Xabier Segura Echezárraga

Hay una escena que se repite, con variaciones mínimas, en incontables hogares: alguien se desvive por cuidar a su pareja o la familia —cocina, ordena, repara cosas— y sin embargo recibe, a cambio, silencios o reproches que no esperaba. «Pero si hago tanto por ti», piensa, desconcertado. Y tiene razón. El problema no es la falta de amor, sino un problema de lenguaje y de comunicación. No nos entendemos. No sabemos escuchar a los demás. No les conocemos, quizás tampoco nos conocemos a nosotros mismos. Nuestro mundo crea generaciones de individuos egocéntricos, con graves dificultades para comprender y empatizar con los demás.
Gary Chapman reflexionó sobre estos temas y nos habló de diferentes estilos de amor: «Existen cinco lenguajes emocionales del amor: palabras de afirmación, tiempo de calidad, regalos, actos de servicio y contacto físico». Cada persona tiene un canal preferente por el que recibe el afecto como verdadero, y si en pareja o en familia se insiste en expresar cariño por otra vía, puede ocurrir que el mensaje, simplemente, no llegue.
Muchas veces, no hace falta más amor, sino comunicarse con el lenguaje del otro. Esa idea, tan sencilla en apariencia, ilumina de golpe tantos malentendidos domésticos y de las relaciones sociales que nos rodean. ¿Por qué amamos y no nos sentimos amados o correspondidos? Muchas veces, porque queremos amar “a nuestra manera”, y nuestros “actos de amor” no son los que el otro necesita o puede comprender. Y al otro le está pasando lo mismo.
Del enamoramiento al amor
Hay que distinguir entre el enamoramiento inicial —esa suerte de «locura transitoria» en la que todo en el otro parece perfecto y la atención no se despega de su presencia— del amor que viene después, cuando la euforia decae y aparecen los defectos, las costumbres que chocan, el cansancio compartido de lo cotidiano. Es ahí, precisamente en ese descenso de intensidad, donde muchas relaciones se quiebran, porque se confunde el final de la euforia con el final del amor. Pero cabe pensar justo lo contrario: que es ahí, en ese descenso, donde comienza el amor verdadero. No el que se recibe pasivamente como un regalo caído del cielo, sino el que se construye día a día como una decisión renovada. Un amor que ya no depende de sentir mariposas, sino de aprender —con paciencia, con torpeza al principio— la lengua materna del otro. La imagen del «tanque emocional» que necesita llenarse de un combustible muy específico resulta especialmente certera: de nada sirve echarle gasolina a quien necesita electricidad, por mucha buena voluntad que pongamos en ello.
Para ello es necesaria una experiencia fundamental que hoy, en un mundo de sensaciones y emociones superficiales, resulta fundamental. Hanna Arendt hablaba de la banalidad del mal, contemplando los frutos del holocausto judío. Podríamos hablar, de modo semejante, de la banalidad del amor. La superficialidad, la banalidad, son los grandes enemigos de la humanidad, los terroristas que procuran destruir la cultura auténtica, bajo disfraces falsos. Los efectos de estos actores en el seno de la historia son el infantilismo y la irresponsabilidad, que pueden mostrarse llenos de atractivo juvenil o novedad “cool”. Si unes todo esto a ciertos rasgos de hipocresía, miedo y falsedad que todos llevamos, tenemos un panorama preocupante.
El amor verdadero reclama una experiencia de salida de uno mismo, de trascendencia, de entrar en el mundo del otro. Si no se realiza dicha experiencia, el prójimo no deja de ser nunca nada más que el reflejo de nuestras propios deseos y necesidades, fantasmas en el espejo de nuestra propia psique modelada por experiencias infantiles, casi nunca bien resueltas.
Es sorprendente cómo en el siglo XXI, de grandes desarrollos tecnológicos que han dotado a la humanidad de poderes extraordinarios, el horizonte actual no sea el progreso indefinido que algunos auguraban sino el peligro de la propia autodestrucción, que ya están vaticinando algunos especialistas en la IA (Inteligencia Artificial). ¿Cómo es posible que el ser humano no haya mejorado en conocimiento y desarrollo humanos, al ritmo del progreso científico y tecnológico? ¿Cómo es posible que los seres humanos mantengan, en su interioridad, los mismos problemas, conflictos e interrogantes que se hacía la humanidad hace siglos, o hace miles de años? ¿Por qué nos falta un progreso verdadero e integralmente humano?
Experiencias de amor
Y sin embargo, la ciencia también ha desarrollados sus conocimientos biológicos, psicológicos y neurocientíficos. Aún hoy, nos sorprendemos al descubrir que los últimos descubrimientos de la psicología y la neurociencia dan la razón a lo que ya nos decían las tradiciones espirituales milenarias de la humanidad, que no siempre fueron bien comprendidas, y en muchos casos deformadas. ¿Acaso no se resume el cristianismo en el mandamiento nuevo de Jesús, de amarnos los unos a los otros como él nos ha amado? Haciéndose uno de nosotros, asumiendo nuestra vidas dramáticas y poniendo en ellas la huella de un amor sanador total y desinteresado, que genera comunión.
¿Por qué nos continúa costando tanto salir de nuestro egocentrismo y “hacernos uno” con los demás para ofrecerles un amor verdadero con el lenguaje que ellos necesitan? No se trata de filosofías sino de actos muy concretos en la vida cotidiana. Para quien necesita palabras, un «gracias por todo lo que haces» pesa más que cualquier objeto. Para quien necesita tiempo, la presencia distraída frente a una pantalla —por compartida que sea la habitación— equivale casi a la ausencia. Para quien necesita actos de servicio, un plato lavado sin que se lo pidan dice más que mil declaraciones. Y para quien necesita el contacto físico, un abrazo sostenido comunica una seguridad que ninguna frase podría igualar.
¿Por qué estamos tan esclavizados por nuestras maneras de amar, por el amor que esperamos recibir, y nos resulta tan difícil tomar la iniciativa de mostrar el amor que otro necesita? En el amor, uno ha de buscar al otro, no a sí mismo. Amar de verdad no consiste en repetir el gesto que a mí me haría feliz, sino en aprender el idioma que hace feliz al otro, aunque me resulte ajeno o incluso incómodo. Es un ejercicio de descentramiento, de salir del propio yo para habitar, aunque sea por un instante, la sensibilidad ajena, entrando en su intimidad. ¿No es este amor la vida interna del Dios trinitario, que quiere llegar al seno de nuestras relaciones humanas en medio de la historia? Quienes venimos de una tradición espiritual reconocemos algo muy antiguo: el amor cristiano nunca ha sido primordialmente sentimiento, sino entrega, servicio y atención al otro tal como el otro es, no como a mí me convendría que fuera. San Pablo ya lo intuía cuando definía la caridad como algo paciente, que no busca su propio interés.
El amor biológico es un sentimiento fruto del flujo de las hormonas en la sangre. Es bueno que sea así, pero es solo el inicio de un camino, que ha de ser completado con un amor como voluntad que ha de ser cultivada y que modela al ser humano, generando nuevos sentimientos y produciendo cambios y efectos benéficos en uno mismo y en los demás.
Amar bien exige salir de la comodidad del propio lenguaje, arriesgarse a balbucear en una lengua que no se domina, y sostener esa torpeza con humildad. No hay atajos: solo el diálogo sincero y la voluntad sostenida de seguir aprendiendo, como quien va descubriendo un nuevo idioma, siendo adulto. Aunque no pierda el acento extranjero, muestra su clara determinación de alcanzar un objetivo: el objetivo del amor, que es la unidad con el otro.
