A veces el arte, incluso el producido por la industria del entretenimiento, se convierte en espejo incómodo de nuestros tiempos. Así ocurre con la serie británica Adolescencia, una producción de Netflix que, al igual que hiciera Black Mirror en su momento, lanza una mirada penetrante sobre los abismos contemporáneos. En este caso, no se trata del futuro tecnológico, sino de un presente cada vez más frágil: el de nuestros niños y jóvenes, criados en el torbellino de las pantallas, el ruido emocional y el vacío espiritual.
Desde el punto de vista formal, Adolescencia es notable: cuatro episodios, cada uno contado mediante una sola toma continua, aportan una experiencia inmersiva que ahonda la sensación de vértigo. Pero lo que realmente conmueve no es la técnica, sino la historia: un drama social cargado de realismo y crudeza que no deja espacio para la indiferencia.
El centro del relato es Jamie Miller, un adolescente de apenas trece años cuya vida —y la de su comunidad— se ve sacudida por un crimen inesperado: el asesinato de una compañera de clase. A partir de este hecho brutal, la serie nos sumerge en un análisis inquietante de las fisuras que recorren la educación, la familia y el tejido social. El dolor que atraviesa cada escena no es solo el de los personajes, sino el de una sociedad entera que ha perdido el norte, incapaz de guiar a sus jóvenes hacia la verdad, la belleza y el bien.
Porque si algo retrata con precisión esta serie, es el colapso de los referentes. La educación, llamada a ser cuna del pensamiento crítico y de los valores sólidos, aparece como un sistema hueco, burocrático, despersonalizado. Los jóvenes —y Jamie es su símbolo más trágico— no encuentran en la escuela un refugio ni una brújula, sino una estructura que, en lugar de formar, desintegra. No hay narrativas consistentes, no hay maestros que enseñen desde la autoridad moral, no hay un horizonte que ofrezca sentido.
Y a esta orfandad institucional se suma otra más íntima: la del hogar. Padres ausentes o desbordados, educadores impotentes, psicólogos desconectados. Los adultos, que deberían ser guías, aparecen como figuras desdibujadas, atrapadas también en sus propias inseguridades y rutinas vacías. El adolescente queda así entregado a una libertad sin verdad, a una autonomía que es más bien abandono. En Adolescencia, el grito silencioso de los jóvenes resuena en el vacío de una cultura que ha roto los vínculos entre generaciones.
Pero no es solo la familia ni la escuela. Es también —y de forma quizá más devastadora— el entorno cultural, ese magma de imágenes, consignas y emociones prefabricadas que se impone a través de las redes sociales y los medios digitales. Allí, donde los adolescentes buscan validación y pertenencia, solo encuentran una jungla de expectativas superficiales, de estímulos constantes y relaciones efímeras. El alma juvenil, aún en formación, se ve arrojada a un campo de batalla donde se libran guerras invisibles por la identidad, el cuerpo, el sentido.
La soledad —tema recurrente en la serie— no es solo un malestar psicológico: es una categoría espiritual. Es la expresión de un mundo que ha sustituido la comunión por la conexión, la verdad por la opinión, la formación por el espectáculo. Jamie no está solo porque no haya gente a su alrededor. Está solo porque nadie lo ve, porque nadie sabe decirle quién es ni qué puede llegar a ser. Esa es la verdadera tragedia: una generación rodeada de estímulos, pero hambrienta de significado.
Adolescencia no pretende ofrecer respuestas fáciles. Su mérito radica en plantear las preguntas incómodas que muchos prefieren ignorar. ¿Qué clase de sociedad hemos construido, donde los jóvenes matan —literal o simbólicamente— como forma de gritar su desesperación? ¿Qué responsabilidad tenemos los adultos ante esta cultura del nihilismo disfrazado de libertad? ¿Cómo recuperar la esperanza en medio del colapso educativo y afectivo?
Esta serie, inspirada en casos reales, actúa como espejo y como denuncia. Nos recuerda que el progreso tecnológico, sin una antropología sólida que lo oriente, no es más que una maquinaria vacía. Que sin vínculos humanos auténticos, la digitalización de la vida acaba generando seres desconectados de sí mismos. Que una sociedad que renuncia a transmitir el sentido de la existencia está condenada a repetir tragedias.
Al finalizar Adolescencia, queda un regusto amargo, pero también una oportunidad: la de redescubrir el valor del acompañamiento, del testimonio adulto, de la comunidad que educa. Estamos ante una llamada urgente a rehumanizar la adolescencia, a rescatarla del ruido y del vacío, a devolverle su dignidad con propuestas formativas integrales que abracen el cuerpo, la mente y el alma.
En un mundo donde la post-verdad amenaza con anular toda referencia, esta serie nos recuerda que todavía es posible —y necesario— reconstruir la verdad desde la compasión, la escucha y la presencia. Solo así evitaremos que el grito de nuestros jóvenes se ahogue en el silencio de una sociedad indiferente.
Decía el anciano del pueblo que la humanidad necesita, cada cierto tiempo, una guerra, para llegar a “espabilar”. Se atribuye al escritor G. Michael Hopt, en su novela apocalíptica «Those Who Remain» (2016) una cita que se ha hecho famosa:
«Los tiempos difíciles crean hombres fuertes; los hombres fuertes crean buenos tiempos; los buenos tiempos crean hombres débiles; los hombres débiles crean tiempos difíciles».
¿Quién puede dudar de que esta cita no esconde algo de verdad y mucho conocimiento del ser humano? Nos sugiere la oscilación de las sociedades en ciclos temporales de dificultades que forjan individuos resilientes que, a su vez, generan períodos de prosperidad, que fácilmente conducen a la complacencia y debilidad, lo que eventualmente provoca nuevos tiempos difíciles. ¿Acaso no hay algo de ello en la decadencia de las culturas, de los imperios y las civilizaciones? ¿No vemos los signos de esta realidad en nuestros tiempos actuales?
Esta cita la podríamos aplicar al mundo actual occidental y a la grave crisis que atraviesa. Después de una época de relativa paz tras las dos guerras mundiales del siglo pasado, el siglo XXI nos presenta un panorama preocupante. El cambio climático, la pandemia, las guerras de Ucrania y Palestina, etc. han desenmascarado las graves deficiencias de una sociedad occidental que se ha acomodado e infantilizado, y se ha vuelto fácilmente manipulable. Los síntomas son desalentadores: la mezquindad de los gobernantes actuales, la situación política crispada y tormentosa, el dominio de la tecnología en manos de unos pocos, la extensión de la desinformación y las fake news, etc. Es muy peligrosa la polarización fomentada por las redes sociales al servicio de unos intereses que han abandonado la hipocresía del «bien común» para trabajar de manera insolente y descarnada al servicio del egoísmo disfrazado de patriotismo o de puro egoísmo individualista.
¿Qué sentido y qué papel tiene el cristianismo, la experiencia cristiana, en este ambiente? Una vez terminado el período de la cristiandad, como ya anunciaba a finales del siglo XX J. Ratzinger, la Iglesia misma parece desorientada en su papel de acompañar la humanidad del tercer milenio. El papa Francisco ha intentado realizar algunas reformas pendientes en la Iglesia del concilio Vaticano II, luchando con enemigos internos y externos. Su legado, diferente y complementario a los papas anteriores, habrá de ser valorado con el paso del tiempo. Lo último que nos deja, quizás sea su testamento, es el sínodo sobre la sinodalidad y el reclamo de un nuevo estilo de iglesia menos clerical, más dialogante y acogedora, al servicio de la humanidad.
El papel de la Iglesia en el s. XXI nos lleva a pensar en los primeros tiempos del cristianismo. Los tres primeros siglos, en que los cristianos fueron una fuerza oculta, discreta, que iba trabajando a nivel de personas y de grupos, pero que carecía de relevancia y poder social en el Imperio romano. Sólo al final del Imperio y con su caída en Occidente, la Iglesia asume un papel social y político cada vez más relevante. Pero esos tiempos van declinando y la Iglesia pierde hoy poder e influencia social.
