Ana de Jesús, beatificada por el papa Francisco

Xabier Segura Echezárraga

Ana de Jesús (Lobera), carmelita descalza

Conocí a Ana de Jesús (Lobera) durante la investigación para mi tesis doctoral sobre el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, defendida en la Universidad de Comillas en 2009. Al estudiar las relaciones interpersonales en los inicios del Carmelo Teresiano, descubrí con asombro a una serie de figuras extraordinarias, poco conocidas, que fueron el terreno fértil de ese gran tesoro de espiritualidad que trajo consigo el Carmelo Descalzo: Ana de Jesús (Lobera), Ana de San Bartolomé, Jerónimo Gracián, María de San José (Salazar), Beatriz de Jesús (de la Encarnación), Isabel de Santo Domingo, María Bautista, María de la Cruz, Francisco de la Madre de Dios, entre otros. Este grupo privilegiado de personas fue esencial para el éxito de la reforma carmelitana, tanto en su fase inicial como en su expansión y consolidación, participando activamente en la fundación de conventos y en el desarrollo espiritual de la Orden.

Ana de Jesús es la única persona de su tiempo mencionada, junto a Teresa de Jesús, en los comentarios del Cántico Espiritual. Juan de la Cruz le dedicó la obra, y por las palabras del prólogo se intuye que tanto ella como Teresa de Jesús fueron fuentes de inspiración, junto con las experiencias personales del propio autor. Mi interés por Ana creció al conocer la obra de Ángel Manrique, Vida de la Venerable Madre Ana de Jesús (1632), dirigida a la infanta Isabel Clara Eugenia, y la de Berthold Ignace de Sainte-Anne, Vida de Ana de Jesús, coadjutora de Santa Teresa en la Reforma del Carmelo y fundadora de la Orden en Francia y Bélgica (1901, 2 vols.). A pesar de los rasgos legendarios en estas obras, se percibe con claridad la profunda unidad espiritual y mística que Ana vivió junto a Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.

Aunque en los años siguientes tuve que abandonar esta línea de investigación, la «espina clavada» ha sanado con la reciente noticia de la beatificación de Ana de Jesús, el domingo 29 de septiembre de 2024, por el Papa Francisco, quien en su homilía destacó:
“Esta mujer fue una de las protagonistas, en la Iglesia de su tiempo, de un gran movimiento de reforma, siguiendo los pasos de una ‘gigante del espíritu’ —Teresa de Jesús—, cuyos ideales difundió en España, Francia y en los entonces llamados Países Bajos Españoles. En tiempos marcados por dolorosos escándalos, dentro y fuera de la comunidad cristiana, ella y sus compañeras, con su vida sencilla y pobre, hecha de oración, trabajo y caridad, devolvieron la fe a muchas personas, hasta el punto de que su fundación en Bruselas fue descrita como un ‘imán espiritual’. Por elección propia, no dejó escritos, sino que se comprometió a poner en práctica lo que había aprendido (cf. 1 Co 15,3), y con su vida contribuyó a fortalecer la Iglesia en un momento de gran dificultad. Recibamos con gratitud el modelo de ‘santidad femenina’ que nos ha dejado (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 12), al mismo tiempo delicado y fuerte. Su testimonio, junto al de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron, no está lejos de nosotros, sino cercano…”.

Ha sido una enorme alegría ver cómo una de estas figuras, antes ocultas en la historia de la Iglesia, vuelve a la luz, trayendo su mensaje a nuestro tiempo, cuyos dramas y tragedias reflejan y amplifican lo que ellos mismos vivieron. Ana de Jesús fundó monasterios en Francia y Bélgica en medio de grandes dificultades y conflictos, tanto internos como externos. A pesar de su frágil salud, esta mujer, que ingresó al Carmelo en 1569, se destacó como una de las mayores continuadoras y promotoras de la reforma iniciada por Teresa de Jesús, difundiendo la espiritualidad carmelitana en Europa. Su fidelidad a los fundadores del Carmelo Teresiano le acarreó persecuciones, incluso de superiores carmelitas españoles como Nicolás Doria, quienes vieron con alivio su salida hacia Europa. Ana representa el papel oculto de un grupo extraordinario de hombres y mujeres que, a menudo ninguneados y maltratados, encarnaron el genuino espíritu teresiano, pero que resurgen del silencio, guiados por la energía del Espíritu que sigue conduciendo misteriosamente la vida de la Iglesia. Dios escribe derecho con renglones torcidos, y lo que algunos interpretaron como un exilio sirvió para llevar el tesoro de la tradición carmelitana a Francia y al resto de Europa.

El papel de Ana de Jesús en la publicación de los escritos de Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz marcó la historia de la Iglesia. Sin embargo, lo que más distingue su vida, según el carmelita Ildefonso Moriones y otros historiadores, fue su fidelidad a las Constituciones teresianas y su firmeza en defender la versión impresa en 1581, plenamente aprobada por la Santa. No se trataba solo de defender unas normas, sino de salvaguardar la «santa libertad» que la Madre Fundadora quiso garantizar a sus hijas. Ana de Jesús es un modelo de priora según el corazón de Teresa de Jesús. Sus detractores la llamaban «la capitana de las prioras», acusándola de rebeldía y desobediencia, pero su mayor deseo fue siempre ayudar a sus hijas a encontrarse con la fundadora, sabiendo que ella era la mejor maestra para conducirlas al encuentro con Cristo. En este sentido, es el máximo exponente de fidelidad al espíritu original del Carmelo teresiano.

En el prólogo del Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz hace una referencia especial a Ana de Jesús, a quien conoció como priora de Beas de Segura y luego de Granada, compartiendo ambos varios años en Andalucía. San Juan expresa su profundo respeto y gratitud hacia ella, describiéndola como una mujer de alta vida espiritual y virtud, señalando que fue a su petición que decidió escribir y explicar el Cántico Espiritual. La dedicatoria refleja una admiración extraordinaria, subrayando su papel como promotora de la espiritualidad carmelitana y su influencia en la obra mística del autor.

Es maravilloso redescubrir el entramado de relaciones humanas que forjaron la reforma teresiana y, con la ayuda del Espíritu, salir de la ambigüedad que a menudo confunde las historias humanas, para descubrir la luz de la acción de Dios en la fragilidad de estos mensajeros que se mantuvieron fieles a la llamada recibida. Con la beatificación de Ana de Jesús, su figura y legado han sido recuperados a través de artículos y libros de gran interés, que merecen ser explorados.

Las Elecciones Europeas y el Festival de Eurovisión: una crisis de identidad.

Xabier Segura Echezárraga

La baja participación en las elecciones europeas del 9 de junio de 2024 ha mostrado un desinterés alarmante de la población por los temas centrales de la construcción europea. Algo preocupante en un momento en que Europa enfrenta peligros significativos como el aumento de los extremismos políticos, el nacionalismo, el populismo o la polarización política y social, sin olvidar la perniciosa amenaza -en un mundo globalizado- de las guerras en Ucrania y Gaza. La desconexión del pueblo con la clase política agrava aún más la situación. Es sintomático que la inmigración, demonizada por muchos, es totalmente necesaria para el crecimiento económico por la baja natalidad del espacio europeo, generando una contradicción que refleja la crisis de identidad occidental: una sociedad del bienestar acomodada llena de “buenos sentimientos” que se vuelve egoísta e insolidaria cuando teme la pérdida de sus privilegios.

Pero el síntoma de este cansancio y desorientación ya podíamos adivinarlo en el trasfondo de un acontecimiento festivo y lúdico celebrado hace casi un mes: el Festival de Eurovisión. No se permitió a Rusia asistir al evento musical, pero sí a Israel, provocando el cuestionamiento de algunos sectores sociales por la falta de coherencia y el trato desigual. Ganó el festival musical el representante suizo, una persona no binaria que se presentaba a sí misma como víctima de la opresión social por su identidad sexual. No es la primera vez que este Festival es un lugar donde las minorías sensibilizadas con la ideología de género aprovechan para organizarse y mostrar su poder, que prevalece frente a la inercia de una mayoría de ciudadanos europeos poco activos y adormecidos, envejecidos y acomodados en su sofá.

Pero el triunfo de Nemo Mettler con su canción “The Code” también es un símbolo de Europa y su crisis de identidad.

Significativamente recibió el mayor número de votos y el premio final, un micrófono de cristal, que no duró mucho en las manos del cantante y se rompía en pedazos ante el entusiasmo descontrolado de su portador. La imagen del cantante eufórico, cuya identidad difusa se carga de dopamina con los aplausos y los votos de sus fans, y la estatua de cristal destrozada en el suelo, se convertía en una poderosa metáfora de nuestra Europa occidental, secuestrada y narcotizada por la sociedad de bienestar, que se desvela e ilusiona en respuesta a las emociones provocadas por intensos estímulos sonoros y visuales -bien estudiados por la psicología-, pero que parece no saber muy bien quién es.

La cultura europea, que en siglos pasados llegó a extenderse por el mundo, con luces y sombras, defendiendo valores y principios presuntamente universales, hoy se contenta con distraer a sus ciudadanos, siguiendo aquel lema antiguo de los romanos: ¡Pan y Circo! Bienestar y distracciones. Mientras tanto, todos quedamos a merced de los grupos de poder que actúan en la sombra, al servicio de sus propios intereses, aprovechando los recursos inmensos de la cultura digital y su proyección en las redes sociales y los medios de comunicación, con sus dinámicas de manipulación.

