Xabier Segura Echezárraga

A menudo caemos en el error de reducir nuestra fe a una tradición heredada, a un código de valores o a una ética que debemos esforzarnos por cumplir.
Sin embargo, el cristianismo no es un moralismo, ni una ideología, ni una doctrina abstracta que simplemente haya que «poner en práctica». Cuando la fe se construye sobre el esfuerzo humano y no sobre la potencia de Dios, se convierte en algo pesado y agotador que, ante la primera prueba real —la enfermedad, la calumnia o el sufrimiento—, termina por romperse porque no tiene raíces profundas.
Más allá de la retórica y el deber
San Pablo nos enseña que la evangelización no consiste en el uso de habilidades retóricas o de un lenguaje refinado para ser convincentes. No se trata de explicar teorías sobre Dios, sino de hacer espacio para que se manifieste Cristo y la potencia de su Espíritu. De hecho, no tiene sentido hablar del misterio de Dios a quien no ha experimentado primero esa vida; como decía San Ambrosio, primero hay que recibir esa vida para luego poder entenderla.
El problema de vivir un cristianismo como mero «deber» es que nos falta el atractivo y la fuerza para realizarlo. No sirve de mucho saber lo que «deberíamos hacer» si seguimos atrapados en nuestros condicionamientos internos y en el miedo.
El miedo a la muerte y la trampa del egoísmo
El ser humano vive bajo un dominio del que a veces ni siquiera es consciente: el miedo a la muerte. Este temor es el que alimenta nuestro egoísmo y nos empuja a intentar «aparecer», a reforzarnos y a realizarnos a toda costa para evitar nuestra propia finitud. El tentador utiliza este miedo para construir su imperio en nosotros.
Frente a esto, el cristianismo propone una experiencia de transformación interior. Cristo no evitó la zona que nosotros más tememos; Él se entregó precisamente en la muerte y en la debilidad de la cruz. Al hacerlo, convirtió ese «capitular» humano en el lugar de la máxima manifestación del amor de Dios.
Una novedad de vida: la filiación divina
La fe no consiste en realizar ideas, sino en ser habitados por la plenitud de la divinidad. Por el bautismo, somos unidos a la muerte de Cristo, pero no para quedar devastados, sino para recibir su mismo «aliento» o soplo vital. Es en este intercambio donde ocurre la verdadera transformación:
• Perder la vida para encontrarla: Al dejar de defendernos y permitir que el Espíritu nos una al Hijo, empezamos a vivir la muerte no según la naturaleza, sino como Cristo la vivió: como entrega.
• Novedad de vida: No se trata simplemente de una «vida nueva», sino de una «novedad de vida» radical. Dejamos de caminar como hombres perdidos para caminar como hijos amados.
• Filiación vivencial: Esta transformación nos lleva a una intimidad tan profunda que podemos llamar a Dios «Papá». Es Él quien nos resucita y nos hace participar de su modo de vivir la humanidad.
Conclusión
El cristianismo es, en esencia, recibir un aliento divino. Es pasar de una vida humana natural, condicionada por traumas y presiones sociales, a una vida de gracia regalada por Dios. Cuando participamos de esta novedad, ya no necesitamos que nadie nos convenza con argumentos, porque Cristo mismo vive en nuestra humanidad y Él es nuestro aliento y se hace presente en nuestra respiración diaria.
Ser cristiano es estar habitado por la Vida y tomar conciencia de ello.
