La hipocresía es el mayor enemigo

Xabier Segura Echezárraga

El corazón de toda auténtica espiritualidad es la conversión a la verdad, a Dios, no como idea abstracta sino como presencia viva en la persona de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Pilato, sin saberlo, lo proclamó al decir “Ecce homo”: he aquí el Hombre, la humanidad tal como Dios la sueña, entregada, transparente, sin engaño. En Jesús vemos lo que estamos llamados a ser, y por eso el verdadero camino espiritual no es maquillarse religiosamente, sino dejarse transformar por Él.

En este contexto se entiende por qué el mayor enemigo del cristianismo vivido no es tanto el pecado como la hipocresía y el fariseísmo. El pecado es una realidad evidente en todos: una tendencia, una experiencia histórica, una herida que compartimos. Pero, paradójicamente, esa fragilidad reconocida es también el punto de partida indispensable del camino espiritual: desde ahí podemos pedir perdón, dejarnos sanar, comenzar un proceso de conversión. El problema más grave aparece cuando el pecado se oculta bajo apariencias de virtud, cuando preferimos disimular antes que convertirnos.

La hipocresía es ese disimulo: el engaño, la falta de honradez, el intento de aparentar que cumplimos la ley religiosa mientras el corazón permanece cerrado. El engaño y la mentira están presentes en todos los ámbitos de la cultura y de la sociedad, también en la religión. Jesús lo vio con mucha claridad. Por eso contrapone su llamada a la conversión al modo de actuar de los fariseos, que hacen las cosas “para que los vean”, que guardan las formas sin un cambio interior real. En el evangelio de Mateo, primero resuena la llamada universal: “Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca” (Mt 4,17). Luego viene la llamada concreta a los discípulos y el gran Sermón de la Montaña, donde Jesús presenta una vida radicalmente nueva. Y, acto seguido, en el capítulo 6, denuncia la hipocresía en la limosna, la oración y el ayuno: no se trata de hacer el bien para ser admirados, sino de vivir “en lo secreto”, ante el Padre que ve en lo escondido.

La pedagogía de Jesús es clara: primero llama a convertirse, luego indica el camino concreto del seguimiento, y finalmente desenmascara todo lo que puede falsificar ese camino. Colocar a Dios en el centro del corazón significa buscar lo esencial: Dios mismo y el cumplimiento de su Palabra, sin quedar atrapados por la obsesión por la imagen, el éxito o la aprobación de los demás. Cuando Dios pasa por la vida de una persona, le pide esta experiencia de verdad; no solo una mejora moral, sino una reorientación total de la existencia hacia Él.

Sin embargo, muchos creyentes viven la religión como una herencia cultural que ofrece algunas ideas y valores, que cada uno adapta un poco a su gusto. Se configura así un cristianismo de tradición, sentimental o cultural: algo que se recibe, se celebra en fechas señaladas, se aprecia como patrimonio, pero que no llega a cuestionar ni a transformar la vida. Jesús, en cambio, no pide solo asentimiento a unos valores, sino seguimiento: “Ven y sígueme”. No quiere admiradores a distancia, sino discípulos que se dejen moldear por Él.

Este choque entre un cristianismo cultural y un cristianismo de conversión real aparece con fuerza en la película “Los Domingos”. Allí se ve el contraste entre quienes han crecido en un cristianismo de costumbres y quienes han vivido una experiencia profunda de encuentro con Dios que les reclama decisiones concretas. Son, muchas veces, dos mundos que apenas se entienden, porque hablan lenguajes distintos. Por eso Jesús habla con tanta radicalidad de “dejar padre y madre, campos y tierras” por Él: sin esta experiencia, el cristianismo se reduce a un barniz cultural que no toca el fondo de la vida.

En este punto resulta iluminador recordar una intuición de Francesc Casanovas, en una catequesis pronunciada en Barcelona, en un encuentro de Inicio de curso del Seminario del Pueblo de Dios, el 12 de octubre de 1989, bajo el título “Cultura. Culto. Verdad”. Allí describía la cultura como un “culto a la verdad” que pasa por asumir la propia imperfección y la de los demás, convirtiendo lo negativo en ocasión de amor y de progreso en la caridad. Para él, la auténtica vida cristiana es un culto a la verdad de Dios y del hombre: denunciar lo que no es Dios, desenmascarar las imágenes falsas de Dios fruto de la subcultura religiosa, y vivir de tal manera que solo quede en pie lo verdadero. Precisamente lo contrario de la hipocresía, que consiste en presentar un rostro de piedad que no se corresponde con la realidad interior.