La falacia de alegría y libertad que se celebra en eventos como Eurovisión contrasta con la realidad que vive hoy una sociedad globalizada, con conflictos e incoherencias que deben afrontarse. Los grupos políticos pierden su poder frente a los nuevos influencer, como el youtuber Fidias en Chipre, que consigue el 20% de los votos de su país sin tener un partido político, o la plataforma “Se acabo la fiesta” (SALF) de Alvise Pérez en España, cuyo interés e ideología se sintetiza en expresar el malestar social con frases claras y contundentes de denuncia contra el sistema establecido. Hoy destaca el que se queja, grita y señala los chivos expiatorios de los problemas que percibimos y que nos provocan inquietud. Estamos en tiempos de grandes cambios que estimulan los miedos y favorecen la aparición de actitudes victimistas y falsos profetas portadores de supuestas soluciones fáciles para problemas muy complejos. ¿Esto es lo que queremos?

Europa se edificó sobre tres grandes cimientos y la asimilación de numerosas influencias integradas en ellos: la filosofía griega, la espiritualidad judeo-cristiana y el derecho romano. En el tiempo de la posverdad han caído los grandes relatos, y el hombre de hoy navega por identidades líquidas y cambiantes. Pero una sociedad que aspire a perdurar no puede renunciar a fundar su vida en unos principios y una coherencia que ha de descubrir y respetar en el tiempo, manteniendo dinámicas de progreso y evolución cultural.

Hay que recuperar la identidad de la persona y de la sociedad, profundizando en las raíces europeas y recuperando las virtudes clásicas de nuestra tradición, en diálogo con otras tradiciones. Es necesario redescubrir los valores de la persona y la sociedad, construyendo en base a ellos un futuro compartido. Sobre las virtudes necesarias podría hablarse mucho. Solamente vamos a referirnos a tres líneas, en relación con los tres pilares europeos:

  • En la filosofía griega encontramos la importancia de una racionalidad humanista.
  • De la tradición judeo-cristiana recogemos la centralidad del amor y la compasión.
  • Con el derecho romano descubrimos la convivencia en base al acuerdo de unos derechos y deberes compartidos con responsabilidad.

Por tanto, estamos hablando de una razón humanista, un amor compasivo y una justicia social y responsable. No parece que sean estos los valores que respiramos en las discusiones políticas y sociales que nos rodean, donde aparece el miedo y la descalificación del otro, en contextos de emotividad irracional y violencia latente, mientras la sociedad aletargada desconecta y cae en manos del mercado consumista cada vez más digitalizado. Los bellos ideales de la Revolución Francesa (libertad, igualdad y fraternidad) corren el peligro de convertirse en palabras bonitas sin conexión con la realidad. Y lo que es peor, no parece que haya buena disposición para sacrificarnos y trabajar por conseguir dichos ideales, cuando tenemos la comodidad de la realidad virtual, cada vez más asequible y verosímil (aunque no exista realmente).  ¿Para qué enfrentarnos con la realidad, si tenemos opciones más cómodas y placenteras?

¿Hacia dónde vamos?

Es necesario que los europeos nos preguntemos quiénes somos, de dónde venimos, y hacia dónde queremos ir. Sin principios ni valores que nos definan, el gran mercado económico europeo corre el peligro de convertirse en una masa amorfa y sin identidad, una sucursal consumista donde otros hacen sus negocios y consiguen sus beneficios. La sociedad del bienestar es un modelo de éxito cultural y social, pero también es un frágil trofeo de cristal, cuando se convierte en algo elitista y no se ofrece como una propuesta universal abierta a todos, como un proyecto de trabajo y un camino compartido, basado en la educación igualitaria y universal, sostenida en el tiempo, respetuosa con la pluralidad. Cuando olvidamos quiénes somos y desconocemos las condiciones que llevaron al progreso y la convivencia civilizada fraguada en el siglo XX tras siglos de guerras y conflictos europeos, caminamos inconscientemente hacia un futuro convertido en un juguete de cristal roto en nuestras manos. Hay que tomar conciencia y actuar.

Para terminar, unas frases significativas:

«La unidad de Europa era un sueño de pocos. Se ha convertido en una esperanza para muchos. Hoy es una necesidad para todos.» Konrad Adenauer (Primer Canciller de la República Federal de Alemania).

«Europa es sinónimo de paz y prosperidad, pero también de libertad, democracia, justicia y respeto por los derechos humanos.» José Manuel Durao Barroso (Expresidente de la Comisión Europea).

«La integración europea no se ha de hacer de una vez para siempre, sino a través de un proceso continuo, que cada generación tendrá que emprender y renovar.» Altiero Spinelli (Político y uno de los principales teóricos del federalismo europeo).

El homo deus de Yuval Noah Harari y la cruda realidad de la humanidad sufriente

Xabier Segura Echezárraga

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Yuval Noah Harari es un historiador y escritor israelí, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalem, famoso por sus conferencias y libros, donde presenta sus reflexiones sobre historia, tecnología, biología y cultura. Una de sus obras más conocidas es «Sapiens: De animales a dioses», que contempla la historia de la humanidad desde sus inicios hasta la actualidad. Otro libro suyo es «Homo Deus: Breve historia del mañana», donde afirma que el hombre está a punto de dar un paso definitivo en su camino evolutivo, gracias al desarrollo científico y tecnológico, con el transhumanismo. Se trata de un pensador moderno y progresista, muy escuchado y respetado en todo el mundo.

El pasado 7 de octubre la organización palestina Hamás atacó Israel asesinando más de un millar de personas y secuestrando unas doscientas más. Asaltaron varios kibutz y también un evento musical de jóvenes judíos. Las imágenes de los jóvenes intentando escapar de aquel ataque terrorista, y los cadáveres abandonados en el suelo dieron la vuelta al mundo. En los días posteriores Israel organizó su ejército y empezó a atacar la franja de Gaza, persiguiendo a los miembros de Hamás, y sometiendo a sus dos millones de habitantes a una situación terrible de bombardeos. Ambos bandos han quedado salpicados por una violencia desmedida que condicionará el futuro de las generaciones. Y como siempre, mucha gente inocente sufre.

La Universidad Hebrea de Jerusalén ha cerrado sus puertas, dado que muchos de sus estudiantes han sido llamados a filas en Israel en su lucha contra el terrorismo de Hamás.

Jerusalén es un símbolo del mundo, con sus luchas y contradicciones. Capital de Israel, la tierra del Dios de Abraham, cuya herencia se disputan tres religiones. Un mismo Dios, que cada pueblo pone al servicio de sus propios intereses y en contra de los demás. Todos quieren poner a Dios de su parte. Dios calla. Es el misterio del mal y del sufrimiento humano, que siempre ha interpelado a todas las religiones. Es el misterio del silencio de Dios, cuyo eco se percibe en el silencio del corazón humano.

Pero el drama actual de Palestina no es una guerra entre religiones. La mayoría de los judíos no son religiosos. Siguen el modelo de los países occidentales, donde la secularización avanza con la modernidad. Tampoco la motivación de los palestinos de Hamás es esencialmente religiosa. Muchas veces la religión se utiliza al servicio de otros intereses.  El problema de Palestina es que muchos árabes fueron expulsados de su tierra con la constitución de Israel, después de la Segunda Guerra Mundial. A nivel internacional se buscó esta solución para compensar las terribles injusticias que los judíos habían sufrido y la tragedia del Holocausto. Aquella solución se orientaba hacia un buen fin, pero quizás los medios no han sido adecuados. Parece que no todo se ha hecho bien. No se compensa una injusticia con otras injusticias. Tampoco se puede responder a un crimen atroz y terrorista con matanzas indiscriminadas y víctimas mayoritariamente civiles. La violencia incontrolada provoca más violencia.

Y mientras tanto, el Dios de Abraham, que no quiere llevar adelante sus planes de paz en este mundo sin respetar la libertad humana, ha de callar y sufrir con los inocentes. Es lo que hizo Jesús de Nazaret en Jerusalén. Es lo que hace Dios en todas las épocas, cada vez que se repite un genocidio o injusticia.

Porque los hombres tenemos tendencia a ponernos en lugar de Dios y buscar nuestros propios intereses, a veces usurpando su nombre. Pero la Biblia es, precisamente, el libro que denuncia las falsificaciones de Dios: las idolatrías. En el libro del Génesis se nos describe la tentación del ser humano representada en la torre de Babel, imagen del orgullo humano que aspira a alcanzar la divinidad con el propio esfuerzo. Pero la realidad es persistente y cruda. Una y otra vez nos muestra que la unidad entre los hombres no es posible fuera del camino del amor, el perdón y la compasión que Dios nos ofrece en los más profundo de todas las tradiciones religiosas. Cuando el ser humano ocupa el lugar de Dios el subjetivismo promueve los intereses tribales que pugnan entre ellos y generan violencia. Es la historia de la humanidad simbolizada en Caín y Abel. Y es lo que ocurre una y otra vez a lo largo de la historia. También hoy.

Cuando estábamos a punto de alcanzar, mediante el transhumanismo, el ser humano evolucionado y trascendido gracias a los progresos de la genética, la neurociencia, la nanotecnología, la informática y la inteligencia artificial… la cruda realidad vuelve a mostrarnos la evidencia persistente de las miserias humanas. Es la tercera vez en poco tiempo. Primero fue la COVID 19, que nos mostró la vulnerabilidad de nuestra especie frente a unos bichitos insignificantes. Después fue la guerra de Ucrania, que nos trajo el miedo a nuestra casa europea con guerras que parecían superadas en el siglo pasado. Por último, la guerra en Palestina, donde la tierra de Abraham, de Moisés y de Jesús vuelve a teñirse de sangre.