Más bien parece que la situación eclesial actual tiene que mirarse en el espejo de la Iglesia primitiva, y redescubrir las experiencias fundantes de los orígenes, que nos permiten intuir el camino humilde y fecundo de las primeras comunidades cristianas, cuyo eco encontramos en los Padres de la Iglesia. Lo importante hoy, en la Iglesia, no es recuperar el poder político y social, sino redescubrir las experiencias cristianas fundamentales para generar comunidades cristianas vivas que sean fermento en medio de la historia. El papa Francisco habla de que no hay que ocupar espacios, sino generar dinámicas. En ese camino, se descubre que la lucha del cristiano es interior y exterior, personal y comunitaria.
La vida cristiana no es un camino de comodidad o evasión, sino una lucha constante. Desde los primeros tiempos, los seguidores de Cristo han entendido que vivir en la fe implica un combate espiritual, una batalla que se libra, primeramente, en el corazón y en la mente, contra las tentaciones, el mal y las fuerzas que buscan alejarnos de Dios. Este combate no es un castigo ni una carga insoportable, sino parte del proceso de transformación espiritual. Así como un escultor trabaja el mármol con esfuerzo y precisión, Dios nos moldea a través de las dificultades para sacar lo mejor de nosotros. La lucha forma parte de nuestra purificación y crecimiento. Es un mensaje que se ha transmitido con claridad a lo largo de la historia de la Iglesia, aunque quizás hoy habría que insistir en la dimensión comunitaria de la fe.
En la historia de la Iglesia, desde los anacoretas del desierto hasta la vida monástica, vemos ejemplos de quienes han enfrentado este combate con valentía. Las tentaciones y ataques espirituales no son señales de abandono, sino pruebas que nos ayudan a fortalecer nuestra fe. Incluso los santos han experimentado fuertes batallas internas, y su madurez se gestó en este combate espiritual, basado en la fe confiada en Dios, que es puesta a prueba a lo largo de la vida. Jesús mismo fue tentado en el desierto, y en el Padrenuestro pedimos no caer en tentación. No pedimos a Dios ser eximidos de la tentación sino triunfar ante ella. Esto nos enseña que la vida espiritual requiere vigilancia. Quien tiene una vida espiritual débil siente más el peso de la tentación y vive angustiado por ella. En cambio, quien madura en la fe aprende a reconocer los ataques y a superarlos con serenidad. El espíritu del mal siempre busca atacar la unidad, la caridad y la paz interior. Sus armas son la división, el egoísmo y la distracción. Quienes no están preparados para la lucha pueden caer en el victimismo, la evasión o el aislamiento. Para salir victoriosos en esta lucha, hay tres pilares fundamentales, que deben ser vividos en comunidad:
La oración, conducida por la esperanza. Es el diálogo constante con Dios, que nos fortalece y nos da luz para discernir el bien del mal.
El estudio, guiado por la fe. Conocer la Palabra de Dios, los tesoros ocultos en la tradición cristiana, y el conocimiento de la ciencia actual. Todo ello, gracias al discernimiento, nos permite descubrir los engaños y mentiras que, a veces, se disfrazan con ropajes de falsas ideologías o pura hipocresía.
El trabajo, iluminado por la caridad. Un esfuerzo constante por vivir en la verdad, en la caridad y en el servicio a los demás.
La fe camina en dos dimensiones: personal y comunitaria. El silencio interior, esencial para escuchar a Dios, y la experiencia de comunión en relación con otras personas, son experiencias cristianas fundamentales, en las que se va desarrollando el discernimiento personal para distinguir lo verdadero de lo falso, en una sociedad acostumbrada a fabricar falsas verdades comúnmente aceptadas con adornos emotivos y falacias aparentemente racionales que, a fuerza de repetición, se insertan en el imaginario social con los mecanismos de la manipulación. Si el cristiano no aprende a vivir en la búsqueda crítica de la verdad y en actitud de vigilancia ante cualquier tipo de manipulación, la vida cristiana se convierte en una tradición vacía, desconectada de nuestra realidad. El cristianismo, a nivel de folclore y tradiciones culturales, puede ser bien acogido en la sociedad moderna, pero el cristiano no debe perder nunca de vista la semilla divina que lleva en su seno, y que no debe ser ocultada ni deformada. No admite falsedad ni manipulación.
El mundo actual fomenta la comodidad, el infantilismo y la cultura del victimismo, en la que a menudo se busca un culpable externo para justificar la falta de responsabilidad personal ante los retos que la vida nos presenta. Pero el cristiano no está llamado a huir ni a evadir la lucha, sino a asumirla con valentía y determinación. La lucha espiritual no es el fin en sí mismo, sino el medio para alcanzar la paz verdadera y la unidad con Dios y con los hermanos de comunidad.
Solo quienes aceptan este combate pueden experimentar la alegría de la fe y la plenitud del Reino de Dios. Las noches y oscuridades de nuestro camino personal y comunitario no son tragedias, sino oportunidades para crecer y madurar en un tiempo de gracia y de renovación en medio de la historia. El combate espiritual es una experiencia fundamental para asumir la madurez humana necesaria en todas las épocas y en todas las culturas. Se trata siempre de una experiencia personal, pero que necesita encontrar el ambiente adecuado de una comunidad para desarrollarse en plenitud. Para los cristianos, la Iglesia es el espacio que enmarca esta dimensión personal y comunitaria, que nos capacita para llegar a ser luz del mundo: una luz puesta encima de la mesa para alumbrar los caminos de la humanidad.
En tiempos de grandes cambios y desafíos, la Iglesia se encuentra en un proceso de renovación profunda. El papa Francisco ha señalado con claridad que uno de los mayores obstáculos para su misión es el clericalismo, esa tendencia a encerrar la Iglesia en una estructura de poder y privilegio, en lugar de abrirla a la comunidad y al servicio. La llamada del papa es clara: la Iglesia debe abandonar toda actitud de superioridad y recuperar su esencia como comunidad de creyentes en camino, con todos sus miembros llamados a participar activamente en su vida y misión.
Francisco ha insistido en la necesidad de adoptar un nuevo estilo de Iglesia basado en la sinodalidad, es decir, en el diálogo, la escucha y la participación de todos. Se trata de construir una Iglesia que camina junta, donde la toma de decisiones no dependa solo de unos pocos, sino que surja del discernimiento compartido de toda la comunidad. La jerarquía tiene un lugar, al servicio de la comunidad, pero sin substituirla. Esta visión encuentra raíces profundas en el mensaje de san Juan Pablo II, quien ya había advertido que el gran reto del tercer milenio sería hacer de la Iglesia una «casa y escuela de comunión».
Es evidente que eso reclama un cambio de mentalidad muy profundo en el seno de la Iglesia. Se necesitan nuevos estilos de pastoral y de formación cristiana, tanto para los laicos como para los ministros ordenados. Para tener frutos distintos, hay que hacer cosas distintas. No podemos añorar tiempos pasados. No es bueno cargar a los presbíteros con muchas celebraciones, sin tiempo para las relaciones personales o la construcción de la comunidad. Sin comunidad cristiana los sacramentos corren el peligro de convertirse en formas sociales estereotipadas o espacios folclóricos de teatro, magia o superstición.
El desafío pendiente del Concilio Vaticano II. Purificación y renovación
Aún queda mucho por realizar en la recepción plena del Concilio Vaticano II. Sus documentos fundamentales, Lumen Gentium y Gaudium et Spes, presentan una imagen de la Iglesia como pueblo de Dios, llamada a estar al servicio de toda la humanidad y no solo a preocuparse por su propia estructura interna. La Iglesia del futuro debe profundizar esta identidad comunitaria y social, saliendo de sí misma para ser testigo del Evangelio en el mundo.
