral recibidas. El contenido vivencial empieza a darse por supuesto sustituido por una obediencia piramidal, y la fidelidad se identifica con defender una doctrina. Con todo ello la identidad cristiana va a ser más externa, teórica y superficial. De este modo el cristianismo subraya la dimensión de fidelidad a una doctrina, con unos principios, unos valores y con unas aplicaciones que las personas han de realizar. Este modelo prima lo conceptual, intelectual. Todo ello responde a una visión del ser humano esencialmente racional, con la que Europa va a conseguir un gran desarrollo científico y tecnológico, aunque también se haya promocionado lo individual, descuidando elementos fundamentales como la sociabilidad humana, la corporalidad, etc.

El primer estilo de cristianismo era aparentemente más pobre, y no presenta ni pretende grandes formulaciones doctrinales, sino narraciones vividas de hechos y palabras donde se esconde el misterio de la gracia. Contienen la frescura de las experiencias vividas y el testimonio martirial. Se sostienen por las mismas vivencias, mientras que el segundo modelo parece que puede subsistir sin ellas. Pero los dos estilos pueden y deben coincidir en la vida de la Iglesia y no tienen por qué ser contradictorios, aunque la conciliación sea a veces difícil y requiera mucho discernimiento. Una tradición religiosa doctrinal necesita un asentimiento y acogida personal, pero es insuficiente si le falta la experiencia de vida que reclama un cambio interior y exterior, poniendo a prueba el modo de vida personal, con sus actitudes y gestos, con sus motivaciones interiores, etc.

Se da el peligro de olvidar las experiencias originarias que modelan la vida de los seguidores de Jesús, y darlas por supuestas, sustituyéndolas por unas normas éticas o morales de obligado cumplimiento. Y así se puede identificar la vida cristiana con leyes, mandamientos, prohibiciones, moralismos, etc. En este ambiente se produce la cristianización de Europa, y se continúan después los procesos de colonización, donde el poder político trabaja conjuntamente con la Iglesia, promoviendo ambos sus propios intereses en mutua colaboración. Esto tiene como consecuencia el peligro de influencias o condicionamientos que pueden deformar el sentido genuino de la evangelización.

Todo lo que hemos recibido en la tradición eclesial, la teología, la liturgia, incluso la Biblia misma, nos remiten a experiencias cristianas. Cuando se convierten en simples ideas se pervierte la riqueza del cristianismo y corre el peligro de convertirse en una ideología más, en el mercado de las ideas y del pensamiento, perdiendo capacidad dinámica de transformar la vida de las personas, y perdiendo el atractivo ante los demás que caracteriza la misión evangelizadora.

Es evidente que siempre y en todas partes ha habido personas que han vivido la vida cristiana con deseo sincero de autenticidad, pero también ha habido mucha expansión de un estilo de cristiandad superficial, desconectado de la vida real, que abre el camino de la hipocresía y la duplicidad. Si el cristianismo es un conjunto de doctrinas que cada uno ha de realizar como mejor pueda en una sociedad individualista, se pierde un elemento esencial de la dinámica de la comunidad cristiana.

Quizás esta sea la causa por la que el cristianismo en Europa está (sociológicamente hablando) en clara decadencia, y ello ha de motivar la reflexión sobre el sentido de la evangelización, que ya no cumple su función en amplios sectores de la sociedad occidental. La Iglesia necesita con urgencia escuelas de experiencia cristiana, escuelas de oración, escuelas de vida. Europa está cansada de ideas bonitas y teorías perfectas que no se saben concretar o que se dan por supuestas, pero que no consiguen responder a los gozos y esperanzas de la vida de las personas reales.

Los jóvenes no van a la Iglesia porque no encuentran el atractivo de un estilo de vida en el que puedan realizar sus aspiraciones humanas en plenitud. Ven a la Iglesia como un centro de devociones o doctrinas antiguas que no tienen mucho que ver con sus inquietudes y anhelos cotidianos, y que no está al nivel de las preguntas que se les plantean al iniciar estudios medios o superiores. Esta falta de conexión con las personas reales debería motivar una toma de conciencia eclesial que lleve a una reorganización de las prioridades en torno a los temas más vitales y experienciales, donde el acompañante cristiano pueda ir iluminando con sabiduría y discernimiento el camino espiritual de los jóvenes, hombres y mujeres que nos rodean. También hoy, como en todas las épocas, el ser humano busca -consciente o inconscientemente- a Dios, y la Iglesia debe ser un espacio adecuado para ello.

El cristianismo siempre ha de mirar, para renovarse, a los orígenes, y en ese sentido, ha de volver a la Iglesia primitiva, y al modelo eclesial engendrador de experiencias de vida (evangélicas). El papa Benedicto XVI decía que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus Caritas est 1). Aunque hayamos recibido el cristianismo como una doctrina recibida de la tradición, siempre será necesario redescubrirlo como una experiencia vivida en el seno de la Iglesia.

También conviene liberarse de los prejuicios negativos de origen platónico contra la materia y la corporalidad, que no corresponden a la antropología bíblica. Y conviene recuperar la condición social del hombre como elemento esencial, tal y como numerosos filósofos y teólogos actuales quieren profundizar, y el Vaticano II recoge al presentar la imagen fundamental de la Iglesia como pueblo de Dios. Es necesario redescubrir la Palabra de Dios como un itinerario de experiencias humanas que se pueden realizar, y la comunidad cristiana como un ente real que acompaña todo el proceso, como una verdadera familia que nos ayuda a crecer y progresar en humanidad y fraternidad a través de vivencias “experimentables”. Una Iglesia demasiado doctrinal y teórica mantiene a los cristianos convencidos, pero va perdiendo a los que tienen dudas, y carece de capacidad y atractivo para generar nuevas vocaciones cristianas auténticas. Está condenada a fracasar en la evangelización, porque se desvanece el testimonio de la vida, que es lo único que puede convencer al hombre y la mujer de hoy: la Iglesia necesita testigos (Pablo VI).

Esta doble forma de la vida cristiana, más vivencial o doctrinal, nos lleva a pensar en un conflicto presente a lo largo de la historia de la Iglesia. Es el conflicto entre carisma e institución. De eso hablaremos más adelante.