Hoy más que nunca es necesario el diálogo, la comprensión, la escucha, la acogida mutua, en un mundo globalizado y multicultural que ha de superar las rivalidades tribales y ofrecer espacios de respeto, tolerancia y convivencia. Y debemos encontrar ejemplos de ello en las tres tradiciones monoteístas ligadas al Dios de Abraham: judaísmo, cristianismo e Islam. Sobre la base de la común espiritualidad de un Dios de misericordia es necesario poner las bases laicas y seculares de una convivencia común, respetuosa y justa, que esperamos que -en el futuro- pueda llegar a ser fraterna. Sin este testimonio del diálogo y la colaboración interreligiosa, la credibilidad de las religiones continuará cediendo frente a una progresiva secularización, cada vez más extendida en el mundo.

La verdad y los abusos sexuales. Esperando a Godot

Xabier Segura. 6-10-2023

He leído una entrevista al actor irlandés Gabriel Byrne con ocasión de su visita al Festival de Cine de San Sebastián, que se clausuró a finales de septiembre pasado con la película Dance First, donde Byrne interpreta a su paisano el dramaturgo Samuel Beckett, premio nobel del literatura en 1969. El actor va comentando diversos temas relacionados con el cine y algunas reflexiones sobre la vida. También se refiere a los abusos sexuales que sufrió a la edad de once años por parte de un sacerdote, durante sus estudios en un seminario de la Iglesia católica.

Gabriel Byrne, actor irlandés. Foto tomada de wikipedia

A lo largo de la entrevista dice algunas cosas que merecen un comentario. Explica cómo para él el cine fue una salida del ambiente opresor que encontraba en Dublín. Y añade: “había una sociedad católica muy represiva. No fue un período de mucha alegría. La Iglesia Católica tiene una manera que resta alegría a las cosas. El cine por su parte permite que la imaginación pueda volar…”. Más adelante, refiriéndose a Samuel Beckett, dice que “otros como James Joyce, Eugene O’Neill o Bernard Shaw se convirtieron en figuras más universales que Beckett. Todos tuvieron que irse de Irlanda para convertirse en grandes artistas. Sobre todo, huyeron de la Irlanda católica que es tan sofocante”.

Refiriéndose al trauma sufrido en su etapa como seminarista, afirma que fue una experiencia que también sufrieron otros compañeros suyos y que han mantenido oculta, pero que debe salir a la luz, por amor a la verdad. Ciertamente es el mismo criterio del papa Francisco, que prefiere que estos temas se conozcan y se depuren las responsabilidades oportunas.

Las palabras de este actor irlandés me sugieren una reflexión centrada precisamente en aquel escritor, también irlandés, al que representa en su película: Samuel Becket. El conjunto de las obras de Samuel Beckett refleja un enfoque existencialista y absurdo de la condición humana. Sus obras exploran temas como la alienación, la búsqueda de significado, la soledad, la incomunicación y la inevitabilidad de la muerte. Beckett a menudo presenta a sus personajes en situaciones absurdas y desesperadas, lo que resalta la inutilidad de sus acciones y la falta de sentido en el mundo. Precisamente el título de su obra más conocida, «Esperando a Godot» hace una velada referencia a Dios (la palabra «Godot» suena similar a «God» en inglés). A lo largo de la obra, los personajes Vladimir y Estragón esperan a Godot, quien supuestamente les traerá respuestas o un propósito en la vida, pero nunca llega. La obra es a menudo vista como una reflexión sobre la búsqueda de significado en un mundo aparentemente indiferente o la búsqueda de una figura divina que nunca se manifiesta. Beckett, sin embargo, nunca aclaró completamente quién o qué representa Godot, lo que permite que la obra sea abierta a interpretaciones distintas.

Es verdad. El cristianismo puede convertirse en un ambiente sofocante cuando las palabras no van acompañadas del testimonio de personas que iluminan el mensaje del amor cristiano o más bien transmiten lo contrario. Cuando la Iglesia es sal que no sala y luz que no ilumina, los seres humanos -incluidos los católicos irlandeses- tienden a caer en el vacío y sinsentido que podemos encontrar a nuestro lado en muchos ambientes. Es bueno que la verdad salga a la luz, porque solo la verdad nos hará libres (Jn 8,32), denunciando la falsedad y el engaño y mostrando lo malo y lo bueno que hay en las personas y las instituciones.

Personalmente yo no he vivido el ambiente católico sofocante y opresor del que habla Byrne y que parece estar en el fondo de las reflexiones de Beckett. A través de mi experiencia personal he podido descubrir en una comunidad cristiana la dimensión liberadora y la apertura de horizontes que necesitamos para crecer y madurar como seres humanos. También es verdad que actualmente hay mucha desorientación y a veces poco discernimiento. Pero, aunque la Iglesia está siendo muy atacada por los abusos sexuales, no creo que haya en ella una mayor tasa o proporción de delitos que en otros ámbitos, si bien, por la falta de ejemplaridad de una institución que se define por su misión benefactora de la humanidad estos casos son más escandalosos y sangrantes.

Los datos afirman que la mayor parte de los abusos sexuales se producen en el ámbito familiar. Y aparecen también en otras profesiones e instituciones, a las que no se ataca como tales, sino según la responsabilidad de cada sujeto. Por otro lado, he encontrado a mi alrededor muchos más testimonios y ejemplos de servicio y generosidad admirable en el seno de la Iglesia que casos negativos. Las instituciones no se definen a través de los casos aberrantes. Hace un tiempo existía en la sociedad y en la Iglesia la costumbre de ocultar los abusos. Ahora hemos pasado a tener conciencia de la necesidad de denunciarlos para intentar erradicar las conductas negativas y destructoras de los débiles.

Pero creo que es bueno hacer una reflexión que vaya más allá: conviene ir más a fondo.

Desde mediados del siglo pasado la humanidad ha entrado en efervescencia con el tema de la sexualidad. Desde la revolución sexual de los años 60 se fueron suprimiendo los límites de algo que tradicionalmente estaba bastante regulado en todas las sociedades antiguas. Pero esta liberación sexual de hace décadas no sólo no ha traído los resultados anunciados por sus profetas revolucionarios, sino que nos ha llevado a una grave situación actual. Falta una adecuada y humana formación de la sexualidad. Los abusos de la pederastia infantil son la punta del iceberg de una problemática mucho más amplia: la “liberación de los tabúes sexuales” ha generado más problemas de los que intentaba solucionar. No ha hecho a los hombres y mujeres más felices y equilibrados. Una sociedad hipersexualizada como la actual ha llevado a un gran aumento de problemas sexuales, proliferación de enfermedades antiguas y otras nuevas (SIDA), disfunciones, pederastia, crímenes machistas, problemas de identidad de género, etc. En este momento la absoluta permisividad ante la pornografía, que está actuando como educadora de nuestras generaciones de niños y jóvenes en la sociedad no augura nada bueno. Los datos actuales de violaciones y nuevos abusos, realizados muchas veces por menores, presentan un panorama dramático.

Encontrar en la Iglesia un chivo expiatorio no es nada más que una forma de desviar la atención del verdadero problema, que la Iglesia no ha provocado, aunque tampoco ha sabido responder adecuadamente. En cualquier caso, creo que sí que convendría dar un toque de atención sobre los pecados de omisión en la Iglesia. ¿Cómo es posible que el cristianismo, que es la única religión que dice que Dios se ha hecho hombre, no pueda iluminarnos más y mejor sobre el uso del cuerpo y la sexualidad? ¿Acaso no se ha aprovechado el poder y la influencia de tiempos pasados para reflexionar y profundizar en los temas importantes y nos hemos atascado con otros temas secundarios? ¿A qué se han dedicado los doctores, las escuelas y las universidades cristianas? ¿Dónde están los laicos que promovía el concilio Vaticano II? Precisamente en los años 60. ¿Dónde están sus reflexiones en temas profanos sobre la cultura y la sociedad? Es evidente que hay cosas que no hemos hecho bien.

Ahora nos falta dar el tercer paso. Después de que, en el pasado, se ocultasen los problemas, y ahora se tome conciencia de que han de denunciarse… el tercer paso será el de educar en la afectividad y la sexualidad según el amor de Dios. Ir a la raíz de los problemas. Y esta es la verdadera respuesta cristiana que el mundo está esperando. Yo creo que se trata de un aspecto fundamental para realizar la misión evangelizadora eclesial y llevar un mensaje de liberación y de alegría para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Dos temas, la liberación y la alegría, que Byrne echa en falta en su propia experiencia eclesial en el seno de la Iglesia católica irlandesa.

Iluminar el amor, el cuerpo y la sexualidad es un aspecto central del cristianismo, y no me cabe duda de que, en una época como la actual, el Espíritu Santo ha enviado ya sus dones, comunicando la luz y la sabiduría necesarias para avanzar en estos temas.

Ahora necesitamos el discernimiento y la valentía para encontrar a las personas y sus carismas, y trabajar con ellos en la renovación de la Iglesia y la humanidad.

¡Quien tenga oídos para oír, que oiga![1]


[1] Esta expresión aparece en boca de Jesús en diversas ocasiones en el Nuevo Testamento: Mt 11,15; 13,9; Mc 4,9; 4,23; Ap 2,7.11.17.29; 3,6.13.22.

¿Colapso vocacional?

Xabier Segura Echezárraga

La diócesis más grande del mundo estima que en 2040 no tendrá ningún seminarista. Es el título sorprendente de un artículo de la revista Vida Nueva digital del 9 de mayo de 2023. Recoge el contenido de unos estudios estadísticos realizados en la Archidiócesis de Milán, donde se augura un escenario de colapso de las vocaciones. Se puede encontrar los datos originales en el periódico Corriere della Sera, con fecha del 8 de mayo de 2023, firmado por el periodista Giampero Rossi. Pero no es necesario traerlos aquí, porque son los mismos datos que encontramos en las diócesis españolas, y también en la mayoría de las diócesis de Europa occidental.