Las crisis actuales a las que se enfrenta la Iglesia —la falta de vocaciones, los escándalos de pederástia y la pérdida de prestigio social— pueden interpretarse como un proceso de purificación. Son, en cierto sentido, pruebas que el Espíritu Santo permite para preparar a la Iglesia a cumplir su misión con mayor autenticidad. Como en toda crisis, lo superfluo caerá y quedará lo esencial: la fe viva de los creyentes. Joseph Ratzinger, antes de ser Benedicto XVI, ya había anticipado que el futuro de la Iglesia pasaría por una disminución en su tamaño institucional, pero con una mayor autenticidad. No se trata de buscar poder o privilegios, sino de ser una Iglesia que escucha, dialoga y trabaja junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Desde esta actitud de humildad y servicio, se llevará adelante la misión evangelizadora sin imposiciones, con el testimonio de vida personal y comunitario.
Los carismas ya están en la Iglesia
Los medios de comunicación suelen presentar a la Iglesia como un escenario de luchas entre conservadores y progresistas, pero esta visión simplista no refleja la realidad profunda. La Iglesia se mantiene y crece gracias a los cristianos que, más allá de etiquetas, viven el Evangelio en su vida cotidiana. Es en el silencio de la entrega diaria donde el Reino de Dios va germinando, como una semilla que crece de manera imperceptible.
Todo lo que la Iglesia necesita para su renovación ya está dentro de ella. A menudo, los dones y carismas están ocultos o pasan desapercibidos, pero en los momentos clave emergen para guiar el camino. El Espíritu Santo sigue actuando, suscitando en cada época las personas y movimientos que darán respuesta a los desafíos del tiempo presente. Así ha ocurrido en la historia de la Iglesia, y también ocurre hoy, aunque a veces cueste verlo.
La Iglesia del tercer milenio está llamada a renovarse en su esencia, despojándose de lo que la aleja de su misión y abrazando con valentía su identidad generadora de comunión, con actitud de servicio a la humanidad y llevando una buena noticia para los hombres y las mujeres de hoy, respondiendo a sus anhelos e inquietudes más profundos.
En este proceso, cada persona tiene un papel fundamental, porque la Iglesia no es una institución eclesiástica o clerical, sino una familia, una comunidad de personas que cuidan unas de otras y que trabajan por el bien de todos, en la verdad y en la justicia.
La historia nos muestra el ejemplo de muchas revoluciones
La historia está llena de ejemplos de movimientos revolucionarios que comenzaron con la noble intención de derrocar imperios dictatoriales y promover la justicia y el bien común. Revoluciones como la francesa, la rusa o incluso algunas contemporáneas, como la cubana o la nicaragüense, han intentado ofrecer libertad y equidad a sus pueblos. Sin embargo, con demasiada frecuencia, estos mismos movimientos han terminado instaurando nuevas formas de autoritarismo, en ocasiones aún más opresivas que las que buscaban erradicar. Este fenómeno refleja cómo la concentración de poder puede convertirse en un arma de doble filo, pervirtiendo los ideales originales de justicia y transformándolos en sistemas de control y dominación.
¿Por qué sucede esto? Las dinámicas de poder tienen una naturaleza insidiosa. Cuando un grupo o individuo logra acceder a una posición de control absoluto, las tentaciones de la ambición, el egoísmo y la manipulación tienden a emerger. Es entonces cuando las estructuras que se levantaron para proteger a los más vulnerables comienzan a corromperse, olvidando las raíces mismas de la revolución.
El poder y la tentación en las religiones
Las religiones, cuya misión central es proclamar el bien de la humanidad a la luz de las leyes divinas, tampoco han sido inmunes a esta tentación del poder. A lo largo de los siglos, hemos visto cómo instituciones religiosas han adoptado formas autoritarias, alejándose de los principios fundamentales de amor, humildad y servicio. Desde las cruzadas y las inquisiciones hasta los escándalos contemporáneos de corrupción y abuso, la historia de las religiones también revela el riesgo inherente del poder desmedido.
Es paradójico que sistemas nacidos para guiar a las almas hacia la trascendencia y la comunión con lo divino hayan sucumbido a las dinámicas terrenales del control y la dominación. Este desvío no solo empaña la misión espiritual de estas instituciones, sino que también debilita la confianza de los fieles, distorsionando el mensaje original de esperanza y amor que buscaban transmitir.
Sabiduría universal: Lord Acton
La reflexión sobre el poder y sus riesgos ha sido un tema recurrente en la filosofía y la historia. Una de las expresiones más célebres sobre este tema proviene del historiador británico Lord Acton, quien en 1887 escribió al obispo Mandell Creighton la famosa frase: «El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente». Esta afirmación sintetiza magistralmente una verdad universal sobre la naturaleza humana: el poder, cuando no tiene límites ni controles, tiende a desviar incluso a las personas más bienintencionadas.
La advertencia de Lord Acton resuena tanto en el ámbito político como en el religioso. En ambos casos, la concentración de poder sin supervisión adecuada puede abrir la puerta a abusos, manipulaciones y la traición de los ideales que en un principio justificaron su existencia.
Conclusión
En el ámbito político, la democracia se erige como el sistema político más adecuado precisamente porque limita el poder absoluto y fomenta la rendición de cuentas. Sin embargo, para que una democracia funcione correctamente, es esencial que el pueblo esté educado y consciente, y que existan mecanismos de control eficaces sobre los cargos electos. Sin estas condiciones, incluso las democracias pueden degenerar en sistemas corruptos y manipuladores.
En el ámbito espiritual y religioso, aunque los desafíos son diferentes, las dinámicas autoritarias también pueden surgir. Las instituciones religiosas deben ser conscientes de estos peligros y esforzarse por promover el diálogo, la transparencia y la corresponsabilidad. En el caso de la Iglesia, las experiencias de unidad y sinodalidad vividas en las comunidades cristianas deben servir como camino hacia un estilo de comunión más auténtico y profundo. Este estilo irá alejando a la cristiandad de las jerarquías feudales medievales, que son resabios de estructuras políticas de otros tiempos, abriendo nuevos caminos de comunidad eclesial que nos ayudan a intuir el misterio del amor y la comunión trinitaria.
Al final, la lucha contra la corrupción del poder, ya sea en la política o en la religión, no se trata solo de cambiar sistemas, sino de transformar corazones. Es un llamado a redescubrir los valores esenciales de justicia, amor y servicio, y a vivirlos con humildad y determinación.
El documento “Dilexit Nos” presenta la última encíclica del Papa Francisco, que gira en torno al Sagrado Corazón de Jesús como símbolo del amor de Dios hacia la humanidad. Publicada en octubre de 2024, esta encíclica ofrece una síntesis de los valores que han definido su pontificado, resaltando el amor divino y humano como base esencial de la vida cristiana. Francisco, tras haber sucedido a figuras con una marcada personalidad como Juan Pablo II y Benedicto XVI, ha dejado su propio sello en la Iglesia con un enfoque centrado en la misericordia, la inclusión y una “Iglesia en salida” orientada hacia los pobres, el medio ambiente y los migrantes. Estos esfuerzos, sin embargo, también han generado tensiones, particularmente con sectores tradicionalistas que consideran sus reformas y apertura doctrinal como un riesgo para la identidad católica.
En esta encíclica, Francisco invita a los fieles a profundizar en su relación con Dios a través del amor representado por el Sagrado Corazón de Jesús. Inspirado en el mensaje de San Pablo, quien proclamó que “nada puede separarnos del amor de Cristo” (Rm 8,39), Francisco sostiene que este amor incondicional es un llamado a una amistad íntima y transformadora con Cristo, quien amó a la humanidad sin condiciones. La elección del corazón como símbolo no es casual; se basa en su resonancia en la tradición bíblica y en el pensamiento clásico. En la Biblia, el corazón es el centro espiritual donde se albergan las intenciones más profundas, y en el mundo antiguo griego, “kardia” simbolizaba el núcleo emocional y anímico del ser humano. Francisco toma este simbolismo para conectar la humanidad con el amor de Cristo, un amor que invita a un cambio profundo en cada persona y en la sociedad.
