Xabier Segura Echezárraga

En medio de la incesante actividad de nuestro mundo, el ser humano experimenta a menudo una profunda vulnerabilidad. Anhelamos una plenitud que calme nuestras tensiones internas y dé sentido a nuestros pasos. En este contexto, ser cristiano no es adherirse a un código rígido de normas, sino iniciar una relación vital: es seguir a Jesús, unirse a él y dejarse transformar. A través de este vínculo profundo, descubrimos nuestra verdadera identidad y realizamos nuestra filiación divina.
Para acompañar este proceso de transformación, la Iglesia nos propone un ritmo vital a través de sus tiempos litúrgicos. El Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua no son meras tradiciones, sino ejes que nos explican el corazón mismo de la fe: la Encarnación y el misterio pascual. Dios ha entrado en nuestra historia para caminar a nuestro lado y nos pide un cambio impulsado por su gracia. Estos tiempos tienen un hermoso sentido pedagógico, dándonos el espacio y la paciencia necesarios para ajustar nuestra existencia a esa vida nueva que él ya nos ha traído.
Sin embargo, en nuestro afán por encontrar seguridad rápida, tropezamos frecuentemente con dos tentaciones. La primera es buscar atajos, fabricándonos ídolos a la medida de nuestros intereses para intentar llenar el vacío interior. El mundo actual nos presenta un gran mercado de ofertas y distracciones para todos los gustos. Esta idolatría moderna a menudo se disfraza de progreso puramente humano o de un éxito que promete una falsa plenitud. La segunda tentación es el engaño de no querer convertirnos de verdad, poniendo todo al servicio del propio ego (incluso la religión) y buscando nuestra propia comodidad, seguridad o vanidad, en lugar de buscar la gloria de Dios, que siempre comporta riesgos y dificultades.
Frente a estas trampas que nos encierran en nuestras propias fuerzas, los tiempos fuertes del calendario cristiano actúan como brújulas. El Adviento nos enseña a purificar nuestro deseo, aprendiendo a esperar lo verdadero y a no conformarnos con sucedáneos que acaban decepcionando. Por su parte, la Cuaresma nos invita a una conversión auténtica y valiente. Es una llamada a descentrarnos de nosotros mismos y a ser consecuentes con esa verdad hecha carne que nos reclama una vida más plena, libre de la esclavitud del egocentrismo.
El Dios cristiano ha venido a quedarse, pero este encuentro íntimo requiere la participación libre de hombres y mujeres que aceptan dejarse moldear. Este camino se sostiene gracias a tres vivencias humanas que nos ayudan a salir de nosotros mismos, tres experiencias teologales. La fe nos permite mirar la realidad con los ojos de Dios. La esperanza, que brilla de forma especial en Adviento, nos alienta a esperar lo verdadero. Y la caridad, subrayada en la Cuaresma y la Pascua, nos lleva a vivir el amor como un regalo recibido, que se revela progresivamente. Juntas, estas actitudes humanas se apoyan mutuamente y se convierten en virtudes que transforman nuestra fragilidad en el escenario de un encuentro definitivo con un Dios escondido que se nos hace presente, que nos sana y nos libera.
El Adviento es el tiempo para aprender a focalizar bien nuestro objetivo y no confundirlo. La Cuaresma es el tiempo para eliminar los obstáculos que nos impiden caminar hacia la meta, que ya hemos identificado, pero que se nos revela cada día con un dinamismo pascual, que nos hace pasar de la muerte a la vida, por el amor a los hermanos. Y el tiempo ordinario es el día a día donde vamos conformando nuestra inteligencia, nuestra memoria y nuestra voluntad, para realizar el objetivo que nos han presentado y queremos encarnar, no con nuestras fuerzas, sino con la gracia de Dios, ofrecida de manera pedagógica en el seno de la comunidad cristiana.
El paso de los años y la sucesión de los tiempos litúrgicos no son, por tanto, un eterno retorno que nos condena a la repetición. Son, más bien, un abrazo continuado de la misericordia divina: un espacio y un tiempo que se nos regala de nuevo para vivir aquello que la verdad nos reclama y que, por miedo o por inercia, tantas veces evitamos asumir o no queremos afrontar. Cada nuevo día que amanece y cada niño que asoma al mundo representan una oportunidad inédita para que la humanidad actualice los latidos de Dios en medio de la historia.
Como sugería el teólogo Hans Urs von Balthasar, las experiencias de nuestros mayores, por muy ricas que sean, no bastan para salvarnos; cada nueva generación tiene el desafío intransferible de acoger y realizar el plan divino en su propia biografía. En medio de nuestras incertidumbres, los caminos de la historia humana no giran en el vacío y la rutina, sino que avanzan de manera misteriosa y apasionante hacia una plenitud que hoy apenas alcanzamos a imaginar, pero que sostiene y da luz a todos nuestros pasos. San Juan de la Cruz diría que «hay una fuente que mana y corre…. Aunque es de noche».