No hay que pensar mucho para darse cuenta de que estamos ante una situación muy complicada para el futuro de la Iglesia. Sin embargo, al ser una situación bastante generalizada, no hay que buscar culpables sino más bien soluciones. Estamos ante un cambio de época. Aquello que se presenta como una gran crisis puede ser, al mismo tiempo, una gran oportunidad de renovación: una renovación indispensable.

En algunas diócesis se soluciona el problema trayendo presbíteros de otros países, preferentemente de África y de América del Sur. Es una solución a corto plazo, pero el problema se oculta y se maquilla, trasladándolo hacia el futuro. Una buena inculturación de presbíteros procedentes de culturas distintas es complicada. A veces provienen de ambientes más pobres y necesitados, o más violentos. Mantenemos así nuestras iglesias abiertas con oficios religiosos semejantes a los tradicionales, pero… ¿respondemos a los signos del Espíritu en nuestro tiempo? Hay que evitar el peligro de pensar que podemos pasar de un clericalismo eurocentrista, a un clericalismo universal, con la disculpa de que en otros continentes aún hay vocaciones. No creo que vayan por ahí los signos de los tiempos. Hay que rehuir nuevas formas de clericalismo que en el fondo ocultan nuevos colonialismos. Ha de ser cada comunidad cristiana local la que genere sus propios presbíteros. Siempre ha habido itinerantes que enriquecen y completan la vida de las comunidades cristianas, como siempre hubo y habrá emigrantes. Pero no puede tratarse de emigración de mano de obra barata en una sola dirección. Si una Iglesia diocesana no es capaz de convocar sus propias vocaciones está enferma. Puede recibir temporalmente operarios de otros lugares, pero sin acostumbrarse a ello.

No deja de ser significativo que este estudio se haya hecho en la diócesis de Milán, modelo de dinamismo pastoral de la Iglesia durante siglos. Con la figura del cardenal Carlos Borromeo la diócesis de Milán fue uno de los prototipos de la Contrarreforma, con sus Seminarios diocesanos para preparar líderes eclesiásticos que guiasen los rebaños eclesiales. Pero quizás también este dato concreto está apuntando, simbólicamente, el camino de solución. Estamos al final de una época en la que la Iglesia fue diseñada en función de la formación clerical derivada de Trento. Y entramos en una época nueva, que viene ilustrada por el Concilio Vaticano II. Podríamos definir que el gran cambio requerido es el paso de una Iglesia clerical a una Iglesia de pueblo de Dios. Pero esto no será fácil, llevará tiempo y comportará sufrimiento.

Tomas Kuhn fue un filósofo de la ciencia del siglo XX que escribió una obra importante titulada “La estructura de las revoluciones científicas”. No encuentro nada mejor que esta obra para explicar lo que ocurre en un cambio de época. Aunque Kuhn se está refiriendo a los paradigmas del pensamiento científico, podríamos aplicarlo muy bien a los paradigmas mentales de una sociedad o cultura, con sus modelos de pensamiento.

En cada época hay una visión del mundo, con la que se da respuesta a los interrogantes e inquietudes de las personas, a partir de teorías que se aceptan de manera general y que fomentan unas creencias compartidas. En ciertos momentos aparecen nuevos datos que contradicen las creencias y teorías aceptadas. Llega un momento en que el numero de datos y de teorías insuficientes obliga a cambiar todo el sistema de pensamiento e implementar nuevas reflexiones que expliquen mejor la realidad en su conjunto. Así caen paradigmas antiguos y aparecen otros nuevos. El cambio de paradigma significa repensarlo todo de manera distinta.

La Iglesia ha tenido durante los últimos siglos una fisonomía clerical. El modelo eclesial reclamaba presbíteros santos con los que guiar a un rebaño fiel. Los modelos eclesiásticos eran el cura de Ars o San Juan de Ávila. Durante siglos este sistema ha producido frutos muy buenos, y otros no tanto. Pero actualmente está mostrando fecha de caducidad: ¿2040? Más o menos. ¿Cuál es el nuevo modelo? Ya lo ha presentado el concilio Vaticano II: una iglesia pueblo de Dios. ¿Y qué conviene ahora? Educar la comunidad cristiana, a cada miembro personalmente y en sus relaciones mutuas. Fomentar la dimensión comunitaria y educar en la sinodalidad: aprender a caminar y hacer las cosas juntos. Es la línea del papa Francisco que viene a completar lo que dijeron los papas anteriores. Juan Pablo II dijo proféticamente que el reto del III milenio era hacer de la Iglesia una casa de comunión (cf. Novo Millennio Ineunte, 2001). Precisamente se trata de esto.

La situación actual de la falta de vocaciones es una interpelación divina para que dejemos de procastinar[1] y nos pongamos a edificar la nueva iglesia diseñada en el Concilio. Han pasado 58 años y queda mucho por realizar. La escasez de vocaciones es un impulso para la indispensable renovación eclesial. Faltan presbíteros porque Dios nos invita de manera clara y evidente a un cambio radical, que nos ayude a vivir la vocación cristiana original en los tiempos actuales. Pero este cambio es un cambio profundo. Ya no es suficiente con cambiar las apariencias para que todo siga igual. El nuevo modelo eclesial reclama una profunda mutación de la formación. Ya no se trata de preparar seminaristas como un grupo separado especial de gente devota e intelectualmente competente. Ya esto no funciona. ¿Y cuál es la solución? Un nuevo estilo de formación cristiana, comunitaria y laical, en el seno de la cual broten de manera natural todas las vocaciones. No deja de ser curioso que los únicos seminarios para clérigos que hoy crecen en la Iglesia europea occidental sean los de los Neocatecumenales, alimentados de vocaciones de sus propias comunidades.

De eso se trata, de crear Seminarios para el pueblo de Dios, bajo la tutela de los obispos. Pero esto no puede hacerse de manera individual, sino que ha de ser asumido por la jerarquía. Que los obispos dejen de estar obsesionados por sus curas y se preocupen de crear comunidades, en cuyo seno surgirán vocaciones. Y que den formación a todo el pueblo de Dios. El papa Francisco insiste en la necesidad de crear nuevas dinámicas y estilos eclesiales para que la Iglesia vaya cambiando su mentalidad. Y ha insistido en que el mayor enemigo de la Iglesia actual es el clericalismo. No será fácil. Es evidente que un cambio tan profundo de mentalidad necesitará años. Es difícil renovar las ideas de las personas mayores. Se necesitan tiempos largos y recambios generacionales.

El grave problema actual es que muchos pastores no se atreven a hacer cambios, y su horizonte personal es llegar a la jubilación dignamente. En muchas diócesis se ha renunciado a la evangelización. Y no es por mala voluntad, sino porque no se sabe qué hacer, o se tiene miedo a las novedades. Y el esfuerzo principal en esta situación es mantener las estructuras y el funcionamiento tradicional. La tentación es mirar con añoranza al pasado y buscar algún chivo expiatorio, fuera o dentro. Pero no parece que haya soluciones por esta vía. Yo más bien creo que lo que Dios quiere ya está señalado claramente, pero falta valentía y voluntad de asumir riesgos para avanzar hacia ello. El papa Francisco ha iniciado una senda de renovación. El reino de Dios, hoy y siempre, se abre paso con violencia.

Si queremos tener otros frutos es necesario hacer cosas diferentes. Porque la pescadilla se muerde la cola. Los presbíteros y obispos con una biografía y formación comunitaria tenderán a formar comunidades, en las que surgirán vocaciones ministeriales. Pero esos presbíteros y obispos también hay que formarlos en la unidad y la comunión. La comunidad no ha de ser tan solo una hermosa palabra para las homilías sino una realidad experimentada, en la cual ha crecido y madurado la fe personal. Un obispo con esta nueva mentalidad no tomará ninguna decisión importante para la diócesis sin dialogarla antes con su consejo personal diocesano, del cual formarán parte mujeres, laicos y algún presbítero. ¿Por qué? Porque es lo que ha hecho toda su vida.

¿Y el papel de la mujer? En el nuevo modelo eclesial la mujer está llamada a tener un papel fundamental, tanto en la formación del pueblo de Dios (en todas las vocaciones, incluidos los ministros ordenados), como en la vida cotidiana de la Iglesia y sus actividades. Y la Iglesia mostrará un rostro de un ambiente familiar y acogedor. ¿Ciencia ficción? No. Es la utopía cristiana, que puede realizarse en cada época por la fuerza del Espíritu. Pero el Espíritu… hay que escucharlo.


[1] Definición de procastinar: dejar para mañana lo que debemos hacer hoy.

“Amen. Francisco responde”. 

Una reflexión sobre

el documental del papa Francisco

dialogando con los jóvenes.

Xabier Segura Echezárraga

Hace unos días volví a ver, por segunda vez, el vídeo del papa Francisco titulado “Amén. El papa responde”, que se encuentra actualmente en la plataforma Disney + (en Latinoamérica en Star +). Al igual que la primera ocasión, me impacto el contenido, aunque pude fijarme en algunos elementos nuevos que no recordaba. El reportaje, dirigido por Jordi Évole y Marius Sánchez, está muy bien hecho, y va combinando imágenes de los diversos jóvenes en sus ambientes originarios con diversos momentos del diálogo con el papa.

El documental dura 1 hora y 22 minutos, y muestra a un grupo de 10 jóvenes de 20 a 25 años, procedentes de diversos países del mundo, que se reúnen con el papa en las afueras de Roma. Le van haciendo preguntas y surgen comentarios sobre temas diversos. Aparecen cosas que preocupan a estos jóvenes, como el racismo, el aborto, el feminismo y el papel de la mujer, la pérdida de la fe, la homosexualidad, la pederastia, etc.