La encíclica señala que la crisis moderna del corazón se manifiesta en una desconexión emocional y espiritual, resultado de una cultura individualista y consumista que privilegia la razón y la superficialidad. Este “mundo líquido”, donde los vínculos son frágiles y efímeros, propicia una fragmentación del ser que, según Francisco, solo puede restaurarse a través del amor de Cristo. Esta falta de una conexión auténtica con el corazón tiene graves consecuencias: relaciones fragmentadas, una pérdida de sentido de comunidad y un distanciamiento de Dios. En este contexto, Francisco denuncia el predominio del narcisismo y la autorreferencialidad, y sugiere que el amor simbolizado en el Sagrado Corazón de Jesús es una guía para superar esta fragmentación.
Además, el Papa aborda el amor sensible y humano de Cristo como modelo de amor transformador y total. Este concepto va más allá de las emociones humanas básicas, englobando la compasión, la ternura y la misericordia demostradas por Jesús a lo largo de su vida, desde el llanto por Lázaro hasta su compasión por las multitudes. Francisco invita a los creyentes a ver en el Corazón de Jesús una manifestación tangible de este amor divino, que no es nada abstracto sino profundamente encarnado y accesible. Esta devoción se dirige a la persona viva de Cristo, cuyo amor es capaz de tocar y transformar la vida humana en todas sus dimensiones.
El Papa también vincula esta devoción al Sagrado Corazón con la necesidad de superar los dualismos presentes en la Iglesia y en la sociedad, como la separación entre lo espiritual y lo corporal, o entre la acción y la contemplación. Para Francisco, la devoción al Corazón de Jesús representa una integración de lo espiritual y lo emocional en la experiencia de fe. En este sentido, la encíclica “Dilexit Nos” es una respuesta a una era que tiende a la fragmentación y propone el amor de Cristo como un camino hacia la unidad y la integridad personal y comunitaria.
A lo largo del documento, Francisco también anima a los creyentes a llevar este amor a la vida cotidiana, recordando que la devoción al Sagrado Corazón debe ser vivida en una realidad llena de gestos concretos de compasión y servicio. Esta integración entre el amor de Cristo y la vida diaria es fundamental para responder a los desafíos de una sociedad que, a menudo olvida los valores espirituales y humanos más profundos. Al contemplar el corazón de Jesús, cada cristiano puede encontrar la fuerza para superar sus propias divisiones internas y vivir de manera coherente y unificada, siendo el amor de Cristo una fuente de renovación espiritual y social.
El documento también reflexiona sobre la crisis de relaciones interpersonales que afronta el mundo moderno, atribuyéndola al individualismo y a la pérdida del sentido comunitario. Según Francisco, es fundamental reconocer que el corazón es también el lugar de comunión con otros, ya que permite construir relaciones auténticas y solidarias. La devoción al Sagrado Corazón invita a cada persona a abrirse a esta comunión y construir una vida social basada en el amor y la justicia, transformando las estructuras de división que caracterizan a la sociedad actual.
Como conclusión, “Dilexit Nos” es un llamado a que los cristianos integren su fe con su vida cotidiana y superen la alienación moderna a través de un compromiso real con el amor y el servicio. Francisco cierra la encíclica subrayando que el amor de Cristo es el camino hacia una vida personal y comunitaria que recupere la unidad perdida y afronte los desafíos de un mundo dividido. En tiempos de desinformación y manipulación, el Papa propone el Corazón de Jesús como un antídoto para la fragmentación y una luz que guíe al ser humano hacia la unidad, tanto consigo mismo como con los demás, promoviendo un mundo donde el amor, y no el individualismo, sea el centro de la existencia.
Los seres humanos somos sociales, y necesitamos organizarnos, establecer reglas y funciones, y ajustarnos a ellas para convivir en paz. La obediencia a las leyes y a las autoridades legítimamente establecidas es una condición necesaria para el buen desarrollo de toda sociedad. Todas las culturas y sociedades se rigen por unas normas y siguen a unos líderes. Pero no debemos olvidar que la naturaleza humana tiende con frecuencia a la comodidad y la seguridad, delegando nuestra responsabilidad individual en manos de aquellos a quienes consideramos por encima de nosotros. Por ello siempre es un peligrosa una obediencia ciega que nos exima de la carga de la reflexión ética y del sacrificio que supone tomar decisiones morales autónomas. Ya decía el psicólogo Erich Fromm que la libertad humana da miedo, y que a menudo tendemos a huir de ella, dejando nuestra voluntad en manos de otros que nos conducen y, a menudo, nos manipulan.
En los tiempos actuales se ponen en entredicho leyes, normas e instituciones tradicionales, incluso los valores compartidos. Estamos en la época de la posverdad, de las “fake news” y de la manipulación social, constatando el auge de los populismos. Es conveniente plantearse los peligros de la obediencias ciegas, ya que son muy peligrosas, y pueden llevar a la renuncia de la verdad, al conformismo y, en última instancia, a la perpetuación de las injusticias. El siglo XX nos ha dado muchos ejemplos de ello. Reflexiones como las de C. S. Lewis y Hannah Arendt abordan esta problemática desde perspectivas distintas, pero complementarias, alertando sobre los riesgos de la sumisión acrítica y la importancia de la responsabilidad moral individual.
La banalidad del mal y la obediencia ciega
Hannah Arendt fue una gran filósofa alemana, que asistió al juico del nazi Adolf Eichmann, descubierto en su escondite latinoamericano y llevado a Jerusalén. Arendt quería descubrir qué había en el fondo de los grandes ejecutores del holocausto judío y se encontró con la sorpresa de la “banalidad del mal”. Comprendió que el mal no siempre es llevado a cabo por individuos perversos y conscientes de sus actos, sino que muchas veces son personas comunes que, a través de una obediencia ciega, contribuyen a su propagación sin tomar conciencia de ello. Eichmann no era ningún fanático ideológico ni un monstruo moral sino un simple burócrata que se justificaba afirmando que solo «cumplía órdenes». Su falta de reflexión ética y su absoluta sumisión a sus superiores le hicieron responsable de horrendos crímenes. La obediencia acrítica se convierte así en una forma deshumanizadora donde los individuos dejan de actuar por sus principios y pasan a ser engranajes de un sistema moralmente corrupto. El juicio de Eichmann reveló cómo las peores atrocidades de la historia no necesitan grandes villanos, sino una multitud de personas dispuestas a obedecer sin cuestionar. Este fenómeno se repite a lo largo de la historia: cuando dejamos de asumir la responsabilidad de nuestros actos y delegamos la responsabilidad en otros, se allana el camino para los abusos de poder. Arendt concluye que la obediencia, lejos de ser siempre una virtud, puede convertirse en el mecanismo que permite la perpetuación del mal, pues libera al individuo de la carga de pensar y juzgar sus propias acciones.
Estamos ante una reflexión de ha de calar con fuerza en la sociedad y en la cultura contemporáneas, para evitar nuevos desastres. Tenemos otro ejemplo reciente, con la secretaria alemana Irmgard Furchner, que, a pesar de tener más de 90 años, fue condenada en 2024 por su rol pasivo durante el Holocausto. Aunque era solo una secretaria que iba pasando listas de llegadas a un campo de concentración, su silencio obediente a sus jefes la hicieron cómplice de las atrocidades que estaban ocurriendo. Un ejemplo más de cómo la obediencia ciega lleva a la complicidad en el mal, incluso cuando uno no realiza directamente los actos injustos.
Del autoengaño a la obediencia responsable
Por su parte, C. S. Lewis, en su obra «Cartas del diablo a su sobrino», analiza la sutilidad del mal en la vida cotidiana. Lewis expone cómo el mal no siempre se manifiesta en grandes actos, sino que se infiltra en las pequeñas decisiones diarias, en esas pequeñas concesiones que parecen inofensivas pero que, acumuladas, llevan al ser humano a una vida moralmente insatisfactoria. El mal avanza de manera discreta cuando dejamos de ser críticos con nuestras acciones y nos dejamos llevar por la comodidad de obedecer a los dictámenes de la sociedad, las costumbres o la autoridad, sin someterlas al juicio de nuestra propia responsabilidad moral.