La hipocresía religiosa es peligrosa porque falsifica la percepción de Dios. Casanovas recordaba que muchas veces se presenta un “Dios” que no es el Dios de Jesús: un Dios moralista, interesado, hecho a nuestra medida, fruto de la subcultura. Eso alimenta un fariseísmo permanente: una religión que habla de Dios, pero lo desfigura. Jesús, a lo largo de su vida pública, denunció este fariseísmo: “Eso no es Dios”, parecía repetir ante muchas prácticas religiosas que, en lugar de acercar al Padre, lo ocultaban. La hipocresía no solo engaña a los demás, sino que termina por engañarnos a nosotros mismos, haciéndonos creer que seguimos a Dios cuando, en realidad, seguimos nuestras propias seguridades.​

Por eso, para saber si estamos viviendo un cristianismo real y no solo cultural, no basta con mirar ideas, sentimientos o recuerdos religiosos. Es necesario poner números concretos a la propia conversión. La pregunta es incómoda pero imprescindible: ¿cuánto tiempo y cuánto dinero dedico cada semana a mi vocación cristiana? Concretando: ¿cuánto tiempo dedico a la oración personal y comunitaria? ¿Cuánto tiempo entrego a mi comunidad cristiana más allá de mi círculo cercano, a los pobres, a los que no tienen nada que devolverme? ¿Cuánto tiempo reservo para ofrecer un amor desinteresado, no remunerado, a otras personas? Y lo mismo con el dinero: ¿qué parte concreta de mis ingresos destino a la misión de la Iglesia, a la caridad, a la formación personal y espiritual continua?

Las respuestas a estas preguntas se expresan en horas, minutos y euros. Esos números, revisados semana tras semana, ofrecen una medida mucho más real de la fidelidad a la vocación cristiana que cualquier discurso sobre valores. Lo demás corre el riesgo de ser solo un juego de ideas y sentimientos con los que nos autojustificamos y, sin querer, nos engañamos a nosotros mismos y a los demás.

El engaño más sutil es pensar que somos “buenas personas” simplemente porque no hacemos nada especialmente malo, mientras vivimos instalados en la rutina de la mediocridad. Los profetas, en la historia de Israel, fueron siempre mal recibidos porque rompían esa comodidad y llamaban al pueblo a la verdad. Jesús de Nazaret, el Profeta por excelencia, fue llevado a la cruz por las autoridades religiosas y políticas de su tiempo, precisamente porque desenmascaraba la hipocresía y el falso culto. Y fue abandonado también por los suyos, que no estaban preparados para una fidelidad que llegara hasta la cruz.​

Ante todo esto, la única respuesta cristiana coherente es el seguimiento martirial. Martirial no significa necesariamente derramar la sangre, sino vivir dispuestos a dar testimonio, incluso cuando eso suponga perder seguridades, prestigio o ventajas. Es vivir sabiendo que la fe no es un capital que se utiliza en beneficio propio, sino un don para servir. Casanovas lo expresaba diciendo que, si la Buena Nueva no se asume desde la perspectiva martirial, el culto corre el riesgo de convertirse en especulación, no en relación viva con Dios. El cristiano está llamado a aceptar que la fidelidad a Jesús traerá contradicción, y a vivir esa contradicción como lugar de unión con Él.

El mayor peligro para un cristiano, por tanto, es instalarse en una vida cómoda, dejar de caminar, dejar de seguir a Jesús. Esto puede ocurrir a laicos, religiosos, ministros ordenados. Muchas personas abandonan la llamada recibida, su propia vocación, y la sustituyen por roles, cargos, espacios donde se sienten seguros y reconocidos. Exteriormente todo parece en orden; interiormente, el dinamismo del seguimiento se ha apagado. En cambio, quien sigue de verdad a Jesús no tiene dónde reclinar la cabeza, si no es en Él mismo: su única seguridad es la relación viva con el Señor.

La llamada es clara: dejar que la verdad de Dios desmonte nuestra hipocresía, dejar que la luz del Evangelio nos saque de la comodidad, traducir nuestra fe en tiempo, dinero, decisiones, servicio. La hipocresía es el mayor enemigo porque nos deja tranquilos donde deberíamos inquietarnos, y nos inquieta donde deberíamos descansar en la misericordia de Dios. Volver una y otra vez a Jesús, al “Ecce homo”, es aprender a mirar nuestra vida sin máscaras y a pedir la gracia de una conversión real, concreta, que toque todo: agenda, bolsillo y corazón.

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