El clima inicial es educado y cordial, pero el contenido de las reflexiones que van surgiendo en los jóvenes es intensamente crítico. Aunque en el grupo hay personas creyentes abundan las quejas y el cuestionamiento de las realidades eclesiales. El papa tiene una actitud de escucha y acogida, respondiendo con amabilidad y expresando las opiniones de la Iglesia en dichos temas. Muchos de las ideas que van apareciendo están muy en boga en nuestra sociedad actual, y tanto creyentes como no creyentes los asumen y defienden, expresando su distancia con la institución: en algunas posiciones abortistas en favor de la mujer, reivindicaciones sobre la ordenación femenina, el malestar ante los abusos, etc.

Hay que subrayar la valentía del papa por acceder a un diálogo de este tipo, enfrentándose a posturas lejanas a la mentalidad que representa. Sin duda está ejercitando su voluntad de acercarse a las periferias. En este caso, la juventud es una periferia a la que el papa se acerca y con la que quiere dialogar. No es un ambiente cómodo y fácil. No le han presentado un listado de los temas a tratar, ni las preguntas que iban a hacerle. No es frecuente que personas con poder y representatividad institucional se sometan a un escrutinio tan libre y abierto con quienes no comparten sus ideas. Se trata de una actitud valiente, con la confianza de poder transmitir un mensaje válido en medio de dificultades. En ese sentido, me evocaba el testimonio valeroso de los apóstoles en medio de una sociedad pagana, tal como atestiguan los Hechos de los Apóstoles.

El papa defiende a los emigrantes y denuncia la situación terrible en la que se encuentran, reclamando la necesaria solidaridad social. Apoya a los jóvenes que sufren bullying y racismo. Expresa su cercanía a la madre que se encuentra en situación de tener que abortar, pero también defiende el derecho a vivir del niño que está en su vientre. El papa mantiene la tradición de la Iglesia de no ordenar a las mujeres. Ante el testimonio del muchacho que ha sufrido abusos en su infancia, se pone al lado de las víctimas y valora la valentía de la denuncia realizada, subrayando el compromiso que la Iglesia tiene hoy -y el mismo papa de manera especial- de clarificar estos temas y exigir las responsabilidades pertinentes. Se le presenta una mujer “no binaria” (con pareja femenina) que se siente católica y defiende las diversas identidades sexuales, que le pregunta por su opinión sobre los que usan la Biblia para condenar a los que son “distintos”. El papa responde que no podemos condenar ni excluir a nadie de la Iglesia.

Llama la atención el testimonio de una youtuber colombiana que se gana la vida haciendo videos eróticos en internet, a la que el papa responde con la doctrina cristiana en contra de la pornografía y la cosificación de la mujer. Pero ella continúa diciendo que su trabajo actual le permite vivir una vida más digna con su actual pareja y su hija. También explica que cuando quedó embarazada fue abandonada por el padre de la criatura, e incluso por su propio padre (probablemente un católico colombiano), que no la respaldó. En dicha situación tuvo que salir adelante con malos trabajos y situaciones opresivas, y sólo actualmente ha conseguido la estabilidad necesaria para darle a su hija el ambiente y los cuidados que necesita. Y ahora trabaja sin opresión, con más libertad, mejoró su autoestima y confianza en sí misma. Y gracias a ello se atrevió a aceptar la invitación para dialogar en aquel foro, ya que siempre fue tímida y retraída. El papa guarda silencio.

El testimonio que más me gustó, personalmente, fue el de una chica que participa de una comunidad neocatecumenal. Es el único testimonio luminoso de unidad a la Iglesia institucional desde una experiencia vivida a nivel personal y comunitario. También fueron valiosas sus aportaciones frente a otros jóvenes críticos, expresando sus motivaciones y creencias en apoyo de la doctrina católica. Resultaban convincentes porque no se trataba simplemente de doctrina e ideas, sino que transmitía la fuerza del testimonio vivido. Me impresionó que el único testimonio tan favorable provenga de los neocatecumenales, un grupo que ha sido generalmente despreciado en ambientes clericales europeos, y que sin embargo ofrece testimonios de conversión y vida cristiana que no se encuentran en otros lugares. También me gustó y me impresionó el comentario que le hizo el papa a continuación. Le agradeció el testimonio que daba, pero también evocó un episodio de Jesús con Pedro, a quien anunciaba que el Espíritu del Mal pondría a prueba su fe. Es evidente que el papa hablaba desde el discernimiento ignaciano, y en lugar de caer en un sentimentalismo paternalista para agradecer el apoyo de unos argumentos favorables -en medio de tantas quejas y dificultades- quiso transmitirle un mensaje espiritual. Aunque personalmente me gustó mucho este mensaje también es verdad que, para aquella muchacha que escuchaba con emoción, aquellas palabras tenían un punto de dureza: ¿por qué hay que hablar del demonio a una joven que vive hoy con ilusión y entusiasmo su fe cristiana?

También me parecía intuir, a lo largo de todo el diálogo, la gran distancia que existe entre el mundo eclesiástico donde se ha desarrollado la vida de la Iglesia en los últimos siglos y el mundo actual, con un ambiente laico y secularizado. La gran distancia cultural y mental existente dificulta el diálogo y una comprensión mutua fluida. Por otro lado, escuchando el conjunto de las intervenciones, parecía evidente que hoy la fe ha de ser compartida en el seno de una comunidad viva. En caso contrario, puede mantenerse un cierto revestimiento cultural de cristianismo, incluso una práctica religiosa ritual, pero la mentalidad se va dejando modelar por otras influencias ambientales poderosas que se van infiltrando en la vida cotidiana. El cristianismo tiene sentido cuando echa sus raíces en un estilo de vida que genera unas experiencias humanas donde la doctrina adquiere su verdadero significado. Sin esta profundidad tiende a diluirse frente a modas ideológicas y culturales y queda reducido a devociones o creencias superficiales. La historia de la Europa cristiana en las últimas décadas lo muestra claramente.

A la iglesia occidental, que desde el concilio de Trento generó la cristiandad y la exportó a todos los continentes, le cuesta comunicar hoy su mensaje en un mundo plural y aconfesional, donde ya no tiene el apoyo del poder político. En esta situación el papa insiste proféticamente en la necesidad de ir a las periferias, aunque sea complicado. Y llega a decir que la verdadera Iglesia está en las periferias. Se trata de una afirmación muy fuerte. Y lo explica añadiendo que en el centro hay mucha gente buena y santa, pero también hay mucha corrupción. El máximo representante de la Iglesia católica se presenta con una sinceridad apabullante.

En diversos momentos del documental nos encontramos con un papa cansado. A veces está callado y deja que la gente vaya hablando todo lo que quiera, que se exprese con libertad. No sólo la salud y los años, sino también las dificultades y los adversarios internos parecen haber hecho mella en él, dejando una huella de cansancio. Pero no pierde su intuición eclesial original, a la que quiere ser fiel: iniciar unas dinámicas nuevas en la Iglesia, confiando su renovación interior a la acción del Espíritu en el seno de la misma, pero sabiendo que los enemigos internos son más peligrosos, sobre todo cuando manipulan la fisonomía eclesial. En diversos momentos de su pontificado ha afirmado que el mayor enemigo de la Iglesia actual es el clericalismo.

En la segunda visualización del vídeo hubo algo que me impresionó profundamente. No lo recordaba de la primera. Se trata del testimonio final, de una monja que había abandonado la vida religiosa y que afirmaba que desde que estaba fuera de la Iglesia estaba mejor, y se encontraba en paz. Ahora decía que había encontrado el amor. Y preguntaba al papa qué era el amor para la Iglesia: «cuando se habla de amor, ¿de qué se está hablando?» Me impresionó profundamente que alguien encuentre la paz y el amor al abandonar la Iglesia y dejar de ser creyente. Era un testimonio demoledor. La respuesta del papa fue terrible y veraz, llena de autenticidad y afrontando los problemas. Dentro de su sencillez, me evocaba lejanamente un mensaje apocalíptico, en línea con el testimonio del Resucitado a las 7 iglesias. Reconoció que en la Iglesia hay mucha manipulación y abuso de poder. Valoró positivamente el hecho de abandonar la vida religiosa cuando uno se deshumaniza y ha de salir de aquel lugar donde no encuentra sentido. Le llegó a decir: “salvaste tu vida…” Desde siempre la vida de la Iglesia se ha definido como un espacio de salvación… Para aquella muchacha la salvación estaba en escapar de un estilo de vida deshumanizado, eclesiástico y opresor. Para terminar el papa le daba un único consejo: que sea ella misma y no se deje llevar por las ideologías. Y añadió, con simpatía, que siguiese su camino, que estaba en buenas manos. La muchacha había preguntado qué era el amor para la Iglesia, pero el papa no le respondió a eso.

El papa acabó agradeciendo a todos, sin exclusión, la exposición de sus ideas y preocupaciones. Dijo que había aprendido mucho y le habían hecho mucho bien. Y acabó afirmando que lo que habían hecho allí era el camino de la Iglesia:  caminar unidos como hermanos, con posiciones más o menos diversas; construir la fraternidad todos juntos.

Al acabar de ver el video lo comentamos en grupo y fuimos a cenar. A continuación, vimos unas escenas de la coronación del rey de Inglaterra, que había ocurrido ese mismo día. Yo tenía sueño y los ojos se me cerraban.

Nos fuimos a descansar, pero ya no podía dormir. Me venía a la mente la imagen y las palabras del final del diálogo con el papa. Me parecía terrible y demoledor el testimonio de quien afirma que irse de la Iglesia le ha traído la paz y una vida mejor. Intuía que aquel último testimonio de aquella mujer era un símbolo de toda la problemática actual de la Iglesia y el mundo, que podía resumirse en una frase:

El mundo busca amor, no lo encuentra en la Iglesia, va a buscarlo fuera de ella.