Para Lewis, el Diablo no necesita inducir a las personas a realizar actos horribles para alejarlas de la virtud, sino que le basta con que estas caigan en una vida de hipocresía, autoengaño y justificación de pequeñas maldades. Esta reflexión conecta directamente con la idea de Arendt sobre la banalidad del mal, ya que ambas señalan que la verdadera batalla moral está en las decisiones diarias, en las que la gente prefiere optar por lo más cómodo y fácil, en lugar de enfrentarse a la verdad y las consecuencias de sus acciones.
Tanto Arendt como Lewis apuntan a la conclusión de que toda acción adquiere su valor verdaderamente humano por su sentido ético y moral elegido libremente. Y ello implica sacrificio, testimonio personal y, a menudo, ir contra corriente. Es mucho más sencillo obedecer sin cuestionar, seguir las normas establecidas o cumplir las órdenes superiores, en lugar de enfrentarse a la incertidumbre y la responsabilidad de actuar según la propia conciencia. El autoengaño se alimenta así de una obediencia que deja la responsabilidad a otros, dándonos una sensación de tranquilidad y seguridad que evade el riesgo de la toma de decisiones autónomas.
Por tanto, la obediencia solo es virtud cuando brota de la libertad y apunta hacia un propósito moralmente justo. Lewis insiste en que, para vivir de acuerdo con nuestros principios y no caer en las pequeñas incoherencias que perpetúan un mundo de mentiras, debemos estar vigilantes y críticos en nuestras acciones diarias. De manera similar, Arendt sostiene que la responsabilidad individual es inalienable, incluso cuando se actúa dentro de un sistema jerárquico. Cada persona debe asumir el deber de evaluar las órdenes que recibe y tener el coraje de resistir aquellas que van en contra de los principios fundamentales de la ética y la justicia.
La obediencia en la vida de la Iglesia del siglo XXI
Tradicionalmente era un clásico de la espiritualidad eclesial el lema de que «el que obedece no se equivoca nunca». Se trata de una afirmación de debe matizarse bien.
Las reflexiones de C.S. Lewis y Hannah Arendt sobre la obediencia y la responsabilidad moral, aplicadas al contexto de la vida eclesial actual, aportan claves importantes para entender los desafíos a los que se enfrenta la Iglesia en su proceso de renovación. En particular, en lo que respecta a los abusos de poder, la transparencia, y la necesidad de una obediencia que no solo sea expresión de sumisión humana sino de auténtica fidelidad a Dios. El papa Francisco ha sido un impulsor clave de estas necesarias reformas, rechazando las actitudes de encubrimiento y promoviendo un nuevo estilo de comunión basado en la sinodalidad, un modelo de diálogo y corresponsabilidad dentro de la Iglesia.
Al analizar la problemática del abuso de autoridad y de los encubrimientos en la Iglesia, las ideas de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal son especialmente relevantes: en los casos de abusos sexuales y pederastia algunos eclesiásticos ocultaron la verdad bajo una falsa obediencia institucional, protegiendo a los agresores, en lugar de responder a los principios morales más altos de la justicia y la defensa de las víctimas. El papa Francisco ha insistido en rechazar estas formas de obediencia ciega que oscurecen la realidad y perpetúan el mal dentro de las instituciones, señalando que nunca deben encubrirse crímenes. Los recientes escándalos de abusos revelan la necesidad de un replanteamiento profundo de cómo se entiende la obediencia en la Iglesia. La autoridad, cuando no se somete a la verdad y la justicia, se convierte en tiranía y abuso, y la obediencia que sigue órdenes sin reflexionar sobre su moralidad deja de ser virtud y se convierte en complicidad.
La autoridad y la obediencia en la Iglesia: del autoritarismo a la fidelidad a Dios
Desde los primeros tiempos de la Iglesia la comunidad cristiana ha sabido que la obediencia eclesial es una expresión de la obediencia a Dios, que está por encima de cualquier autoridad humana. Cuando los líderes religiosos judíos prohibieron a los primeros cristianos predicar en el Templo, estos respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29-31). Esta respuesta es clave para comprender el fundamento de la obediencia eclesial: la autoridad no es un fin en sí misma, sino un medio para guiar a la comunidad hacia Dios. Si la autoridad humana contradice los principios de justicia, amor y verdad, se debe tener el coraje de desobedecerla, en busca de una mayor y más sincera obediencia a Dios. El propio Francisco ha subrayado que la obediencia eclesial no debe ser un acto de sumisión pasiva, sino una respuesta activa y libre a la voluntad de Dios, discernida comunitariamente.
En la Iglesia la obediencia cumple la función pedagógica de desapegar al ser humano de su propio ego (de su «hombre viejo») para poder ser conducido por un camino mistagógico y eclesial hacia el «hombre nuevo», que se va modelando con la vivencia de las experiencias evangélicas. En este sentido, cuando falla la comunidad cristiana y la autoridad se convierte en autoritarismo, es necesario recuperar el sentido auténtico de la obediencia, que siempre debe ser fiel a Dios y a esa comunidad en la que la presencia divina quiere comunicarse. Las reflexiones de C.S. Lewis sobre las pequeñas maldades cotidianas y el autoengaño nos alertan sobre cómo el mal puede infiltrarse en las pequeñas decisiones diarias, llevando a la hipocresía y la falta de autenticidad, que pueden disimularse bajo formas de aparente obediencia.
Hacia un modelo de sinodalidad: diálogo y corresponsabilidad
El papa Francisco, en su búsqueda de una Iglesia más sinodal, nos invita a discernir constantemente nuestras acciones y a no caer en el autoengaño de una obediencia que solo busca la tranquilidad y la seguridad, sino que aspira a conocer la verdad que está viva y personificada en Cristo. La verdad requiere sacrificio y la valentía de ir contra corriente. Es necesario no perder nunca el discernimiento para saber cuándo la obediencia a los superiores pueda dejar de ser fiel a Dios y convertirse en complicidad con el mal, bajo formas aparentemente correctas.
El pontificado de Francisco promueve la sinodalidad como un enfoque que busca transformar la dinámica de poder con una mayor participación, diálogo y corresponsabilidad. Esta propuesta se aleja de los modelos tradicionales de obediencia feudal y autoritaria que marcaron gran parte de la historia eclesial en tiempos pasados. Francisco llama a una obediencia consciente y crítica, que discierne la verdad y busca el bien común en cada situación. El modelo sinodal quiere crear una Iglesia donde las decisiones no se tomen de manera unilateral sino en comunión, escuchando al Pueblo de Dios. Esto supone un desafío, ya que la Iglesia está marcada históricamente por una estructura jerárquica que en ocasiones se ha viciado con influencias políticas o sociales ajenas al espíritu cristiano. El clericalismo, denunciado por Francisco, es un obstáculo para la comunión eclesial, ya que fomenta el autoritarismo y desalienta la participación laical, deformando el papel de la mujer en la Iglesia. Este clericalismo ha sido una de las razones por las que, en muchos casos, se priorizó la protección de la institución sobre la protección de las personas.
Conclusión: Hacia una nueva vivencia de la obediencia en la Iglesia
La Iglesia se encuentra en un momento crucial de su historia, donde debe aprender a vivir la obediencia de una manera nueva, en el marco de una sinodalidad auténtica y participativa. Como señala Francisco, estamos en los primeros pasos de un proceso que busca renovar profundamente la vida eclesial, alejándose de modelos autoritarios y clericales y promoviendo una comunión donde se escuche la voz de todos los miembros del Pueblo de Dios.
La obediencia, en este contexto, sigue siendo un elemento fundamental, pero debe ser purificada de formas y contaminaciones externas, devuelta a su contenido evangélico: entendida como una obediencia a Dios, discernida en comunidad, y no como una sumisión ciega a una autoridad humana. Solo de este modo se puede construir una Iglesia más transparente, justa y fiel a su misión de ser testimonio de la verdad y el amor en el mundo.