Y el mismo papa parece confirmar que, en esa situación, “está haciendo bien”. Porque el papa sabe que las palabras no bastan, y que, a veces, es mejor callar. Y daba vueltas en mi mente una Iglesia ensimismada en su burbuja espiritualista, añorando tiempos mejores, frente a una sociedad de hombres y mujeres que buscan la paz y el amor en sus vidas… a los que la institución hoy no sabe qué decirles.

Recordé una anécdota que me ocurrió hace ya cuarenta años. Yo vivía en una comunidad cristiana y estudiaba teología en Deusto (Bilbao). Invitamos a un profesor jesuita de la universidad a cenar con nosotros. Se llamaba José Antonio Goenaga, un buen hombre. Recuerdo que le explicamos nuestro estilo de vida, inspirado en la espiritualidad de la unidad de Chiara Lubich. En síntesis, se trataba de vivir siempre amando a los demás con el amor de Dios, en todos los aspectos de la vida. Y en comunidad se revisaba las experiencias de vida, para que fuesen realmente evangélicas. Aquel jesuita quedó maravillado por aquello que le explicábamos y decía: “¡Pero eso es muy difícil!” Y yo quedé sorprendido de que aquello que me pedían desde el primer día en aquella comunidad que acababa de conocer, para él era algo lejano, al final del camino, y muy complicado…

Era evidente que los nuevos carismas y movimientos eclesiales que aparecían en la Iglesia en los últimos tiempos presentan grandes diferencias con los estilos tradicionales de la vida religiosa y eclesiástica. Para mí fue un elemento fundamental que me presentasen el cristianismo como una vida centrada en el amor, que va madurando y purificándose a lo largo del tiempo. Sin ese testimonio y esa invitación a una experiencia personal y comunitaria, probablemente hoy no estaría en la Iglesia.

Ciertamente queda mucho camino por recorrer -como el mismo papa afirma en la entrevista- para que la Iglesia pueda transmitir de manera eficaz su mensaje a una humanidad que anhela encontrar el amor auténtico y lo busca, con frecuencia, en lugares equivocados, que no llenan su corazón.

El papa anuncia un itinerario, pero falta mucho por hacer. Al final del documental sintetiza que lo que han hecho allí es el camino que la Iglesia debe hacer hoy. Conozco muchas parroquias y espacios eclesiales en diversas diócesis y me cuesta encontrar alguno donde se esté realizando lo que el papa propone.

Creo que este documental tiene un extraordinario interés, y sería bueno visionarlo en las conferencias episcopales, en los institutos de vida religiosa, en centros de espiritualidad, etc. Y dialogar sobre ello. Es una buena oportunidad para reflexionar sobre el mundo actual y el camino de la Iglesia al servicio de la humanidad.

Un futuro inquietante

Xabier Segura Echezárraga

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Ya sabíamos que los grandes cerebros de Silicon Valley, que han conducido a un mundo globalizado a la cultura de las pantallas, enviaban a sus hijos a colegios e instituciones donde no pudiesen utilizarse sus inventos. Y en sus hogares ponían estrictos límites al uso que se hacía de las herramientas tecnológicas que habían diseñado y que estaban poniendo al servicio de la humanidad, sin restricciones. Era evidente que ellos conocían las consecuencias negativas que las nuevas tecnologías tienen en la salud física y psíquica de sus usuarios. También sabemos que el interés de estos individuos y sus empresas ha sido conseguir el máximo beneficio, y para ello no han dudado en usar técnicas de manipulación psicológica o estrategias que incrementan la adicción a las pantallas y a las emociones rápidas y superficiales.

Algunos de los inventores y colaboradores de esta revolución tecnológica se han arrepentido y son activistas de una nueva sensibilidad tecnológica con conciencia social y que predice los peligros del futuro.

Los estudios actuales de neurociencia demuestran que todas estas tecnologías, que están revolucionando la cultura y la sociedad, también están modificando el funcionamiento del cerebro humano de un modo difícil de predecir y evaluar. Están produciendo cambios que afectan a nuestra especie.

Gloria Park, profesora de la universidad de California, en un libro que pronto saldrá a la luz en castellano titulado “Capacidad de atención”, hace unas reflexiones muy interesantes. Explica que la duración media de un plano en el cine y la televisión entre 1930 y 2010 ha pasado de 14 segundos a solamente 4 segundos. Estamos en la cultura del estímulo rápido e inmediato. Nuestra capacidad de atención se ha reducido considerablemente. Es la época del whatsup o del tuit, de Tik Tok o Instagram, donde el mensaje se reduce a pocas palabras o imágenes, y desaparecen los discursos largos. No caben muchos razonamientos ni explicaciones. Y no sólo el contenido, sino que también la presentación del mensaje ha de ser ágil y atractiva. Se va acortando nuestra atención y concentración, y nos acostumbramos al paso rápido de imágenes y palabras atrayentes, una tras otra, creando adicciones inconscientes barnizadas con emociones superficiales.

La universidad de Harvard realizó unos estudios que derivaron en un artículo en la revista Science en el año 2010, cuyo contenido era sorprendente e inesperado. Podía resumirse así: Una mente divagante es una mente infeliz.  El vagabundeo mental y la falta de concentración provoca una insatisfacción que tiende a apoderarse de la mente y se convierte en rumiación interna que nos aleja del vivir en el presente de la vida cotidiana. Es importante aprender a concentrarnos, fijar la atención en lo que hacemos y salir del estado superficial de ensoñación que navega por contenidos banales sucesivos, condicionado por emociones primarias. Este nuevo modelo de cerebro humano acomodado y conformista, obediente a los estímulos continuos e inconscientes que recibe, es ideal para una sociedad consumista, ya que se abren para ella nuevos nichos y mercados de aquellos productos que han de satisfacer las nuevas necesidades.

Sólo nos faltaba la Inteligencia Artificial (IA), que se va extendiendo de manera extraordinaria, y cuyas posibilidades han empezado a asustar a sus mismos promotores y a numerosos científicos. Sam Altman (creador de OpenAI y de ChatGPT) confirma el desarrollo imparable de la IA y avisa del peligro de crear entidades cuyo poder es impredecible e incontrolable.  Algunos científicos consideran que la sociedad no está preparada para el poder manipulador de la IA y que la democracia está en peligro.

Las aplicaciones de la IA están entrando en numerosas empresas e instituciones, con capacidad de ofrecer servicios extraordinarios a los ciudadanos, pero también con un potencial de manipulación y engaño nunca antes conocido. Con la IA se puede generar en segundos relatos, discursos, imágenes y videos verosímiles pero falsos, que no puedan distinguirse de la realidad. Muy pronto cualquiera podrá usarlos.

Ya Zygmunt Bauman, pensador polaco del siglo XX advirtió de la entrada de la humanidad en un tiempo de pensamiento débil, personalidades líquidas, con creencias difuminadas y cambiantes. No es difícil imaginar a una IA con capacidades infinitamente superiores a las humanas en muchos aspectos, gobernando la vida social de individuos adictos al estímulo emocional y la respuesta condicionada. ¿Quién va a estar detrás de esta Inteligencia Artificial?

Está en peligro la civilización humana, ante el futuro de un Gran Hermano que pueda dominar la sociedad, justificándose con una mayor eficacia y operatividad, pero con intenciones ocultas, que no se alejarán mucho de las que aparecieron en épocas pasadas: el poder y el dominio de los demás.

¿Teorías conspirativas de futuros lejanos? Quizás no esté tan lejos como pensamos.

Depende de nosotros conjugar estos peligros, con conciencia y acción social.

El miedo a la libertad

Xabier Segura

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En 1941 publicó Erich Fromm un libro titulado: El miedo a la libertad. Se trata de un gran libro que, con el paso de los años, no pierde su valor y actualidad. Allí analizaba la situación del hombre contemporáneo salido de la revolución industrial que, liberándose de los vínculos y costumbres de la sociedad tradicional se encontraba en una situación de angustia, y se dejaba esclavizar, de manera inconsciente, por la sociedad consumista y la homegeneización cultural. El diagnóstico de Fromm no era positivo: “el hombre moderno, liberado de los lazos de la sociedad preindividualista, no ha ganado la libertad en el sentido positivo de la realización de su ser individual, esto es, la expresión de su potencialidad intelectual, emocional y sensitiva”[1].


Contemplando la situación europea y mundial, con el ascenso del nazismo y el comunismo, reflexionaba sobre la tendencia humana  a escapar de la inseguridad y el miedo dando el poder a líderes autoritarios que solucionen los problemas, a los que transferimos nuestra capacidad de elegir y actuar. Se trata de un mecanismo propio de la psicología humana, que tiende a renunciar a la responsabilidad personal y sigue ciegamente las presiones sociales y los movimientos de masas, en momentos de peligro. Se busca un chivo expiatorio de los problemas que nos angustian y se pone la confianza en líderes idealizados a los que se da mucho poder, con la ilusión de que sus propuestas simples y radicales van a solucionar los problemas.

Aunque han pasado 81 años, en nuestro mundo actual podríamos continuar diciendo lo mismo. Se trata de una situación que retorna cada cierto tiempo. También hoy esto resurge a nuestro alrededor con las propuestas populistas que triunfan en política y en la sociedad, en medio de una época de crisis y de cambios sociales y culturales no exentos de peligros.

El miedo es el mayor enemigo de la libertad humana, porque retrae nuestra iniciativa y nuestras posibilidades de actuar. El miedo produce angustia, y el ser humano tiene la necesidad de eliminarla. Al presentar un peligro (real o imaginario) el sujeto necesita movilizarse con urgencia para escapar de la ansiedad, motivando acciones no siempre racionales.

El miedo es algo natural, que nos previene de peligros y nos capacita para afrontar los problemas de manera adecuada. Una persona sin miedo sería imprudente y, probablemente, no protegería suficientemente su vida. Ante el miedo hay tres posibles reacciones: huir, enfrentarse al peligro, o quedar bloqueado. Pero los miedos humanos pueden ser reales o imaginarios. Precisamente la capacidad humana de recrear el pensamiento y la imaginación genera a menudo muchos miedos que no tienen una causa objetiva. Y esto está en el origen de muchos problemas actuales de salud mental.

En ocasiones, dentro de un grupo o en medio de la masa, el individuo hace cosas que no haría por sí solo, por evitar el rechazo o quedar desvinculado de los demás. El aislamiento y la soledad es uno de los mayores miedos del ser humano: “sentirse completamente aislado y solitario conduce a la desintegración mental[2].

La libertad nos da miedo, porque nos pone frente a nuestra propia responsabilidad, sintiéndonos vulnerables. El ser humano ansía la libertad, pero cuando la tiene, a menudo duda y no sabe qué hacer con ella, delegando la decisión en otros: seguir el rebaño, imitar los usos y costumbres que nos rodean. De este modo experimentamos una protección que nos hace sentir seguros.

Pero hay que distinguir entre una libertad externa y una libertad interna. Fromm las denominaba libertad negativa (liberarse de las convenciones sociales impuestas) y libertad positiva (desarrollo personal de la dimensión creativa personal). La reflexión filosófica y psicológica contemporánea insiste en que no sólo hay presiones externas y sociales para nuestra libertad, también hay condicionamientos internos, genéticos, psíquicos, etc. que nos están influyendo continuamente, aunque no tengamos conciencia de ello. Algunos autores han llegado a afirmar que el ser humano no es libre en absoluto, y que todas sus acciones vienen determinadas en los diversos niveles de lo humano (genético, psíquico o social).

Aunque es verdad que nunca estaremos completamente libres de influencias, ya que nos rodean por todas partes y nos ofrecen percepciones del mundo a menudo manipuladas, que influyen en nuestra conducta de manera consciente o inconsciente, no podemos negar al ser humano un espacio interior de libertad personal. Pero ello reclama un trabajo profundo de crecimiento personal. Para poder vivir un grado mínimo de libertad personal es necesario un proceso humano de maduración y desarrollo: autoconciencia, autodominio, disciplina y responsabilidad. Si no maduramos como personas carecemos de los elementos necesarios para elegir libremente, y quedamos a merced de la manipulación que nos rodea, porque no hemos salido de la situación vulnerable de ignorancia y dependencia propia del estado infantil.

El camino de la libertad humana es posible, pero requiere aprendizaje, constancia, trabajo, autenticidad, valentía, etc. En esta línea reflexiona From cuando dice: “el hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en individuo, tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador[3] . La verdadera libertad humana se va realizando como un camino personal de amor y de trabajo en la creatividad.

[1] FROMM, Erich, El miedo a la libertad, Paidos, México, 1991, p. 23.

[2] Ibid. p. 39.

[3] Ibid., p. 42.

El cristianismo en Europa (y 2): faltan escuelas de vida cristiana

Xabier Segura Echezárraga

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La Iglesia como casa y escuela de comunión

Juan Pablo II definió el reto de la Iglesia del tercer milenio como ser “una casa y escuela de comunión”. Con ello centraba el núcleo del mensaje cristiano a la luz del concilio Vaticano II, un concilio pastoral que no cambió los dogmas ni trajo grandes cambios doctrinales. La novedad del concilio fue poner al hombre en el centro del mensaje eclesial y mostrar la evangelización como aquella buena noticia que da respuesta a todas las preguntas e inquietudes humanas: los gozos y esperanzas del hombre se hallan en Cristo (cf. Gaudim et Spes).

La misión de la Iglesia es conducir a las personas reales, las de nuestro mundo, hacia Él. Los dogmas están ahí. Las doctrinas las tenemos y se llevan exponiendo durante siglos. Lo importante es que el mensaje llegue a las personas concretas y reales de nuestro tiempo para que puedan vivirlo. Es indispensable la presencia en la Iglesia de escuelas de formación cristiana, pero no sólo a nivel teórico e intelectual sino en la vida real.

También las doctrinas deben ser reformuladas, en ocasiones, porque el lenguaje humano está condicionado social y culturalmente y va variando. Nuestras palabras son limitadas e insuficientes, mientras que Dios está más allá de nuestros criterios mundanos y sólo podemos acceder a Él en el misterio de su gracia, que nos invita a vivir unas experiencias evangélicas.

Tradición y tradiciones

No hace mucho tiempo una mujer de Iglesia, investigadora en temas sobre la mujer, se reunía con el prefecto de la Congregación de la Fe, Luis M. Ladaria, y hablaban de la importancia de distinguir la Tradición de la Iglesia (con mayúsculas) de otras tradiciones, costumbres y formulaciones humanas. No siempre es fácil distinguir lo que Dios quiere de los ropajes culturales de los hombres. Incluso en la Biblia. El prefecto de la Fe le animó a investigar y continuar trabajando para distinguir ambas cosas. Hay que descubrir en las palabras de una época, con sus condicionamientos culturales, el mensaje de Dios. No podemos ir evangelizando a golpes de Biblia, ni pensar que se trata sólo de explicar doctrinas, sino que también hay que invitar a realizar experiencias.

Hace unos años, recuerdo a un catequista enfadado que discutía con un presbítero si Adán fue o no un personaje histórico. Si identificamos la Revelación con esas interpretaciones literales fundamentalistas estamos edificando la Iglesia sobre bases falsas que pueden conducir a sectarismos o conductas aberrantes. Es una cura de humildad el recordar que en nombre de Dios se han cometido atrocidades, y que la palabra de Dios ha servido de justificación para algunas de ellas. Los últimos papas han dado un hermoso testimonio al pedir perdón por ello, y la reciente visita del papa Francisco a Canadá y sus encuentros con los indígenas lo expresa claramente.

La época de cristiandad ha terminado. No tiene sentido confundir el cristianismo con las formas de una época histórica, queriendo volver a ellas. El tiempo en que el cristianismo, apoyado por el poder político, cumplía una función educativa y moral en grandes capas de la población no parece que vaya a volver. Hay que liberar la Iglesia de las dinámicas no evangélicas, asimiladas por influencias políticas y culturales del pasado.

Redescubrir el papel del pastor en una iglesia sinodal

No podemos ligarnos a las formas tradicionales, identificando con ello la fidelidad eclesial. No tiene sentido vivir la relación con la jerarquía como señores feudales que exigen sumisión. El pastor es un padre de familia, pero la comunidad ha de ser una verdadera familia, no un grupo sociológico difuso y sin consistencia. La obediencia cristiana tiende al encuentro con Dios: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. La obediencia a los pastores como presencia del Maestro deforma su sentido fuera del contexto de una vida de familia en el amor. Amar a los pastores es también decirles la verdad, interpelarlos, hacerles salir de los bucles clericales y abrir nuevos caminos.

La nueva manera de vivir el Evangelio en nuestra época escucha los signos de los tiempos, promoviendo una espiritualidad cristiana sinodal que profundice la dimensión comunitaria y de comunión. El pastor eclesial debe haber recibido esta formación, aprendiendo a escuchar y dialogar, porque -como dice la Regla de San Benito- Dios habla a veces por boca del último llegado a la comunidad. Todos debemos estar atentos al Espíritu, que sopla donde quiere. Hay que promover y confiar en el instinto sobrenatural del discernimiento, propio de los cristianos, y ofrecernos mutuamente la luz que recibimos de Dios, en actitud recíproca de obediencia. Así se va regenerando la comunidad cristiana, donde se viven y se enseñan las experiencias de amor y de unidad que hacen descubrir al pastor su papel auténtico en la unidad eclesial, abandonando costumbres clericales paternalistas y reencontrándonos todos como hermanos de comunidad, con misiones y funciones diversas. Es necesario aprender a dialogar, escucharnos mutuamente, hasta coincidir en la luz, que es el signo de la presencia de Jesús en la comunidad (cf. Mt 18,20), como fruto de una experiencia humana de pobreza interior, donde todos los bautizados buscan la luz de Jesús en medio de todos, dispuestos a perder opiniones subjetivas.

Tampoco hay que tener miedo a los conflictos, que son propios de la vida, y más aún, de la fidelidad al Evangelio: el Reino de Dios se abre paso con violencia. La palabra de Dios es incómoda. Ha venido a incomodarnos, a sacarnos del engaño y la mentira en la que tendemos a instalarnos. También entre nosotros debemos ofrecernos mutuamente, con amor y caridad, la verdad del Evangelio, que a veces puede hacernos sufrir.

Pablo no tuvo reparo en interpelar a Pedro, la columna de la Iglesia, cuando vio en él actitudes hipócritas de disimulo ante los judaizantes. Se denomina a esto el incidente de Antioquía. También los pastores necesitan ser interpelados, para ser fieles a su vocación. Y la jerarquía necesita escuchar a los carismas: la unidad de ambos da frutos de fecundidad espiritual en el seno de la Iglesia.