El tiempo es superior al espacio, y es más sabio iniciar procesos que ocupar espacios. Ha sido un lema del papa Francisco del que hablaba en Evangelium Gaudium 222 y que ha repetido en numerosas ocasiones. El proceso de una Iglesia sinodal no será fácil ni rápido, pero quizás sea el legado más importante que el pontificado de Francisco pueda dejarnos: una Iglesia que quiere aprender a caminar conjuntamente, en comunión, con una obediencia que es expresión de fidelidad a Dios y de diálogo fraterno entre los hombres.
Es necesario aprender a vivir la obediencia en la Iglesia como un camino de sabiduría para coincidir en la luz que nos convoca a todos, en torno a la Eucaristía: la obediencia como coincidencia en la luz que nos viene de Dios.
La segunda temporada de Los anillos del poder mantiene los temas fundamentales de la obra de J.R.R. Tolkien, que ya aparecía en El Señor de los Anillos: la lucha entre el bien y el mal y la defensa de valores humanos como la amistad, la lealtad, la valentía y la búsqueda de la verdad. Esta serie se sitúa en un mundo de fantasía, pero sus temas universales conectan con aspectos centrales de la condición humana. A través de la diversidad de personajes y razas que pueblan la trama, la serie ofrece una rica reflexión sobre la moralidad y las decisiones que definen el destino de los seres vivientes.
Lo interesante en la segunda temporada es cómo se profundiza en la figura de Sauron, que se va revelando no solo como una fuerza del mal, sino como un manipulador astuto que utiliza el engaño para avanzar en sus planes de destrucción. La serie ofrece una visión del mal más sofisticada, presentando a Sauron no solo como un villano, sino como un símbolo de la corrupción que se infiltra de manera sutil y peligrosa. Vemos a Sauron jugando con las emociones, los miedos y las aspiraciones de los personajes, encarnando la tentación eterna a la que se enfrenta la humanidad: la seducción del poder, la ambición y el deseo de control.
A través de los diferentes tipos de personajes que habitan este universo – elfos, enanos, medianos, orcos y seres humanos – la serie explora diferentes facetas de la humanidad. Los elfos, con su inmortalidad y su afinidad con la naturaleza, representan la aspiración a lo eterno, aunque también caen en la tentación del poder y la vanidad. Los enanos, vinculados a la tierra y a lo material, simbolizan el esfuerzo del trabajo duro, el apego a lo material y la avaricia. Los medianos encarnan la bondad y la sencillez, recordando que no es el poder lo que define a un héroe, sino su capacidad para resistir el mal. A pesar de tratarse de personajes muy humildes, los medianos jugarán roles cruciales en la lucha contra el mal. Los orcos, por su parte, son la encarnación de la corrupción total, seres despojados de cualquier bondad o virtud, que han perdido su dignidad y son manipulados al servicio del mal. Junto a todos ellos aparecen los hombres, que van oscilando entre las virtudes y los defectos humanos. La aparición de Sauron y su propuesta de crear los anillos del poder funciona como eje narrativo para ir poniendo a prueba la libertad de cada personaje, que ha de encontrar su camino luchando contra un mal que a veces se presenta como ejército enemigo y otras con formas de apariencia bella y atractiva que aspiran a realizar ocultas aspiraciones, revelando al final su naturaleza malvada y engañosa. No hay nada más peligroso que el mal disfrazado de bien, y de ello da testimonio el destino del herrero elfo Celebrimbor, constructor de los anillos y destruido por ellos.
La serie también introduce figuras simbólicas del bien, como el extraño Gandalf, que va avanzando en un camino de autodescubrimiento que forja una personalidad de guía en la sabiduría y la lucha espiritual: una especie de profeta. Estos personajes nos recuerdan que la lucha entre el bien y el mal no se libra solo en el campo de batalla, sino también en las decisiones personales y morales de cada individuo. El bien no es fácil ni inmediato, y la serie explora cómo las elecciones de cada personaje afectan no solo su destino personal, sino el de toda la humanidad.
En resumen, la segunda temporada de Los Anillos del Poder continúa sumergiéndose en el universo de fantasía épica de Tolkien, profundizando en la naturaleza del mal a través de la complejidad de Sauron y las luchas internas de cada personaje. El mal pugna en el interior de cada uno de nosotros, en la mente y el corazón, poniendo a prueba nuestra libertad, y presentándose con formas engañosas que nos obligan a estar en vela para discernir el verdadero bien, con sabiduría y discernimiento.
Conocí a Ana de Jesús (Lobera) durante la investigación para mi tesis doctoral sobre el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, defendida en la Universidad de Comillas en 2009. Al estudiar las relaciones interpersonales en los inicios del Carmelo Teresiano, descubrí con asombro a una serie de figuras extraordinarias, poco conocidas, que fueron el terreno fértil de ese gran tesoro de espiritualidad que trajo consigo el Carmelo Descalzo: Ana de Jesús (Lobera), Ana de San Bartolomé, Jerónimo Gracián, María de San José (Salazar), Beatriz de Jesús (de la Encarnación), Isabel de Santo Domingo, María Bautista, María de la Cruz, Francisco de la Madre de Dios, entre otros. Este grupo privilegiado de personas fue esencial para el éxito de la reforma carmelitana, tanto en su fase inicial como en su expansión y consolidación, participando activamente en la fundación de conventos y en el desarrollo espiritual de la Orden.
Ana de Jesús es la única persona de su tiempo mencionada, junto a Teresa de Jesús, en los comentarios del Cántico Espiritual. Juan de la Cruz le dedicó la obra, y por las palabras del prólogo se intuye que tanto ella como Teresa de Jesús fueron fuentes de inspiración, junto con las experiencias personales del propio autor. Mi interés por Ana creció al conocer la obra de Ángel Manrique, Vida de la Venerable Madre Ana de Jesús (1632), dirigida a la infanta Isabel Clara Eugenia, y la de Berthold Ignace de Sainte-Anne, Vida de Ana de Jesús, coadjutora de Santa Teresa en la Reforma del Carmelo y fundadora de la Orden en Francia y Bélgica (1901, 2 vols.). A pesar de los rasgos legendarios en estas obras, se percibe con claridad la profunda unidad espiritual y mística que Ana vivió junto a Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.
Aunque en los años siguientes tuve que abandonar esta línea de investigación, la «espina clavada» ha sanado con la reciente noticia de la beatificación de Ana de Jesús, el domingo 29 de septiembre de 2024, por el Papa Francisco, quien en su homilía destacó: “Esta mujer fue una de las protagonistas, en la Iglesia de su tiempo, de un gran movimiento de reforma, siguiendo los pasos de una ‘gigante del espíritu’ —Teresa de Jesús—, cuyos ideales difundió en España, Francia y en los entonces llamados Países Bajos Españoles. En tiempos marcados por dolorosos escándalos, dentro y fuera de la comunidad cristiana, ella y sus compañeras, con su vida sencilla y pobre, hecha de oración, trabajo y caridad, devolvieron la fe a muchas personas, hasta el punto de que su fundación en Bruselas fue descrita como un ‘imán espiritual’. Por elección propia, no dejó escritos, sino que se comprometió a poner en práctica lo que había aprendido (cf. 1 Co 15,3), y con su vida contribuyó a fortalecer la Iglesia en un momento de gran dificultad. Recibamos con gratitud el modelo de ‘santidad femenina’ que nos ha dejado (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 12), al mismo tiempo delicado y fuerte. Su testimonio, junto al de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron, no está lejos de nosotros, sino cercano…”.