La experiencia sinodal: coincidir en la luz de Jesús

Dios quiere dar a los cristianos, a todos los bautizados, una mentalidad nueva que se renueva cada día. Si los bautizados no ofrecen la luz que reciben, o no acogen la luz de sus hermanos, pueden estar cometiendo un fraude a la comunidad. El pastor, como cabeza de familia, administra el amor que se vive en comunidad y expresa la unidad de la misma, pero necesita la aportación libre y responsable de todos. La presencia de Cristo es algo que se puede experimentar en el seno de la comunidad, cuando se dan las condiciones evangélicas necesarias. Este ambiente hace que el pastor encuentre su lugar justo, como signo de la presencia de Cristo, pero sin sustituirlo. El ministerio ordenado, en la Iglesia, es la manifestación de una presencia, mientras que el clericalismo es una usurpación más o menos consciente. Porque el único que salva es Jesucristo, presente en la asamblea, a quien todos debemos aprender a escuchar y reconocer, como hicieron los discípulos de Emaús.

El cristianismo no son ideas, sino experiencias humanas que nos llevan a un encuentro con Cristo, en el seno de la comunidad. Unidos personalmente a Jesucristo expresamos, como un don de Dios, la unidad de la comunidad. En la Iglesia todo está al servicio de la experiencia cristiana, que es una participación en el misterio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Todo está al servicio de la gloria de Dios (cf. San Ignacio de Loyola) expresada en el hombre viviente (cf. San Ireneo de Lion).

El testimonio de la Iglesia: amor y unidad

El testimonio evangelizador de la Iglesia no proviene de la presentación de unas ideas, unas doctrinas o unos dogmas muy convincentes. Cuando más convincente quiso ser Pablo, en el areópago de Atenas -el templo de la razón griega- es cuando tuvo uno de sus mayores fracasos. Pero allí, precisamente, es donde pudo intuir que la puerta de la sabiduría cristiana es la cruz.

El cristianismo necesita la pedagogía y los espacios del aprendizaje mistagógico de la experiencia de fe, que edifican la comunidad cristiana. La misión evangelizadora de la Iglesia se realiza y muestra su atractivo en las experiencias personales y comunitarias, que son obras de amor, fruto de la fe, comunicadoras de paz y alegría interior. El verdadero testimonio evangélico, que atrae a los seres humanos, es la vivencia del amor compartido, condición para recibir el don de la unidad. El evangelio de Juan lo resume así: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros (cf. Jn 13,35). El testimonio es la alegría que brota de la fraternidad cristiana, que pacifica el corazón y se irradia hacia los demás. Es un mensaje central del papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium y en su encíclica Fratelli Tutti.

Epílogo

Es necesario caminar para que la Iglesia sea una casa y una escuela de comunión, donde aprender a vivir el amor y acoger el don de la unidad, siguiendo los pasos de Jesús.

El papa Francisco procura implementar en la Iglesia las reformas necesarias para que la estructura eclesial no quede anclada en las formas del pasado y pueda ser un espacio de transparencia de la presencia divina, llevando el Evangelio al mundo actual. La Iglesia está siempre en proceso continuo de conversión y renovación, para ser fiel al Maestro, pero también para ser fiel a la humanidad, a quien ofrece una Buena Noticia que no pierde vigencia.

El cristianismo en Europa (1)

Xabier Segura Echezarraga

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Una Iglesia de cristiandad en crisis

Hace unos años, cuando era profesor de teología, Josep Ratzinger decía que estamos en la época final de la cristiandad, entendida como un gran sistema religioso ligado al poder político, con poder e influencia, y que en el futuro la Iglesia serían pequeñas comunidades, menos poderosas e influyentes en la sociedad, pero más auténticas y responsables en la vivencia de su fe. Este anuncio, de quien después sería prefecto para la Congregación de la Fe, y más tarde papa Benedicto XVI, está resultando profético.

El cristianismo sufre una gran crisis en Europa, navegando entre la añoranza de los tiempos pasados y la inquietud de un porvenir que no se sabe dónde va. En Asia y África, donde el cristianismo ha sido y es minoritario (o al menos no es predominante), la situación es distinta. América oscila entre el fundamentalismo evangelista y el activismo social en favor de los oprimidos, entre el conservadurismo político, el progresismo social y el populismo manipulador.

Quizás haya que decir que, afortunadamente, Europa ya no es el centro del mundo. Y el signo eclesial de unos papas no europeos es muestra de ello. Europa fue durante siglos, la principal matriz del cristianismo, que después se exportó a todo el mundo. Pero la crisis religiosa europea tiene unas raíces que proceden de su historia misma. Aunque no podamos juzgar tiempos pasados con criterios presentes, sí podemos valorar el momento actual.

Vamos a reflexionar a partir de tres ejemplos de situaciones eclesiales reales, históricas, relativamente cercanas, que pueden ser anecdóticas, pero no dejan de ser muy significativas.

Hace tres décadas, un laico, representante de una comunidad eclesial, dialogaba con el vicario general de una diócesis y le explicaba la necesidad de vivir el cristianismo centrado en vivencias de amor y de unidad. El vicario general le dijo que estos temas no estaban en el plan pastoral diocesano. Aquel laico le respondió que habría que cambiar el plan pastoral diocesano. En esa misma diócesis, otro miembro de un grupo eclesial visitó años después al obispo y le hizo una propuesta para formar cristianos con una vivencia profunda. El obispo le respondió que a él no le interesaba tanto eso. Que más que una experiencia evangélica intensa y radical, él prefería algo suave y diluido, como una especie de colorante que sirva para mejorar un poco a las personas. Actualmente, muchos años después, esta diócesis carece de vocaciones ministeriales, sustituye los presbíteros ancianos por otros importados de diócesis lejanas y el panorama de las parroquias es desolador.

En otra ocasión -el tercer caso-, un eclesiástico con misión pastoral daba un tema de formación a un grupo de cristianos. Explicaba un documento del magisterio e iba leyendo fragmentos. Una persona le hizo una pregunta para aclarar un texto. El eclesiástico volvió a leer el texto. Le preguntaron de nuevo y él no supo desarrollarlo más: volvió a leer el mismo texto. Parecía que tenía miedo a explicarlo con sus propias palabras, y para no decirlo mal, prefería repetir las mismas frases. Sonaba como un mensaje teórico y abstracto que no se podía concretar, encarnar, ni se podía dialogar sobre el mismo.

Con el paso del tiempo he reflexionado sobre estos hechos. En el trasfondo veo las raíces del secularismo europeo. El cristianismo se ha extendido en Europa de modo territorial, con divisiones en provincias-diócesis y parroquias. Cada persona se bautizaba en el espacio de su demarcación, y no tanto por la pertenencia a una comunidad y los vínculos establecidos en ella. Y atendía un funcionario eclesiástico, encargado de la zona. Es la herencia de la organización romana, que la Iglesia asume (con la llegada de los bárbaros), haciendo papeles de suplencia, añadiendo algunas normas éticas y morales. Pero este cristianismo vinculado al poder y la política, que tuvo importancia durante siglos, hoy está naufragando.

Recuperar las experiencias cristianas

No se debe caer en la tentación de promover un cristianismo superficial, de ideas y devociones, que no sabe convivir con el diálogo y la crítica, y que cuando carece del apoyo y la protección de los poderes públicos tiende a ir desapareciendo, como aquel colorante que se va diluyendo cada vez más, hasta que no queda prácticamente nada.

Da la impresión de que falta a veces, en los cristianos, capacidad de dialogar, y se oscila entre un discurso paternalista de quien tiene la verdad y la comunica desde una posición de superioridad, o el miedo acomplejado a no saber responder a otros planteamientos diferentes de los nuestros…

¿Será que nos falta fe para creer a fondo nuestro propio mensaje? ¿O es que no sabemos encarnarlo, de modo que nuestras acciones, razones y palabras puedan dar testimonio de aquello en lo que creemos?

No se puede reducir el mensaje cristiano a unas doctrinas, unas ideas, unas palabras, unas normas morales. El cristianismo es eso y mucho más.

Ya en el siglo XX, C. G. Jung y su discípula M. Von Franz explicaban que el problema de las tradiciones religiosas era mantener los ritos y las palabras y olvidar las experiencias religiosas originarias. Este es el gran peligro también del cristianismo. Por querer ser fieles a una tradición nos hemos centrado en mantener doctrinas y preservar dogmas, pero … ¿no estamos olvidando promover las experiencias genuinas que están en la base del cristianismo?

¿Qué experiencias originarias habría que promover? La oración-interiorización que nos pone en contacto con la Palabra de Dios, la realización de experiencias evangélicas en escucha de la palabra divina, las vivencias comunitarias típicas del cristianismo, etc.

Defender el dogma, explicar las doctrinas, mantener los ritos… es una parte necesaria pero incompleta de la tradición cristiana. Es fundamental la dimensión mistagógica o, con palabras más sencillas, enseñar a vivir el cristianismo, entrar en el misterio de la fe. El cristianismo no son ideas sino experiencias de vida y, fundamentalmente, la experiencia del encuentro con Jesucristo en el seno de su Iglesia. Lo ha dicho Juan Pablo II y todos los papas posteriores.

No se trata de caer en el pelagianismo y pensar que con nuestras obras vamos a obtener la salvación. La auténtica doctrina católica sabe que todo depende de la gracia de Dios, pero que también se reclama la experiencia humana, sin la cual, Dios, en el misterio de su infinita misericordia, parece que a veces prefiere no hacer nada. Es también el misterio de la libertad humana. Para llevar a cabo su historia de salvación, Dios reclama nuestra fe y nuestras obras. La doctrina católica valora la primacía de la fe, en la cual se insertan las obras del cristiano. Una fe sin obras está muerta. No podemos olvidar esta dimensión del cristianismo. Si en la tradición católica las obras son importantes, no caigamos en la tentación de darlas por supuesto y pensar que, una vez expuestas de manera doctrinal, ya las vivimos.

El gran drama existencial de Occidente es identificar la realidad con el pensamiento y creer que por tener una idea en la cabeza, ya la vivimos.

¡Nada más lejos de la realidad!

(Continuará…)