Ha sido una enorme alegría ver cómo una de estas figuras, antes ocultas en la historia de la Iglesia, vuelve a la luz, trayendo su mensaje a nuestro tiempo, cuyos dramas y tragedias reflejan y amplifican lo que ellos mismos vivieron. Ana de Jesús fundó monasterios en Francia y Bélgica en medio de grandes dificultades y conflictos, tanto internos como externos. A pesar de su frágil salud, esta mujer, que ingresó al Carmelo en 1569, se destacó como una de las mayores continuadoras y promotoras de la reforma iniciada por Teresa de Jesús, difundiendo la espiritualidad carmelitana en Europa. Su fidelidad a los fundadores del Carmelo Teresiano le acarreó persecuciones, incluso de superiores carmelitas españoles como Nicolás Doria, quienes vieron con alivio su salida hacia Europa. Ana representa el papel oculto de un grupo extraordinario de hombres y mujeres que, a menudo ninguneados y maltratados, encarnaron el genuino espíritu teresiano, pero que resurgen del silencio, guiados por la energía del Espíritu que sigue conduciendo misteriosamente la vida de la Iglesia. Dios escribe derecho con renglones torcidos, y lo que algunos interpretaron como un exilio sirvió para llevar el tesoro de la tradición carmelitana a Francia y al resto de Europa.
El papel de Ana de Jesús en la publicación de los escritos de Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz marcó la historia de la Iglesia. Sin embargo, lo que más distingue su vida, según el carmelita Ildefonso Moriones y otros historiadores, fue su fidelidad a las Constituciones teresianas y su firmeza en defender la versión impresa en 1581, plenamente aprobada por la Santa. No se trataba solo de defender unas normas, sino de salvaguardar la «santa libertad» que la Madre Fundadora quiso garantizar a sus hijas. Ana de Jesús es un modelo de priora según el corazón de Teresa de Jesús. Sus detractores la llamaban «la capitana de las prioras», acusándola de rebeldía y desobediencia, pero su mayor deseo fue siempre ayudar a sus hijas a encontrarse con la fundadora, sabiendo que ella era la mejor maestra para conducirlas al encuentro con Cristo. En este sentido, es el máximo exponente de fidelidad al espíritu original del Carmelo teresiano.
En el prólogo del Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz hace una referencia especial a Ana de Jesús, a quien conoció como priora de Beas de Segura y luego de Granada, compartiendo ambos varios años en Andalucía. San Juan expresa su profundo respeto y gratitud hacia ella, describiéndola como una mujer de alta vida espiritual y virtud, señalando que fue a su petición que decidió escribir y explicar el Cántico Espiritual. La dedicatoria refleja una admiración extraordinaria, subrayando su papel como promotora de la espiritualidad carmelitana y su influencia en la obra mística del autor.
Es maravilloso redescubrir el entramado de relaciones humanas que forjaron la reforma teresiana y, con la ayuda del Espíritu, salir de la ambigüedad que a menudo confunde las historias humanas, para descubrir la luz de la acción de Dios en la fragilidad de estos mensajeros que se mantuvieron fieles a la llamada recibida. Con la beatificación de Ana de Jesús, su figura y legado han sido recuperados a través de artículos y libros de gran interés, que merecen ser explorados.
La baja participación en las elecciones europeas del 9 de junio de 2024 ha mostrado un desinterés alarmante de la población por los temas centrales de la construcción europea. Algo preocupante en un momento en que Europa enfrenta peligros significativos como el aumento de los extremismos políticos, el nacionalismo, el populismo o la polarización política y social, sin olvidar la perniciosa amenaza -en un mundo globalizado- de las guerras en Ucrania y Gaza. La desconexión del pueblo con la clase política agrava aún más la situación. Es sintomático que la inmigración, demonizada por muchos, es totalmente necesaria para el crecimiento económico por la baja natalidad del espacio europeo, generando una contradicción que refleja la crisis de identidad occidental: una sociedad del bienestar acomodada llena de “buenos sentimientos” que se vuelve egoísta e insolidaria cuando teme la pérdida de sus privilegios.
Pero el síntoma de este cansancio y desorientación ya podíamos adivinarlo en el trasfondo de un acontecimiento festivo y lúdico celebrado hace casi un mes: el Festival de Eurovisión. No se permitió a Rusia asistir al evento musical, pero sí a Israel, provocando el cuestionamiento de algunos sectores sociales por la falta de coherencia y el trato desigual. Ganó el festival musical el representante suizo, una persona no binaria que se presentaba a sí misma como víctima de la opresión social por su identidad sexual. No es la primera vez que este Festival es un lugar donde las minorías sensibilizadas con la ideología de género aprovechan para organizarse y mostrar su poder, que prevalece frente a la inercia de una mayoría de ciudadanos europeos poco activos y adormecidos, envejecidos y acomodados en su sofá.
Pero el triunfo de Nemo Mettler con su canción “The Code” también es un símbolo de Europa y su crisis de identidad.
Significativamente recibió el mayor número de votos y el premio final, un micrófono de cristal, que no duró mucho en las manos del cantante y se rompía en pedazos ante el entusiasmo descontrolado de su portador. La imagen del cantante eufórico, cuya identidad difusa se carga de dopamina con los aplausos y los votos de sus fans, y la estatua de cristal destrozada en el suelo, se convertía en una poderosa metáfora de nuestra Europa occidental, secuestrada y narcotizada por la sociedad de bienestar, que se desvela e ilusiona en respuesta a las emociones provocadas por intensos estímulos sonoros y visuales -bien estudiados por la psicología-, pero que parece no saber muy bien quién es.
La cultura europea, que en siglos pasados llegó a extenderse por el mundo, con luces y sombras, defendiendo valores y principios presuntamente universales, hoy se contenta con distraer a sus ciudadanos, siguiendo aquel lema antiguo de los romanos: ¡Pan y Circo! Bienestar y distracciones. Mientras tanto, todos quedamos a merced de los grupos de poder que actúan en la sombra, al servicio de sus propios intereses, aprovechando los recursos inmensos de la cultura digital y su proyección en las redes sociales y los medios de comunicación, con sus dinámicas de manipulación.
La falacia de alegría y libertad que se celebra en eventos como Eurovisión contrasta con la realidad que vive hoy una sociedad globalizada, con conflictos e incoherencias que deben afrontarse. Los grupos políticos pierden su poder frente a los nuevos influencer, como el youtuber Fidias en Chipre, que consigue el 20% de los votos de su país sin tener un partido político, o la plataforma “Se acabo la fiesta” (SALF) de Alvise Pérez en España, cuyo interés e ideología se sintetiza en expresar el malestar social con frases claras y contundentes de denuncia contra el sistema establecido. Hoy destaca el que se queja, grita y señala los chivos expiatorios de los problemas que percibimos y que nos provocan inquietud. Estamos en tiempos de grandes cambios que estimulan los miedos y favorecen la aparición de actitudes victimistas y falsos profetas portadores de supuestas soluciones fáciles para problemas muy complejos. ¿Esto es lo que queremos?
Europa se edificó sobre tres grandes cimientos y la asimilación de numerosas influencias integradas en ellos: la filosofía griega, la espiritualidad judeo-cristiana y el derecho romano. En el tiempo de la posverdad han caído los grandes relatos, y el hombre de hoy navega por identidades líquidas y cambiantes. Pero una sociedad que aspire a perdurar no puede renunciar a fundar su vida en unos principios y una coherencia que ha de descubrir y respetar en el tiempo, manteniendo dinámicas de progreso y evolución cultural.
Hay que recuperar la identidad de la persona y de la sociedad, profundizando en las raíces europeas y recuperando las virtudes clásicas de nuestra tradición, en diálogo con otras tradiciones. Es necesario redescubrir los valores de la persona y la sociedad, construyendo en base a ellos un futuro compartido. Sobre las virtudes necesarias podría hablarse mucho. Solamente vamos a referirnos a tres líneas, en relación con los tres pilares europeos:
En la filosofía griega encontramos la importancia de una racionalidad humanista.
De la tradición judeo-cristiana recogemos la centralidad del amor y la compasión.
Con el derecho romano descubrimos la convivencia en base al acuerdo de unos derechos y deberes compartidos con responsabilidad.
Por tanto, estamos hablando de una razón humanista, un amor compasivo y una justicia social y responsable. No parece que sean estos los valores que respiramos en las discusiones políticas y sociales que nos rodean, donde aparece el miedo y la descalificación del otro, en contextos de emotividad irracional y violencia latente, mientras la sociedad aletargada desconecta y cae en manos del mercado consumista cada vez más digitalizado. Los bellos ideales de la Revolución Francesa (libertad, igualdad y fraternidad) corren el peligro de convertirse en palabras bonitas sin conexión con la realidad. Y lo que es peor, no parece que haya buena disposición para sacrificarnos y trabajar por conseguir dichos ideales, cuando tenemos la comodidad de la realidad virtual, cada vez más asequible y verosímil (aunque no exista realmente). ¿Para qué enfrentarnos con la realidad, si tenemos opciones más cómodas y placenteras?
¿Hacia dónde vamos?
Es necesario que los europeos nos preguntemos quiénes somos, de dónde venimos, y hacia dónde queremos ir. Sin principios ni valores que nos definan, el gran mercado económico europeo corre el peligro de convertirse en una masa amorfa y sin identidad, una sucursal consumista donde otros hacen sus negocios y consiguen sus beneficios. La sociedad del bienestar es un modelo de éxito cultural y social, pero también es un frágil trofeo de cristal, cuando se convierte en algo elitista y no se ofrece como una propuesta universal abierta a todos, como un proyecto de trabajo y un camino compartido, basado en la educación igualitaria y universal, sostenida en el tiempo, respetuosa con la pluralidad. Cuando olvidamos quiénes somos y desconocemos las condiciones que llevaron al progreso y la convivencia civilizada fraguada en el siglo XX tras siglos de guerras y conflictos europeos, caminamos inconscientemente hacia un futuro convertido en un juguete de cristal roto en nuestras manos. Hay que tomar conciencia y actuar.
Para terminar, unas frases significativas:
«La unidad de Europa era un sueño de pocos. Se ha convertido en una esperanza para muchos. Hoy es una necesidad para todos.» Konrad Adenauer (Primer Canciller de la República Federal de Alemania).
«Europa es sinónimo de paz y prosperidad, pero también de libertad, democracia, justicia y respeto por los derechos humanos.» José Manuel Durao Barroso (Expresidente de la Comisión Europea).
«La integración europea no se ha de hacer de una vez para siempre, sino a través de un proceso continuo, que cada generación tendrá que emprender y renovar.» Altiero Spinelli (Político y uno de los principales teóricos del federalismo europeo).
Yuval Noah Harari es un historiador y escritor israelí, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalem, famoso por sus conferencias y libros, donde presenta sus reflexiones sobre historia, tecnología, biología y cultura. Una de sus obras más conocidas es «Sapiens: De animales a dioses», que contempla la historia de la humanidad desde sus inicios hasta la actualidad. Otro libro suyo es «Homo Deus: Breve historia del mañana», donde afirma que el hombre está a punto de dar un paso definitivo en su camino evolutivo, gracias al desarrollo científico y tecnológico, con el transhumanismo. Se trata de un pensador moderno y progresista, muy escuchado y respetado en todo el mundo.
El pasado 7 de octubre la organización palestina Hamás atacó Israel asesinando más de un millar de personas y secuestrando unas doscientas más. Asaltaron varios kibutz y también un evento musical de jóvenes judíos. Las imágenes de los jóvenes intentando escapar de aquel ataque terrorista, y los cadáveres abandonados en el suelo dieron la vuelta al mundo. En los días posteriores Israel organizó su ejército y empezó a atacar la franja de Gaza, persiguiendo a los miembros de Hamás, y sometiendo a sus dos millones de habitantes a una situación terrible de bombardeos. Ambos bandos han quedado salpicados por una violencia desmedida que condicionará el futuro de las generaciones. Y como siempre, mucha gente inocente sufre.
La Universidad Hebrea de Jerusalén ha cerrado sus puertas, dado que muchos de sus estudiantes han sido llamados a filas en Israel en su lucha contra el terrorismo de Hamás.
Jerusalén es un símbolo del mundo, con sus luchas y contradicciones. Capital de Israel, la tierra del Dios de Abraham, cuya herencia se disputan tres religiones. Un mismo Dios, que cada pueblo pone al servicio de sus propios intereses y en contra de los demás. Todos quieren poner a Dios de su parte. Dios calla. Es el misterio del mal y del sufrimiento humano, que siempre ha interpelado a todas las religiones. Es el misterio del silencio de Dios, cuyo eco se percibe en el silencio del corazón humano.
Pero el drama actual de Palestina no es una guerra entre religiones. La mayoría de los judíos no son religiosos. Siguen el modelo de los países occidentales, donde la secularización avanza con la modernidad. Tampoco la motivación de los palestinos de Hamás es esencialmente religiosa. Muchas veces la religión se utiliza al servicio de otros intereses. El problema de Palestina es que muchos árabes fueron expulsados de su tierra con la constitución de Israel, después de la Segunda Guerra Mundial. A nivel internacional se buscó esta solución para compensar las terribles injusticias que los judíos habían sufrido y la tragedia del Holocausto. Aquella solución se orientaba hacia un buen fin, pero quizás los medios no han sido adecuados. Parece que no todo se ha hecho bien. No se compensa una injusticia con otras injusticias. Tampoco se puede responder a un crimen atroz y terrorista con matanzas indiscriminadas y víctimas mayoritariamente civiles. La violencia incontrolada provoca más violencia.
Y mientras tanto, el Dios de Abraham, que no quiere llevar adelante sus planes de paz en este mundo sin respetar la libertad humana, ha de callar y sufrir con los inocentes. Es lo que hizo Jesús de Nazaret en Jerusalén. Es lo que hace Dios en todas las épocas, cada vez que se repite un genocidio o injusticia.
Porque los hombres tenemos tendencia a ponernos en lugar de Dios y buscar nuestros propios intereses, a veces usurpando su nombre. Pero la Biblia es, precisamente, el libro que denuncia las falsificaciones de Dios: las idolatrías. En el libro del Génesis se nos describe la tentación del ser humano representada en la torre de Babel, imagen del orgullo humano que aspira a alcanzar la divinidad con el propio esfuerzo. Pero la realidad es persistente y cruda. Una y otra vez nos muestra que la unidad entre los hombres no es posible fuera del camino del amor, el perdón y la compasión que Dios nos ofrece en los más profundo de todas las tradiciones religiosas. Cuando el ser humano ocupa el lugar de Dios el subjetivismo promueve los intereses tribales que pugnan entre ellos y generan violencia. Es la historia de la humanidad simbolizada en Caín y Abel. Y es lo que ocurre una y otra vez a lo largo de la historia. También hoy.
Cuando estábamos a punto de alcanzar, mediante el transhumanismo, el ser humano evolucionado y trascendido gracias a los progresos de la genética, la neurociencia, la nanotecnología, la informática y la inteligencia artificial… la cruda realidad vuelve a mostrarnos la evidencia persistente de las miserias humanas. Es la tercera vez en poco tiempo. Primero fue la COVID 19, que nos mostró la vulnerabilidad de nuestra especie frente a unos bichitos insignificantes. Después fue la guerra de Ucrania, que nos trajo el miedo a nuestra casa europea con guerras que parecían superadas en el siglo pasado. Por último, la guerra en Palestina, donde la tierra de Abraham, de Moisés y de Jesús vuelve a teñirse de sangre.
Hoy más que nunca es necesario el diálogo, la comprensión, la escucha, la acogida mutua, en un mundo globalizado y multicultural que ha de superar las rivalidades tribales y ofrecer espacios de respeto, tolerancia y convivencia. Y debemos encontrar ejemplos de ello en las tres tradiciones monoteístas ligadas al Dios de Abraham: judaísmo, cristianismo e Islam. Sobre la base de la común espiritualidad de un Dios de misericordia es necesario poner las bases laicas y seculares de una convivencia común, respetuosa y justa, que esperamos que -en el futuro- pueda llegar a ser fraterna. Sin este testimonio del diálogo y la colaboración interreligiosa, la credibilidad de las religiones continuará cediendo frente a una progresiva secularización, cada vez más extendida en el mundo.